Por más que intenta evitarlo, el recuerdo de ciertos momentos lo persigue: Nancy diciéndole su verdadero nombre: Gonzalo. Nancy llorosa. Nancy en actitud ­vigilante, caminando junto a él, co­mo si aún fuera un niño en riesgo de perderse. Nancy, poniéndole la mano en el ­hombro para obligarlo a detenerse antes de llegar a la estación del Metro. Nancy ­preguntándole si alguna vez iría a ­visitarla. Nancy horrorizada al oír la respuesta: ¿para qué?

Aturdido por la multitud que atesta el andén, Carlos da media vuelta y rápido, como si huyera del gentío, se dirige a la calle. Camina sin rumbo, cada vez más despacio, tratando de reconstruir su conversación con Nancy en el restaurante. Sólo consigue recuperar palabras sueltas, frases. Recordarlas le provoca la misma incomodidad que había sentido cada vez que ella lo llamaba Gonzalo y le pedía que, aunque fuera sólo por una vez, le dijera mamá y no señora Nancy. Su inflexibilidad la hizo llorar y la mesera se le quedó mirando con expresión de reproche. ¿Qué habrá pensado la empleada de él, de ellos? Todo menos que se trataba de madre e hijo.

El lazo era indisoluble aunque hubieran vivido lejos uno del otro durante 16 años. En todo ese tiempo, alrededor del pobre recuerdo que tenía de su madre, Carlos había inventado otra con rasgos precisos, un tono de voz particular, gestos y actitudes característicos: una persona muy distinta a la señora Nancy.

Al referirse a ella de ese modo, otra vez, Carlos siente que ejerce venganza sobre ella por los ­sufrimientos que le causó pidiéndole insistentemente que la ­llamara, aunque fuese por una sola vez, mamá. ¿Cómo podía hacerlo? Para él Nancy era una desconocida, una persona ­incómoda que acababa de irrumpir en su vida como una visita inoportuna.

Carlos imagina los reproches de la tía Magos cuando le describa esa y otras escenas del primer encuentro con su madre biológica. También será el último. Lo decidió desde el momento en que Nancy le dijo lo feliz que sería si aceptaba mudarse a su casa. No era forzoso que le contestara de inmediato. Decisiones como esas requieren tiempo. Ella, que había esperado tantos años para encontrarlo, estaba dispuesta a aguardar todo lo que fuese necesario para obtener su respuesta. Puso la balanza a su favor describiéndole su casa en los términos de un corredor de bienes raíces: dos pisos, luminosa, habitaciones amplias y un estudio ideal para un joven como él.

Desconcertado por el optimismo de Nancy, Carlos estuvoa punto de preguntarle si de verdad pensaba que todo podía ser tan fácil, tan inocente, como si no mediara entre ellos un vacío de 15 años, pero no lo hizo: temió que por esa grieta en su silencio escaparan confesiones, memorias tristes de la infancia huérfana, dudas horribles y –lo que menos quería– reproches. 

II 

Durante la reunión quien más habló fue Nancy. Quería saberlo todo de él y pensaba lograrlo a partir de un cuestionario sentimental basado en dos preguntas –¿Me extrañaste? ¿Sentías rencor hacia mí?– y en medio, otras que demostraran su interés por el hijo que acababa de recuperar: ¿Imaginaste que algún día íbamos a encontrarnos? ¿Cómo ha sido tu vida en La Casa del Sol? ¿Te han dado instrucción religiosa? ¿Qué es lo que más te gusta hacer? ¿Tienes amigos? ¿A qué piensas dedicarte?

A cambio de respuestas cortas y vagas, ella se sintió obligada a hacerle un resumen algo superficial de su vida: para mitigar su soledad se había consagrado con frenesí al trabajo, su negocio de postres iba bien. Los sábados tomaba clases de historia del arte, los domingos se veía con sus amigas.

Carlos piensa que algo debió notar ella en su mirada porque de pronto le dio un sesgo a su exposición. Insistió varias veces, quizá demasiadas, en que nunca había dejado de adorarlo, de pensar en él ni de guardarle un lugar especial en su vida: incompleta, amarga, triste sin él. De aquí en adelante todo iba a ser distinto. Juntos podían empezar de nuevo, compensarse de sus soledades y angustias. ¿No lo creía también? Carlos no dijo nada.

Abrumada por el silencio de su hijo, Nancy tuvo que hacer lo que había querido evitar: retrocedió en el tiempo y le describió a Carlos la angustia horrible que la había embargado al no encontrarlo en la banca del parque donde él debía esperarla unos minutitos. No tardé más, te lo juro. Por Dios santo, no me mires así: ¡créeme!

La reconstrucción de aquel episodio horrible le cortó el aliento y tuvo que guardar silencio antes de seguir con su relato: en resumen una larga búsqueda por hospitales, delegaciones, hospicios, comercios; recorridos eternos por las calles llamándolo, buscándolo, confundiéndolo con otros niños de tres años. Falsas esperanzas. Noches de insomnio y culpa. Abatimiento, locura, desesperación. Sin ti, no quería seguir viviendo. Si no cometí una barbaridad fue por la esperanza de encontrarte. Y ya ves: se hizo el milagro. Contigo a mi lado me siento la mujer más feliz del mundo. 

III 

Carlos no deseaba seguir escuchando la narración de su madre. Era muy dolorosa para ella y a él lo hacía verse como ausente de su propia historia; además lo llevaba a momentos que se había esforzado por olvidar: su desconcierto inicial, sus temores y pesadillas, la primera sensación de soledad, las dificultades para acostumbrarse a vivir en La Casa del Sol –que fundó y dirige la tía Magos– destinada a niños indefensos, perdidos, solos como él. Al paso del tiempo ha llegado a verlos como hermanos y a la tía Magos como a su madre. Desde el primer momento ella le dio protección, abrigo, compañía, ternura y le puso nombre. ¿Por qué Carlos y no otro? En cuanto la vea se lo preguntará.

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