La búsqueda del origen es una constante humana. El origen de una caída, de una cultura o de una sencilla emoción. Contar una historia, tornarla en mito, creerla a ciegas y obtener a cambio un poco de tranquilidad. Por ello no me apena narrar, o más bien confesarles, en donde creo yo que comenzó mi penuria, no tanto como escritor, sino como individuo que se supone libre de actuar. No lo vean como si se tratara sólo de mi historia la cual, supongo bien, a nadie le interesa. Tómenlo como un caso clínico que podrían leer en cualquiera de los archivos de un hospital o de una penitenciaría mental. Cuando alguien nos narra su historia lo que hace en realidad es crear y extender un fragmento de la cualidad humana. Sucedió en una escuela modesta y privada de nombre Perseverancia y que se hallaba, según anhelo recordar, en la colonia del Lago en la Ciudad de México.

Cursaba el cuarto año de primaria y provenía del Instituto Gregorio Mendel, ubicado también en la colonia del Lago a una cuadra de calzada de Tlalpan. El primer día de clases en el colegio Perseverancia nuestro profesor realizó un examen, al grupo entero de estudiantes, con el propósito de conocer el nivel de nuestra bestialidad y de saber si nos habían preparado bien durante el curso anterior. Yo tendría alrededor de ocho años, pues en la década de los sesenta, a diferencia de los días actuales, todavía no se lanzaba a los niños a una bodega escolar apenas emanaban del vientre; no había entonces tantas teorías banales y dispares acerca de la educación temprana. Nuestro profesor dibujó en el pizarrón algunas operaciones matemáticas simples las que cada alumno copió en una hoja blanca para resolverlas en un lapso no mayor de quince minutos. Debido a que yo provenía de otra escuela me imaginaba —no acierto a la razón de ello— que no poseía los amplios conocimientos de mis compañeros de clase. Por lo tanto una vez resueltas las operaciones en un par de minutos me dediqué a husmear de modo discreto en los resultados de mi compañero de pupitre. Todos sus cálculos eran distintos a los míos, todos, y entonces el mundo se me cayó encima. Lo que hice, presa de un impulso incuestionable, fue borrar mis números y copiar los suyos de forma apresurada antes de entregar las hojas al profesor quien, después de revisar nuestro trabajo, nos devolvió las hojas calificadas. El grupo había salido, en general, bien librado y sólo dos alumnos habíamos obtenido cero de calificación: mi compañero de pupitre y yo.

Acostumbro contar este pasaje porque dejó huellas irreparables en mí; no obtuve ninguna moraleja o aprendizaje de lo sucedido, pero me di cuenta de que la desconfianza hacia mí mismo, el menosprecio hacia mis talentos menores de cualquier clase, la conciencia de la sinrazón y el presentimiento de que se avecinaba una vida colmada de inseguridades, se hallarían latentes en cualquier cálculo o acto realizado por mí. Y así fue: extendí la mímesis aristotélica o la imitación de mi entorno a la literatura. A mis diez años y luego de leer los sonetos del Marqués de Santillana o las coplas de Jorge Manrique me dediqué, sin que mediara ninguna razón prudente, a escribir sonetos y coplas imitando el estilo de los poetas españoles; sobra decir que el resultado fue desastroso y ridículo. Dedicarme a copiar el estilo de otros autores se convirtió en hábito y tarea cotidiana en mi juventud. Las primeras cinco novelas que escribí a partir de los diecinueve años hasta los veintiséis estuvieron marcadas por la impresión que me causaron autores tan distintos como Camus, García Márquez y Alain Robbe-Grillet. Todas mis novelas, las cuales sumaron alrededor de mil páginas escritas con mi fiel Olivetti portátil, se fueron al caño y no las publiqué por el bien de la templanza estética. Otros autores cuyo peso tuve que cargar también en la espalda fueron Bukowski, Tibor Fisher, Antonio Muñoz Molina y Alfred Döblin, ensalada dispar, la creada por mí, que podría indigestar hasta el estómago más fuerte.

No obstante el relato anterior, no hay mal que dure cien años, y un día logré liberarme de mi compañero de pupitre y confié al fin en mis propios medios para resolver las operaciones literarias dispuestas en el pizarrón. No afirmo que las consecuencias hayan sido afortunadas, sino que la sencilla liberación (por supuesto siempre incompleta) de mi hábito mimético me devolvió a la vida. No tengo duda de que somos enanos en hombros de gigantes y de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero es confortable contemplar desde una ventana propia o legítima cómo se pasa la vida/ cómo se viene la muerte/ tan callando;

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Read 29 times Last modified on Monday, 03 September 2018 09:48
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