A finales de enero de 1801 Charles Lamb le escribía una carta a William Wordsworth. Rechazaba una invitación a pasar una temporada en el campo con él. Lo mío es la ciudad sucia y ruidosa. Prefiero las calles polvorientas de Londres, las sorpresas y amenazas de la noche, la sordidez de algunos barrios a esa naturaleza repetitiva, silenciosa, muerta a la que dedicas tantos poemas. Mis únicos amantes son mi silla, la mesa en la que como y el librero que me sigue como un perro fiel (pero un poco más inteligente). También discrepa del tono que domina su literatura. En la carta le agradece el envío de sus baladas líricas y las elogia. Pero tras el piropo suelta las razones de una discrepancia esencial. En tus poemas encuentro una falla: hablan imperativamente. Tu voz instruye, como si estuviera dictando cátedra. Tus ideas no se resbalan en el oído, se imponen. “Un lector inteligente —dice Lamb— sentiría como un insulto que le digan qué pensar”. ¿Escribir con la ambición de que el lector piense como uno? ¡Qué indigno!

Lamb defendía la evasiva. Escondía su propia pluma. Los dos volúmenes que publicó en vida son atribuidos a un autor imaginario. En los Ensayos de Elia Lamb escribe de las brujas y de la galantería moderna; de las orejas y del préstamo de libros; del cerdo rostizado y de sus borracheras. Habrá cedido la autoría de sus divagaciones a Elia, pero como bien dijo con admiración Tito Monterroso, “es probable que después de Montaigne nadie se haya desnudado ante el público en otro libro de tan buena fe”. Lamb no se maquillaba. En el estreno de una obra suya se unió a la rechifla. Llegó a la conclusión de que era malísima. Así lo retrató Monterroso: “Charles Lamb era un hombre bajito, tímido y sarcástico, cosas que, si uno se fija, tienden siempre a juntarse; y es el autor de los Ensayos de Elia, a través de los cuales dejó un testimonio de cómo, pase lo que pase, después de todo el mundo puede ser visto con una sonrisa”.

Un libro reciente1 ve en Lamb un ejemplo del “arte del tacto”. Los ensayos de Lamb, efectivamente, expresan una manera de abordar el mundo, una forma de relacionarse con otros, de expresar las emociones que nos despierta la vida. David Russell identifica una tradición literaria y aun una actitud política en ese arte: apreciar el encuentro sobre el conocimiento, el trato estético por encima del juicio racional. Se refería a una percepción táctil que abraza la ambivalencia, la fugacidad, la imperfección. El arte del que habla Russell es un estilo pero es también una política: liberalismo estético, lo llama.

En los ensayos de Lamb las manos son órganos del entendimiento. Los dedos se deleitan en lo concreto, es decir, en lo palpable. No arguyen: gozan y comprenden. Bajo la aparente trivialidad de sus temas —las delicias de un guiso común o la porcelana antigua— se expone una sensibilidad que es ejemplo de sociabilidad. En su ensayo sobre las imperfectas simpatías desarrolla esa noción de civilidad. El autor se confiesa prejuicioso. No quiero a todo mundo, quiero a los míos y detesto en particular a los escoceses. Ejercía ese permiso del estereotipo al que recurre el humor y que hoy parece inadmisible. Le impone ese gentilicio al pensamiento rotundo y completo que se ciega a lo incoherente y a lo incompleto. Reconoce que su simpatía está en las inteligencias que no aspiran a la totalidad, que no codician la exactitud. Lamb expresa su amor por la insinuación, por la ligereza expresiva, por el hallazgo crudo, por las ideas incompletas. Nosotros, antiescoceses, nos vestimos con retazos. Nuestra ropa no está hecha de telas completas porque nos alegra la dispersión de los fragmentos. Nuestra única ambición es captar las escurridizas pistas de la verdad. Porque la luz parpadea reconocemos que todo es fugitivo. Nosotros, dispersos e incoherentes, somos más atentos que pacientes. No hace falta que nuestras ideas estén perfectamente cocinadas para compartirlas porque sabemos que nunca alcanzarán su punto. Nosotros, los fragmentarios, no somos tan serios como para hablar siempre bajo juramento.

Los sistemáticos pertenecen a otra raza. Nunca verás el crecimiento de sus ideas porque abrirán la boca hasta el momento en que hayan acoplado las mil piezas de una relojería. El sistemático no sugiere nada: descarga la pila de sus conclusiones en perfecto orden y en redonda simetría. Jamás sospecha de sí mismo. La intuición, el instinto, las concepciones embrionarias, la sospecha no tienen sitio en su vocabulario. Todo en él es demostración inapelable.  El sistemático es un hombre de fe. Si es ortodoxo, no duda. Si es hereje, tampoco. Nunca busques ir de excursión con el sistemático, advierte Lamb. Te enderezará siempre que te seduzca la improvisación para seguir su fijo y aburrido itinerario. Y cualquier metáfora será para él un crimen de pensamiento.

Como juego de sensible inteligencia, el ensayo es un modelo político, dice David Russell en su lectura de este liberalismo estético. Del pacto social al tacto social. Tocar el mundo, conocer al otro con las manos implicaría renunciar a la rudeza de las abstracciones. Liberalismo no de la neutralidad sino de la sensualidad.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

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