Aunque el pensamiento ilustrado y las revoluciones que a partir de entonces se sucedieron destruyeron el argumento político del rey como representante divino, la sustancia del poder que encarnaba aún pervive como una tentación en amplias porciones del inconsciente colectivo de gobernantes y pueblos. Esa figura sagrada, que nació del maridaje entre el Imperio Romano y la Iglesia, fue durante siglos la expresión de Dios que, al lado del Papa, reinaba vicariamente mientras Cristo volvía en su esplendor y gloria para establecer el Reino, y cuya omnipotencia dispensaba bienes y castigos como un padre ­bondadoso y justo; la expresión de siglos en que las sociedades y los seres humanos no habían cumplido la mayoría de edad e, incapaces de comprender y asumir la dura roca de la libertad traída por el Evangelio, otorgaron a Dios y a sus representantes la idea mágica de una omnipotencia capaz de ordenar la vida.

Aunque la Ilustración destruyó el ­sentido vicario del rey como representante de Dios, no destruyó, sin embargo, la idea de su poder omnipotente que sigue operando en la parte más infantil de nuestro inconsciente colectivo. Así Napoleón –que afirmó que nadie podría detener la revolución– se coronó emperador. Stalin, al responder a su madre que le preguntaba en qué se había convertido, respondió: “En una especie de zar” que el pueblo, convertido en camarada, llamó “padrecito”. Hitler se erigió en Führer: líder y guía del pueblo alemán. 

En México –que, a partir de la Colonia, sólo conoció la figura del rey como una presencia que gobernaba allende los mares– la tentación de encarnarlo, de hacerlo ­presente ha acompañado a casi todos sus políticos y a una buena parte de eso que hoy nuestro gobierno llama decimonónicamente pueblo. Hidalgo quiso traer a Fernando VII; Iturbide se erigió en emperador, Santa Anna lo emuló disfrazado de presidente y los conservadores trajeron a Maximiliano. Los liberales, que no querían utilizar términos conservadores, lo disfrazaron de dictador, de cacique o de presidente.

En todos nuestros gobernantes el deseo de encarnar la omnipotencia de las realezas ha pervivido, en mayor o menor grado, como una tentación: “¿Qué harán mis hijitos sin mí?”, exclamaba con tristeza Porfirio Díaz al salir rumbo al exilio, y qué decir de esos reyes despóticos que crearon el Maximato, el huertismo, o los tiranuelos que cambian de rostro cada seis años y que mantienen de alguna forma su “derecho” al poder; qué decir del caciquismo estilo Gonzalo N. Santos, Tomás Garrido Canabal, Javier Duarte, Graco Ramírez, los hermanos Humberto y Rubén Moreira, de líderes sindicales como Elba Esther Gordillo o Carlos Romero Deschamps; qué decir de los capos del crimen organizado que aprendieron de ellos.

No ha sido distinta la posición del pueblo que desde la Colonia ha vivido de las dádivas de ese poder omnipotente que nunca se dedicó a construir ciudadanía, sino súbditos, clientes, programas asistencialistas que derivaron en la corrupción, prebenda que han hecho del puesto burocrático una especie de ducto conectado al preciado líquido del erario, y la esperanza, casi teológica, en el que el próximo en llegar al poder será el bueno y nos beneficiará con alguna dádiva, que el mexicano llama justicia.

México parece no poder pensar ni vivir de otra manera si es posible llamar vida a la corrupción y la violencia que brota de las paredes del país y de sus instituciones como salitre en una casa derruida.

El éxito de Andrés Manuel López Obrador radica en eso. Frente al desastre al que nos condujo la mal llamada transición –reyezuelos priistas disfrazados de demócratas–, López Obrador ha logrado dar forma a nuestras aspiraciones infantiles: no sólo rehízo la figura omnipotente del rey –devaluada a lo largo del tiempo–, sino que le devolvió su sacralidad.

En una especie de magia mexicana, Andrés Manuel ha podido sumar en su persona lo inimaginable: la auctoritas y la potestas, el poder espiritual y el poder civil, para democráticamente gobernar de manera vicaria en lugar de Dios y del Estado laico. Por eso, como lo mostró Denisse Dreser (Proceso 2205), el presidente no sólo informa sobre los destinos del país en su conferencia de los lunes, también predica. Por eso también, lo que llama pueblo, sus hijos, “lo escuchan extasiados esperando la siguiente lección”, la nueva dádiva o el futuro castigo. Por eso nadie de su gabinete se atreve a contradecirlo. Él encarna el sueño del rey, que Hidalgo nunca pudo traer a México, que cada gobernante en este país ha simulado representar a fuerza de miedo y dádivas, y que cada “ciudadano” espera cada sexenio como una segunda vuelta de Cristo; una especie de Carlomagno trasplantado a tierras mexicas o un Quetzalcóatl con rostro de Dios padre; la expresión del infantilismo político de un México que aún cree en Dios como una deidad mágica que, semejante a un deux ex machina, salvará la miseria y el dolor de México por su sola aparición en su poder y gloria.

A veces, detrás del fervor que Andrés Manuel provoca, creo escuchar las palabras de Francisco Bulnes sobre Porfirio Díaz: “El buen dictador (una forma laica del rey) es un animal tan raro que la nación que posee uno debe prolongarle no sólo el poder sino hasta la vida”.

Nada más lejos del Evangelio que es la expresión del amor como ausencia de poder, como impotencia, como vacío y libertad.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar, a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y refundar el INE.

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