Fue la marcha en Puebla más plural, más numerosa y la primera en ser atendida por un gobernador
 

La marcha de universitarios de este jueves marca un hito en la historia de Puebla por representar la movilización más numerosa y plural que ha habido en el estado; porque nunca antes, había existido una expresión de ese tamaño para mostrar el hartazgo que hay en la población por la violencia e impunidad que se vive en México; y sobre todo, porque es la primera vez que un gobernador –en este caso el morenista Luis Miguel Barbosa Huerta—sale a recibir a una protesta, a soportar las críticas y dialoga con representantes estudiantiles, en lugar de ser reprimidos.

Lo de ayer fue una lección en dos ámbitos:

Por un lado, los 50 mil, los 80 mil o los 150 mil millennials que ayer marcharon –de acuerdo ha diversos cálculos de concurrencia– lograron lo que no han podido hacer las fuerzas políticas, los medios de comunicación, los organismos empresariales, las iglesias o las propias instituciones educativas, que es cohesionar  un universo tan diverso de estudiantes y visibilizar el alto grado de agravio, de cansancio, de miedo, que desata la violencia criminal, de género y la que provoca la corrupción oficial.

Y por el otro, la administración estatal de la 4T –encabezado por Luis Miguel Barbosa Huerta– logró demostrar una nueva forma de gobernar. Con una gestión del PRI o del PAN, la movilización de ayer se hubiera registrado como un evento de crisis política. En cambio, la actual representación gubernamental ha conseguido dialogar, aceptar pliegos petitorios y entablar puentes de comunicación con los estudiantes, que tradicionalmente siempre han sido reprimidos por el Poder Ejecutivo.

 

Siempre hubo represión o indolencia

Las dos marchas más importantes que habían existido en Puebla –por su impacto y su número de asistentes– anteriores a la de este jueves ocurrieron en octubre de 1964 y en los inicios de 2006. La primera provocó la caída del entonces gobernador Antonio Nava Castillo por abusar de los pequeños productores de leche y de los universitarios. Y la segunda, estuvo a punto de derrocar a Mario Marín Torres el entonces titular del Poder Ejecutivo, por el escándalo del Lydiagate y proteger a sus amigos pederastas.

Mariano Piña Olaya enfrentó fuertes manifestaciones por la detención ilegal del líder de la 28 de Octubre, Rubén Sarabia Sánchez. Algunas las dejó desarrollar y a otras las mandó a reprimir, con su insufrible director de Seguridad Pública, José Ventura Rodríguez Verdín.

Un sexenio después, Manuel Bartlett Díaz sufrió masivas marchas y bloqueos de calles por parte de las secciones 23 y 51 del SNTE, producto del enfrentamiento que el gobernador de esa época tenía con la líder del sindicato magisterial, Elba Esther Gordillo Morales.

El sucesor de Bartlett, el mandatario priista Melquiades Morales Flores le tenía pánico a las protestas en su contra. Por eso frenó el abusivo Proyecto Millenium de la zona de Tepeaca ante las amenazas se movilizaciones de miles de productores agrícolas  agrupados en la Unión de Campesinos Emiliano Zapata Vive, que tenía como líder a Concepción Colotla.

Entre 2011 y 2017 gobernó Rafael Moreno Valle Rosas, quien ha sido el gobernador más autoritario de las últimas décadas. Por eso, una pacífica protesta de vecinos de San Bernardino Chalchihuapan –a mediados de 2014– dejó al mandatario con las manos manchadas de sangre por la muerte del niño José Luis Tehuatlie Tamayo, quien murió por el impacto de un proyectil de gas que lanzó la Policía Estatal.

Es decir, a lo largo del siglo 20 y lo que va del 21, en Puebla las movilizaciones siempre tenían dos características básicas:

Primera: eran reprimidas o ignoradas por el gobernador en turno. Entre los años 60 y 70, particularmente, acababan en enfrentamientos de los manifestantes con la policía o con sicarios que mandaban desde el Poder Ejecutivo. En ese tiempo, se veía como un signo de debilidad para un mandatario que la gente usara su libertad de expresión.

Segunda: las marchas, protestas, plantones, siempre han sido de un segmento de la población con una determinada inclinación política y nunca se registraron movilizaciones heterogéneas. Tan es así, que la mayor parte de las marchas de los años 60 y 70 fueron por el enfrentamiento que había entre la derecha y la izquierda, entre los que fundaron la UAPEP y los que defendieron el modelo de universidad democrática, crítica y popular desde la UAP.

De ahí radica la trascendencia de que ayer –por tercera o cuarta vez desde los trágicos asesinatos del 23 de febrero, en Huejotzingo, de 3 universitarios de Medicina– alumnos de izquierda y de derecha, de universidades privadas y púbicas, de centros de estudios de elite y de modestos planteles, pudieran borrar barreras ideológicas, clasistas o de otra clase de rivalidades.

Y que no hubo el más mínimo asomo de represión o de ignorar la protesta de parte del gobierno de Barbosa.

Son tiempos nuevos los que se viven en Puebla.

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