Mientras en Buenos Aires, sobre la avenida 9 de Julio, se concentraban miles de personas con distintas banderas pero coincidiendo en el rechazo a los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y exigiendo un cambio de rumbo de la política económica, lejos de allí, en la Casa Histórica de Tucumán, el presidente Mauricio Macri volvió a recurrir al lenguaje liviano para admitir apenas que “estamos pasando una tormenta”.  Como pocas veces el mandatario dio un paso al admitir que, al menos, parte de “las circunstancias” que generan la situación actual pueden ser atribuibles a “nuestra propia gestión”. Pero solo una parte. Para Macri las otras causas devienen “de los mercados externos y de las políticas tomadas por gobiernos anteriores”. En otras palabras (que el Presidente nunca pronunció): “no me hago cargo, compren paraguas”.

Los manifestantes que ayer se reunieron en la 9 de Julio, de la misma manera que lo hicieron el 25 de mayo, no creen en la metáfora macrista de la tormenta. Levantaron  sus voces unidas por encima de las diferencias políticas, porque se resisten a aceptar un futuro de penurias. Lo sintetizó el diputado Hugo Yasky diciendo que la masiva respuesta popular es porque “los argentinos no estamos resignados a vivir en un mar de pobreza”. Pretenden cambio de clima, disipar las tormentas y se rehúsan a  usar paraguas. Saben que frente a la intransigencia del gobierno, la respuesta más eficaz está en la calle y en la movilización popular. Mirada muy distinta a la del Presidente, que continúa afirmando que “pueden variar los factores, así como varía el clima de la navegación, pero el rumbo del barco está claro y sigue siendo el mismo”.

No son solo discrepancias circunstanciales que afloran. Son la expresión manifiesta de distintas concepciones de país y del mundo que debaten en el escenario político argentino y cuyas diferencias se hacen cada día más evidentes porque la crisis económica y social empuja hacia ello, pero también porque cada día está más cerca la fecha de la contienda electoral que deberá confirmar o rectificar el rumbo actual.

No solo lo económico y social es fuente de diferencias y contradicciones. Macri decidió homenajear en Tucumán a las mujeres que lucharon por la Independencia, intentando una nueva pirueta oportunista para subirse a la ola movilizadora generada por el movimiento de mujeres en el país. Pero no hubo referencia alguna a la reivindicación central de la coyuntura: la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo.  Mientras en la 9 de Julio las consignas contra el FMI se confundieron también con los pañuelos verdes de las feministas, a pocas cuadras de la Casa Histórica de Tucumán, la vicepresidenta Gabriela Michetti, militante antiabortista, hizo acto de presencia en la ceremonia de acción de gracias (te deum) en la que el arzobispo Carlos Sánchez ratificó la posición de la jerarquía eclesiástica católica al afirmar que “el aborto es la muerte de un inocente, de un niño, de un argentino” subrayando que “nadie tiene derecho a eliminar la vida de otro ser humano, porque vale toda vida”.

Macri, quien según la diputada Elisa Carrió, habilitó el debate sobre la despenalización del aborto “porque le aseguraron que no habría votos suficientes para aprobarlo” y ahora suma disputas en sus propias filas por el tema, estaba advertido del tono que tendría la homilía del arzobispo tucumano. Por los antecedentes de este obispo, pero también porque un día antes en Luján, la jerarquía católica se había pronunciado con firmeza sobre el tema. Allí, frente a una concentración multitudinaria convocada bajo el lema “defendamos las dos vidas”, el presidente de la Conferencia Episcopal, Oscar Ojea, dijo el domingo que “el aborto no es un derecho sino un drama”. 

Hay quienes, en círculos de la Iglesia Católica, sostienen que los obispos tuvieron la misma percepción inicial de Macri en el sentido de que la iniciativa en favor de la despenalización del aborto no alcanzaría el respaldo necesario en el Congreso. De allí que -aún asumiendo doctrinariamente la posición opuesta al aborto- los obispos habían optado por un enfoque dialoguista, abierto a las distintas posiciones y con la tesitura de no imponer el punto de vista religioso. Ahora, cuando se acercan las definiciones y existen fuertes indicios de que la media sanción aportada por los diputados será ratificada por los senadores, la actitud de la jerarquía eclesiástica se ha vuelto más firme y terminante.

Y con la intención manifiesta de no despegar este tema de lo social Sanchez, en Tucumán, pidió “oír la voz de los que no tienen voz, de los marginales de la patria, de los que están en el seno materno, y no de los que más gritan”. En Luján, Ojea había dicho que “tenemos que asumir el compromiso social concreto que nos lleve a crear condiciones dignas para recibir la vida, acompañando muy cercanamente a aquellas hermanas nuestras que tienen embarazos en situaciones psíquicas y sociales sumamente vulnerables y frágiles”. Para el obispo de San Isidro y Presidente de la Conferencia Episcopal “es necesario encontrar soluciones nuevas y creativas para que ninguna mujer busque recurrir a  un desenlace que no es solución para nadie”.  

El tema del aborto abrió una nueva distancia entre el gobierno y la jerarquía católica, ya distanciados por las cuestiones sociales y el debate sobre el incremento de la pobreza. Extraoficialmente se conoció que el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, hará hoy una visita a la sede de la Conferencia Episcopal para entrevistarse con autoridades del episcopado. La noticia, que no fue confirmada ni en fuentes oficiales ni eclesiásticas, es sin embargo un indicio de los intercambios que existen entre las partes. 

A pesar de comenzar a reconocer tímidamente su responsabilidad en la crisis, en Tucumán el Presidente invitó a superar “esa tendencia que tienen algunos de siempre ver cómo las cosas pueden salir mal” porque “tanto mejor ser optimistas con un futuro que está ya empezando a surgir”. Un paraguas de optimismo para la tormenta. Perspectiva lejana y desencontrada con quienes, reunidos en la 9 de Julio, se manifestaron precisamente en contra de la crisis que los afecta en el presente y condiciona el futuro del conjunto de la sociedad argentina. Y, como afirmó Roberto Baradel, para conmemorar “la independencia real en contraposición de la dependencia que estamos viviendo hoy”.

Más que estar “pasando una tormenta”, como dice el Presidente, todo indica que estamos inmersos en un frente de tormenta política cuyo final no se avecina y resulta incierto por donde se lo quiera mirar. No se vislumbra un futuro despejado y libre de nubes. Los paraguas no alcanzan para guarecerse. 

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