Comencé a trabajar como asesor en temas de América del Norte para la primera mujer canciller de México, Rosario Green, en 1998. Ingresé al Servicio Exterior Mexicano en el año 2000 y en 2003 obtuve mi primera adscripción en Chicago. Allí aprendí que quien habla de México como un monolito, no conoce México. Y también que para millones de migrantes, mexicanos y de otras nacionalidades, el american dream suele convertirse en una pesadilla: sueños hechos trizas, la discriminación y el racismo las 24 horas del día. 

Regresé a Estados Unidos en julio de 2015. Llegué a Detroit con el ánimo de aprender cosas nuevas. Para mi frustración, me encontré con los mismos problemas de millones de migrantes que había conocido en Chicago. Pero peor aún, potenciados en crueldad por el actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

Un repaso reciente: primero fueron 33 detenidos en una operación de Immigration and Customs Enforcement (ICE) el 4 de agosto de 2017 en un área cercana a la ciudad de Grand Rapids (Michigan). Con la oportuna respuesta y apoyo del equipo de Protección del Consulado y de la propia Cancillería se logró apoyar y representar legalmente a las víctimas, todas ellas trabajadores del campo. Casi un año después, el pasado 5 de junio, la Border Patrol decidió emprender otro operativo en el poblado de Sandusky, Ohio, un sitio no precisamente fronterizo y privar de su libertad a 114 trabajadores del campo, 90 de ellos mexicanos. El equipo del Consulado actúo con una capacidad digna de respeto, y de nuevo, los apoyos en recursos, en abogados, de la Cancillería fueron inmediatos e incondicionales. El tren no se detuvo: el pasado 20 de junio, en el poblado de Salem, Ohio, la división de investigaciones de ICE llevó a cabo la que considera con cuestionable orgullo su más importante operativo “en la historia reciente”. Se detuvieron a 146 trabajadores, de los cuales solamente cuatro probaron nacionalidad mexicana.

La situación es apremiante. He escuchado, nadie me lo ha contado, historias de niñas y niños, jóvenes que ya no resisten más, hablando de ideaciones suicidas. Se necesitarán apoyos adicionales y focalizados, aprobados por el Congreso que inicia el 1 de septiembre.

En un par de frases lapidarias de su Historial oral de la diplomacia mexicana, el embajador Rafael de la Colina, señala: “El diplomático está un poco en las nubes. Yo he ejercido ambos cargos, por lo general, y sobre todo puedo comprobar que los diplomáticos, por regla general, y sobre todo aquellos que han carecido de la experiencia consular, rara vez tienen que resolver problemas concretos de protección”.

En una nota no exenta de cierta candidez, publicada en El Economista el pasado 5 de julio, Fausto Pretelin señala que Martha Bárcena tendrá cinco meses para aprender asuntos consulares. No es el caso. La embajadora Bárcena cuenta con uno de los mejores cuerpos consulares del mundo. Lo dice el Reporte del Foro Global Consular, celebrado en mayo de 2015 bajo los auspicios de la prestigiada organización Wilton Park.

La política exterior de Andrés Manuel López Obrador, el mandato que tienen Marcelo Ebrard como próximos canciller y Martha Bárcena como primera embajadora de México ante Washington, respectivamente, va más allá de los humores de Donald Trump y no puede ser más claro: la defensa de los mexicanos y la cooperación para el desarrollo.

 

La protección consular será un reto tremendo.

Se trata de un reto que se puede enfrentar: es un deber moral, no una pregunta a debatir, no se diga a dejarla en manos de los “expertos” en nada y los “analistas” de todo. Habrá que añadir y redireccionar recursos humanos y materiales, quizás hacer el tipo de reingeniería institucional que, por cierto, se llevará a cabo en otras secretarías de Estado: tarea pendiente, tarea urgente.

Ello se traduce en abrir al máximo las puertas de la cooperación desde la Cancillería, la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo y nuestra Embajada en Washington; en crear modelos novedosos, reales y consecuentes para que, por poner un ejemplo, el sector automotriz se integre a las labores de la cooperación en concordancia con la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

Está en el interés de la plataforma de producción más integrada de ambas economías, de las empresas estadounidenses y mexicanas y de su vastísima cadena de proveedores, compartir tecnologías, conocimiento y capacidades, invertir en educación, en energías no contaminantes, en impulsar un crecimiento económico no sólo justo sino también inevitable, pues quien realmente conoce el sector automotriz sabe que la cuarta revolución industrial, tal como la concibe Klaus Schwab —director del Foro Económico Mundial, organización satanizada pero que, no lo olvidemos, promueve la cooperación entre los sectores público y privado— ya está en curso.

La transformación y cooperación para el desarrollo que los mexicanos queremos para el país no puede ni va a esperar.

Bruno H. Piché es diplomático de carrera y autor de la novela La mala costumbre de la esperanza.

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