No se logrará modificar la calidad de la educación con muchas universidades o muchas becas. Ojalá que el tema fuera de oferta. El problema del rezago educativo tiene raíces profundas. Por un lado, está la pobreza; no solo la pobreza socioeconómica sino la pobreza en las condiciones para el aprendizaje de cada niño.

El verdadero obstáculo está en la crianza; es decir, en la forma en la que mamá y papá crían a sus pequeños: los hábitos en casa, las relaciones cordiales, su interacción con los hijos, la cantidad de palabras diferentes que intercambian y el tipo de aspavientos que utilizan. En la crianza están otros hábitos, como las horas y calidad de lectura, juego, comunicación; la nutrición balanceada, los horarios y horas de sueño, los amigos, y la relación de los pequeños con sus juguetes y artilugios. Muchas veces la crianza está correlacionada con el estatus socioeconómico. Existen problemas tanto en la abundancia de la pobreza como en la pobreza de la abundancia.

En ese proceso de crianza, también está la forma en la que mamá y papá se llevan entre ellos y otros adultos, las tensiones de la vida adulta y cómo se transmiten a los niños, su nivel educativo y su nivel socioeconómico. Cuando llevamos esta crianza a la escuela, no importa tanto qué tan involucrados estén papá y mamá en la escuela, sino el interés profundo que tengan en la educación escolar de sus hijos; que vayan a la escuela, estudien, respeten a sus maestros, completen sus tareas, duerman al menos ocho horas, jueguen y tengan una actitud positiva hacia la escuela. Si mamá y papá están en desacuerdo con la escuela, lo peor que pueden hacer es ventilar su enojo con los hijos. El cerebro de los pequeños se empoderará para mostrar una actitud negativa y hasta bravucona ante la escuela. Los desacuerdos de adultos se liman entre adultos.

Un estudio seminal realizado en Estados Unidos en la década de los noventa demostró que hogares donde papás intercambian con sus hijos más y diferentes palabras (vocabulario rico) y lo hacen de manera agradable (aspavientos reforzadores) durante dos años, cuando los bebés tienen entre 12 y 36 meses de edad, muestran a los tres años de edad, 100 por ciento más de vocabulario y hasta 40 puntos más de coeficiente intelectual, que los pequeños en cuyos hogares el vocabulario es muy limitado y la interacción es tensa y negativa.

Economistas reconocidos han mostrado que la inversión en la educación infantil y preescolar tiene una tasa de retorno social mucho más alta que la inversión en educación básica, media superior, pero sobre todo superior. No todos los niños necesitan educación superior para ser exitosos en la vida, pero todos necesitan buena crianza y educación en los primeros años de vida.

¿Qué se puede hacer? Es extraordinariamente difícil resolver el problema educativo con buenas intenciones o evaluaciones. Yo sugeriría dos estrategias: programas donde toda la comunidad cercana a la escuela (urbana o rural) está centrada en la educación y el aprendizaje, y toda la política pública estatal, y no solo la educativa, está centrada en el niño. Cuando un niño llegue a la escuela debe detonar todos los servicios sociales de apoyo (salud, seguridad, empleo, nutrición, familia) para asegurarle un arribo sin tensión y buena nutrición; es decir, en condiciones de educabilidad. Cuando un niño llega a la escuela golpeado, desnutrido o con tensión tóxica la pedagogía no puede hacer nada o hace muy poco.

¿Qué se puede hacer con los jóvenes desinteresados o desertores de la escuela? Las becas no son suficientes. La beca funciona sobre el mecanismo de motivación extrínseca de la mente y cada vez que utilizamos una palanca extrínseca dañamos los motivos intrínsecos para estudiar. De acuerdo con experiencias de directores de escuelas que admiten a los jóvenes más rezagados, en condiciones de pobreza o rechazados, no es un apoyo económico sino un adulto que genuinamente se interese por ellos lo que realmente importa. Las instituciones de educación secundaria y media superior que atienden a los niños y jóvenes más rezagados deben estar preparados para una atención genuina, caso por caso. Un adulto para quien el joven sea prioridad. Esa es la esencia.

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