Con las últimas cuatro corridas de su temporada mayor ha celebrado Guadalajara el aniversario número 52 de su actual coso taurino, heredero de la antigua plaza El Progreso cercana al mercado de San Juan de Dios, edificada en el siglo XIX y clausurada en 1979, en una corrida de Año Nuevo –fecha tradicional de toros en la Perla de Occidente– de tal manera accidentada que el último burel de su historia hirió a Miguel Espinosa en la rodilla derecha, y a David Silveti su persistente lesión rotular le impidió despachar al segundo de su lote, dejando que el peso de la tarde recayera en Manolo Arruza, quien le cortó al quinto las dos últimas orejas concedidas en aquel escenario de tanta solera, tarde en que se corrieron tres toros de San Mateo y tres de Valparaíso. En ese entonces ya existía la Monumental de Jalisco, que cambiaría ese nombre por el de Nuevo Progreso al desaparecer su antecesora. Pero durante 11 años, ambas se repartieron el interés de la afición tapatía, no pocas veces en abierta competencia, cuando una y otra programaban corrida para la misma fecha sin ahorrarse gastos en figuras de tirón y aprovechando la eclosión ganadera de la época, garantía de triunfos muy frecuentes.

Revolución mexicana

A la efervescencia causada a principios de 1964 por la irrupción de El Cordobés fueron sumándose en sucesión una serie de acontecimientos que iban a sacudir sin tregua al medio taurino nacional. Si Manuel Benítez, de la mano de su tocayo Manolo “Chopera”, emprendió aquellos célebres maratones a corrida diaria con que recorrió a nuestra república, la emergencia de jóvenes valores mexicanos, surgidos en medio de un ambiente enrarecido por manipulaciones empresariales y pleitos sindicales, suplantaría en el imaginario popular a la polvareda cordobesista hasta hacer innecesaria la posterior presencia del mechudo en nuestro territorio. Vamos a los hechos.

A partir de 1964–65, la gerencia de la Plaza México le fue encomendada por Alejo Peralta –socio prominente de la sociedad arrendataria del coso–al cubano Ángel Vázquez, hombre de todas las confianzas del sobrino de Carcho Peralta en su calidad de gerente de los Tigres capitalinos, equipo de beisbol. Y como “El Gallego” Vázquez ni sabía ni quería saber de toros –en su despacho colocó ostensible letrero que prohibía tocar el tema–, decidió que el negocio se regiría por criterios netamente beisboleros. Empezó por aprovechar el sisma latente en la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos desde que “Chopera” (Manuel Martínez Flamarique) metió de lleno su cuchara, a fines del 64, con el propósito de acordar con la emergente Asociación de Matadores que los espadas le firmaran exclusivas no a la manera usual sino como si se tratara de peloteros incorporados a un club de beisbol al que habría que obedecer sin rechistar: todo el poder para el empleador y absoluta discrecionalidad del empleador a cambio del salario temporal convenidas, por lo que los diestros se comprometían a presentarse en las plazas y fechas señaladas por el dueño del club. La mayoría de ellos se plegaron al nuevo modelo, pero algunos de indudable cartel e importancia permanecieron fieles a la Unión, sin ceder al exclusivismo impuesto por el manager antillano. Con todo, estaban en minoría.

 

Para que su esquema funcionara, el Gallego Vázquez se abocó a varias plazas estratégicas del país. Una de ellas, en sociedad con don Nacho García Aceves, fue El Progreso de Guadalajara. También operó El Toreo de Tijuana, la Balderas de Ciudad Juárez y otras de cierta relevancia. Empero, la oposición no permaneció de brazos cruzados. Y un audaz empresario de provincia, Leodegario Hernández, procedió en el mismo sentido, pasando a regentar cosos importantes como Monterrey, León, Irapuato y otros, a fin de presentar en ellos a los disidentes toreros de la Unión –la encabezaba un Luis Procuna ya decadente, pero contaba con Joselito Huerta, todo un as de la baraja nacional–. Lo interesante es que hubo figuras que se declararon independientes de signar contratos con la empresa que mejor les conviniera. Entre ellos estaba el joven espada Manolo Martínez.

Así las cosas, Martínez alternaba indistintamente las dos empresas en pugna: con Ángel Vázquez confirmó su alternativa en la Plaza México (12.02.67) y allí mismo ganó su primer Estoque de Oro, en cerrada competencia con Raúl Contreras “Finito” (08.04.67), que terminaría siendo presidente de la flamante Asociación, sometida al cubano. Por el contrario, el regiomontano y su apoderado Pepe Luis Méndez se fueron inclinando paulatinamente por las plazas de Leodegario Hernández, de modo que su resistencia a la presión del beisbolero terminaría convertida en abierta disidencia. Y ya enseñoreado como la figura del momento, Manolo Martínez se pasó con armas y bagajes al elenco del señor Hernández; como anticipo, se presentó en Guadalajara para inaugurar, en terrenos aledaños al Estadio Jalisco, un coso de aforo muy superior al del antiguo Progreso, la “Monumental de Jalisco”, como tercer espada del cartel del 4 de febrero de 1967 en el que figuraron, con ganado grande y difícil de José Julián Llaguno, el veterano Joselito Huerta y los jóvenes Finito y Martínez: Huerta cortó la primera oreja, en presencia de las autoridades civiles del estado y personalidades como Fermín Espinosa “Armillita”, Lorenzo Garza y Luis Castro “El Soldado”. Al día siguiente, un disparejo y correoso encierro de La Punta les puso difíciles las cosas a los mexicanos Manuel Capetillo y Chuchito Solórzano y los españoles Juan García “Mondeño” y Paco Pallarés. No fue, en suma, un estreno afortunado. Pero la Monumental de Jalisco, rebautizada más tarde como “Nuevo Progreso”, iba a vivir en el futuro muchas tardes de gloria. Y gracias al rigor de su afición y la firmeza de las autoridades tapatías para hacer cumplir el reglamento, había de convertirse en la más seria y exigente de toda América.

Pinceladas de historia

Con Manolo Martínez como ariete, Leodegario Hernández mantuvo sus plazas en la línea de fuego, sin rehuir la competencia en ciudades con dos cosos, uno de los cuales controlaba la empresa capitalina. Y el centro de esa pugna estaba en Guadalajara. En el año 69, don Leo repescó a El Cordobés y, por cuenta propia o asociado con empresas  locales, lo emparejó con Manolo en Monterrey, León, Morelia, Querétaro y por supuesto la Monumental de Jalisco. Martínez había roto desde 1968 con la empresa de la capital y durante dos años toda su actividad la concentró al lado del frente opositor. Sin ganado de garantías, lo del Cordobés resultó un fiasco –en Guadalajara, ambos fueron despedidos a cojinazos tras colarles una becerrada de Llaguno a precios de reventa–, pero no por ello el incansable Hernández dejaba de anticiparse a la México en la contratación  contrataba figuras españolas. Y si Ángel Vázquez había convencido a Capetillo de retirarse en plena madurez, Leodegario lo sustrajo del ostracismo para que se vistiera de luces en sus plazas a partir de 1969. Ese año, las mejores faenas en la Monumental de Jalisco –memorable la del 20 de noviembre, a “Catrín” de Jesús Cabrera– fueron de José Huerta, tradicional rival de Capetillo ante sus paisanos, que los vieron alternar mano a mano en el año nuevo de 1970. Pero lo grande aún estaba por llegar.

Ocho orejas y cuatro rabos

La del 15 de noviembre de 1970 ha sido, seguramente, la tarde más apoteósica que haya vivido la afición tapatía. Con un encierro de Torrecilla de imponente presencia y descomunal bravura y nobleza toreaban mano a mano Joselito Huerta y Manolo Martínez, dos maestros en sazón. El de Monterrey estuvo inspiradísimo y le cortó el rabo al cuarto, “Talismán”, luego de negarse a dar la vuelta a la muerte del peligroso “Farolito”, su primero, del que sacó insospechado partido pero al que pinchó en cuatro ocasiones. Con el sexto, débil y soso, abrevió. Cómo estaría el León de Tetela que, con todo lo imponente que se vio Manolo, la tarde sería indiscutiblemente suya. A sus tres toros les cortó los máximos trofeos –seis orejas y tres rabos fue su cosecha–: larga y templadísima fue su faena al abreplaza “Cantador”, al que estoqueó por lo alto. El tercero, “Valenciano”, se lo brindó a Renato Leduc –seguidor acérrimo de Martínez–y en la culminación de su faena ligó 12 naturales sobrenaturales que volvieron a loca a la concurrencia, antes de refrendar su apoteosis con soberbio volapié. Por último contendió con un “Brillante”, lo bordó hasta el cansancio y finalmente el Torrecilla fue indultado.

Leo Valadez

Joselito y Manolo siguieron su andadura por las cumbres del toreo, pero la tarde que dieron a los tapatíos aquel 15 de noviembre de 1970 figura con letras de oro en sus respectivos historiales y el del actual Nuevo Progreso de Guadalajara, donde Leo Valadez acaba de confirmar su enorme potencial artístico –ignorado y ninguneado por las empresas–al sumar tres orejas con toros zacatecanos de Pozo Hondo (24.02.19). Ha sido el mayor triunfo de un ciclo casi tan complicado como lo fue hace 52 años la serie inaugural, pues el único apéndice restante lo cortó Luis David (17.02.19). Como es usual, el público tapatío ha respondido manteniendo sus niveles de exigencia y saber habituales.

Read 42 times
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…