Cuando Emilio Álvarez Icaza volvió de su encargo como secretario de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos nos sentamos a conversar. “¿Qué vas a hacer Emilio”?, le pregunté. “Aún no lo sé –me respondió–. Lo que puedo decirte por el momento es que he vuelto para luchar por la dignidad del país”. Meses después me llamó y volvimos a reunirnos. Había meditado, conversado y tenía al fin una respuesta: “Estoy cansado de documentar el horror y no estoy dispuesto a ver el incendio del país desde una butaca. Voy a crear un movimiento y a buscar la Presidencia de la República como candidato independiente. ¿Le entras?”. “Por supuesto”, le respondí.

Mi adhesión no era ni es gratuita. Soy un anarquista cristiano y por lo tanto, sólo camino con aquellos que saben gobernarse y poner esa capacidad de gobierno al servicio de los otros. Emilio y la gente que hemos decidido acompañarlo para fundar el movimiento Ahora, pertenecemos a esa raza y, en consecuencia, nada tenemos que ver con las partidocracias con las que muchos quieren analogarnos. 

Las partidocracias han corrompido al gobierno. Usurpando la democracia, que han reducido al voto clientelar y corrupto, asumen los cargos de representación no para gobernar, sino para acumular poder. Gobierno, para ellas, significa negocios con el dinero del erario, clientela y uso patrimonialista de los ciudadanos y de sus territorios para enriquecimientos personales o acumulación de poder. Así han destruido la vida política y, coludidas con el crimen organizado, han generado un estado de violencia perpetuo que nos obliga a habitar un infierno hecho de terror, nihilismo, despojo y muerte. Partido significa hoy clientela, corrupción, sometimiento y ambiciones personales, y política, parafraseo a Clausewitz, la continuación del crimen por otros medios que se disfrazan de legalidad.

Contra ellos, que hace mucho han dejado de representarnos, Ahora y Emilio Álvarez Icaza buscamos recuperar el gobierno para una refundación nacional. Mediante el diálogo y la escucha, que es el espíritu que alienta a la democracia, se está elaborando un plan de gobierno cuyos ejes, que tienen como centro la vida de las personas –de allí la larga trayectoria de muchos de sus miembros en la defensa de los derechos humanos– son por ahora cuatro: crecimiento económico –en el sentido de cuidado de la casa y no de enriquecimiento– e inclusión; seguridad y justicia; impunidad y combate a la corrupción, así como democracia y nuevas formas de representación.

Se podría decir que esos ejes son también esgrimidos por las partidocracias. Es verdad. La diferencia es que ellas, como lo podemos constatar cada día, utilizan esas verdades de la vida política como una máscara retórica para mentir, encubrir la injusticia y el crimen y adquirir poder. Los que con Ahora decidimos dejar de marchar y protestar para salir a recobrar lo que las partidocracias nos has robado –la democracia–, no tenemos detrás de nosotros actos de corrupción ni de clientelismo ni de mesianismos pragmáticos y unipersonales, semejantes a los de las presidencias imperiales que han corroído el esqueleto moral de la nación. Tampoco le hemos mentido a nadie. Lo que nos mueve es la búsqueda de un mundo verdaderamente político donde, para usar la frase de los zapatistas, quepan muchos mundos y cada uno tengamos nuestro sitio en una vida común y fraterna.

La tarea de Ahora, por lo tanto, no es transformar nada; no es tampoco conquistar el poder, sino con la memoria de lo que un buen gobierno debe ser, evitar que nuestra nación se deshaga por completo. Herederos –parafraseo a esa gran conciencia moral que fue Albert Camus– de una historia corrompida en la que se mezclan los discursos decadentes que encubren el crimen, las técnicas demenciales que, hijas de los grandes intereses económicos, han instrumentalizado a la gente y sus territorios para maximizar capitales, en la que poderes mediocres pueden, en su inmensa corrupción, destruir absolutamente todo, Ahora y la larga resistencia de sus miembros en otras trincheras para democratizar al país y defender la dignidad de la gente, busca –permítanme esta palabra que me enseñó David Barquin– re-existir, es decir, volver, en medio del dolor y el desastre, a la existencia para, como lo hemos hecho a lo largo de estos últimos años, estar al lado de los hombres, mujeres y niños que, al igual que nosotros, hemos sido víctimas de los intereses criminales de las partidocracias y los poderes fácticos. Rechazamos, por lo mismo y como siempre, cualquier propuesta política que se pague con la mentira, la injusticia, la corrupción, el clientelismo, la opresión o el desprecio. Nuestro honor consiste en no calcular nada y en dar todo lo que podemos a nuestros hermanos de aquí y ahora. De esa manera sabemos que rescatamos el futuro. “La verdadera generosidad con el porvenir –escribía Albert Camus– consiste en dar todo al presente”. Sólo desde allí evitaremos que nuestro mundo se deshaga y que la habitación que nuestros ancestros prepararon en él se preserve para los que vienen.

Si algunos creen ver en ello una disputa por el poder que resta votos, lo sentimos por ellos que, sometidos a los mismos criterios de las partidocracias, no ha entendido desde donde Ahora habla y por dónde camina.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales y abrir las fosas de Jojutla.

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