Cuando la gravedad del contexto impide canalizar el dolor y la rabia (tan comprensibles) por la vía de las palabras, ¿será posible escuchar a quien ofrece un camino diferente a la violencia? Judith Butler acaba de publicar el libro La fuerza de la no violencia (2020). Esta filósofa feminista lleva rato preocupada por “los mecanismos psíquicos del poder”, por “los cuerpos que importan”, por “las vidas que no merecen ser lloradas” y por las distintas formas de la lucha y la resistencia políticas. En este libro ella se plantea desentrañar por qué el tema de la no violencia encuentra reacciones escépticas en todo el espectro político, como si ese fenómeno fuera falta de interés o de acción.

Su libro abre con tres epígrafes, uno de Gandhi, otro de Martin Luther King y uno de Angela Davis y está dividido en una breve introducción y cuatro capítulos: 1. No violencia, grievability (algo así como la capacidad de sentir dolor por lo que le ocurre a las demás personas) y crítica al individualismo; 2. Preservar la vida del Otro; 3. La ética y la política de la no violencia; 4. La filosofía política en Freud: guerra, destrucción, manía y la facultad crítica. Además, tiene un post scriptum: Repensar la vulnerabilidad, la violencia y la resistencia.

Butler inicia cuestionando cómo se define la violencia y plantea que es necesario comprender y evaluar las formas en que se representa hoy, a quién se le atribuyen conductas violentas (jóvenes, personas negras y morenas, migrantes, disidentes, personas sin casa o vagabundas, seres queers, entre otras). La tarea que se propone es compleja, pues ella misma muestra que las definiciones de violencia suelen estar sujetas a definiciones instrumentales, que sirven a ciertos intereses políticos y que muchas veces también producen violencias.

Butler ubica la práctica de la no violencia en el cruce de lo ético y lo político y señala que se suele confundir o malinterpretar la no violencia como una práctica pasiva o se le mira como una ética individualista que no es realista ante las formas existentes de poder. 

Butler cuestiona tales concepciones y sostiene que existe una forma activa de no violencia que busca dar cuerpo al ideal social de una igualdad que asuma la interdependencia mediante una crítica (y un combate) al individualismo.

Según esta filósofa, no obstante la importancia de evaluar la vulnerabilidad y darle un espacio al cuidado, ninguno de ambos (vulnerabilidad y cuidado) pueden servir como base de una política. Al contrario, ella considera que el discurso acerca de “los grupos vulnerables” reproduce el poder paternalista y da autoridad a las agencias regulatorias que tienen sus propios intereses y llevan a cabo ciertos constreñimientos. 

En el campo de los derechos humanos, la categoría “poblaciones vulnerables” incluye a todas las personas que requieren una protección y un cuidado especial. Sin embargo, ella sostiene que no se debe tomar la vulnerabilidad como una condición, aislada de otras, ni debe ser el fundamento de la acción política. Reconoce que es crucial hacer pública la situación de quienes no cuentan con los requerimientos humanos básicos, como comida y techo, pero amplía la definición de vulnerabilidad a quienes se restringe su movilidad de movimiento y a quienes se les coarta su derecho a la ciudadanía, como los migrantes y los refugiados, a quienes se persigue por no ajustarse a la norma binaria heteropatriarcal, como las personas trans y queer, entre otros. 

Butler también aborda el tema del feminicidio y otorga gran reconocimiento al movimiento Ni Una Menos. Analiza el carácter sistémico de tal violencia, la impunidad de esos brutales asesinatos y los describe como una forma extrema de terrorismo sexista. Subraya que esa violencia machista es gravísima en América Latina y destaca lo que pasa en Honduras, Guatemala, Brasil, Argentina, Venezuela y El Salvador; aunque cita en una nota el trabajo de Julia Monárrez sobre México. Y también da cuenta de que, pese a la violencia geopolítica, sin duda parte de la necropolítica neoliberal, persisten sentimientos de solidaridad que le dan un carácter transversal a las enriquecedoras alianzas que se desarrollan. 

En su reflexión, la feminista analiza por qué la práctica no violenta tiene una fuerza distinta a la de la violencia destructiva: por las alianzas de solidaridad que construye y despliega. Rechazar la violencia tradicional no implica no hacer nada, al contrario, la no violencia requiere desarrollar un nuevo imaginario –un imaginario realmente igualitarista– que asuma la interdependencia de las vidas. Butler misma acepta que esto puede sonar poco realista, pero afirma que es necesario para ir introduciendo en el imaginario actual otra realidad que no sea la instrumental. Hay que pasar a construir una solidaridad significativa, a “llorar todas las vidas” y no sólo las que tenemos cerca. 

Esboza una esperanza acerca de la posibilidad de vivir en formas que nos unan con los demás seres vivos, en medio (y a pesar) de la rabia y el dolor. Ahora que tantas feministas están –estamos– indignadas y dolidas, ¿será posible escuchar y debatir la propuesta de Butler acerca de esa forma de lucha y resistencia que es la no violencia?  

Este análisis se publicó el 16 de febrero de 2020 en la edición 2259 de la revista Proceso

Read 186 times
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…