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Conozco personalmente desde hace casi tres décadas la trayectoria institucional y a buena parte de los dirigentes de la Iglesia “Luz del Mundo, Columna y Apoyo de la Verdad”. Es probablemente la asociación religiosa mexicana que más ha impulsado en las últimas décadas la idea de que es necesario fortalecer al Estado laico y a través de sus organizaciones seglares afines ha constituido un apoyo fundamental para quienes han emprendido esta lucha. Mi amigo Bernardo Barranco, en su libro Las batallas del Estado laico; la reforma a la libertad religiosa, documentó muy bien la participación de estas organizaciones en la búsqueda de aprobación del artículo 40 de la Constitución, que estableció la laicidad de la República, así como su oposición al artículo 24 por no estar de acuerdo con una determinada concepción de libertad religiosa, más bien empujada por la jerarquía católica. Por esa misma razón, me parece absolutamente paradójico que ahora dicha Iglesia se encuentre en el ojo de una tormenta mediática, en la cual diversos comentaristas se han lanzado contra ella para defender la laicidad de las instituciones republicanas. Lo anterior muestra, para mi gusto, varios errores y malentendidos en la comunicación de La Luz del Mundo y organizaciones laicas afines, pero también un grado de irritación generalizada que existe en la opinión pública acerca del tema separación Estado-iglesias en México y lo que buena parte de nuestra sociedad, con una cultura laica arraigada, observa como indebida intromisión de lo religioso en la esfera pública y más particularmente en las instituciones republicanas. Esa es la razón por la que, a pesar de que el concierto operístico llevado a cabo en el Palacio de Bellas Artes no fue organizado por la Iglesia, sino por la Asociación de Empresarios de México, A.C. y de que no constituyó un acto religioso, las reacciones de los medios fueron inmediatas y airadas. Así de irritado está el ambiente en la materia y, por ello, la mencionada Iglesia y sus organizaciones afines tendrían que considerar en el futuro con mucho más cuidado el manejo de las imágenes y mensajes transmitidos en dichas ocasiones, sobre todo aquellos donde se involucren mensajes o liderazgos que se reconocen o interpretan como religiosos. Supongo también que las autoridades civiles, comenzando por el Presidente de la República, deberán tomar nota de la necesidad de ser muy escrupulosos en el manejo de estos temas y sobre todo en el respeto al principio de separación entre Estado e iglesias, así como entre lo público y lo privado. El juarismo no puede ser solo de labios para afuera.

Una vez dicho lo anterior y estando de acuerdo en la necesidad de mantener los espacios públicos oficiales ajenos a ceremonias religiosas, me parece importante no caer en la tentación de querer extirpar cualquier presencia de personajes o elementos religiosos en la sociedad. Los líderes religiosos y los creyentes (de todas las religiones) existen y su presencia no puede ser excluida de los recintos que, por su parte, la República y los republicanos también consideran sagrados.

 

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