Monday, 20 March 2017 00:00

Jesús Solórzano último eslabón de la histórica saga

Escrito por  Alcalino
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Traspasada por el viento helado de la muerte, la segunda semana de marzo se llevó entre los remolinos de una racha aciaga a Jorge María Barroso, perteneciente a uno de los linajes ganaderos clave para el desarrollo de la fiesta en México durante la segunda mitad del siglo XX. Contaba don Jorge 92 años, y fue copropietario de la vacada de Real de Saltillo cuando dicho hierro se encontraba en la cresta de la ola, entre los años 80 y primeros 90 de la referida centuria.

A deceso tan sentido se uniría en cuestión de horas el del matador retirado Jesús Solórzano Pesado, hijo del Rey del Temple y tan digno heredero suyo que llegaría a ocupar un sitio relevante entre los artistas del toreo más personales que haya dado este país. La noticia de su muerte conmovió al medio taurino la mañana del pasado miércoles 15. Había nacido Jesús en la Ciudad de México el 16 de julio de 1942 y, por tanto, estaba cercano a cumplir 75 años. Por lo que sabemos, llevaba algún tiempo capeando, con buen talante y mejor humor, las dolencias estomacales que finalmente nos lo arrebataron, sin haber doblegado la elegancia natural que lo acompañó siempre.

La dinastía Solórzano. Los Solórzano Dávalos eran originarios de Morelia, donde su familia gozaba de excelente posición cuando estalló la revuelta de 1910: entonces el padre perdió su hacienda y los jóvenes tuvieron que dejar la escuela y ganarse la vida de una u otra manera, amparados quizá en sus buenas relaciones de antaño. De momento, Jesús, el mayor, se colocó como telegrafista, pero ante la falta de mejores perspectivas decidió trasladarse a la Ciudad de México con la esperanza de ampliar su horizonte vital. Estaba destinado a fundar una estirpe de toreros de clase y elegancia superlativas.

Jesús Solórzano Dávalos (1908–1983). Hombre de campo desde la infancia, Chucho se familiarizó pronto con el ambiente taurino de la capital, tanto que no cejó hasta verse anunciado como sobresaliente del Algabeño, matador sevillano que esa tarde de 1926 se presentaba como rejoneador en El Toreo. Para sorpresa de todo mundo –incluido sin duda él mismo– resulta que tenía el toreo en la cabeza, y no tardó en convertirse en novillero puntero, ganador de la Oreja de Plata de 1929, disputada entre otros por Carmelo Pérez, el legendario hermano de Silverio. Esas credenciales le dieron acceso a una alternativa a todo lujo (Toreo, 15.12.29, cuando Félix Rodríguez le cedió a “Cubano” de Piedras Negras); pero, siguiendo los usos de la época, renunció a la misma para presentarse en España como novillero. Pronto se labró un cartel envidiable, con repetidos éxitos en Barcelona, Sevilla y Madrid –donde desorejó a un Miura poderoso y difícil– que lo condujeron al doctorado definitivo, tomado en la Maestranza de Sevilla de manos de Marcial Lalanda con “Niquelado”, de Pallarés (30.09.30). La confirmación madrileña fue en la corrida de Beneficiencia del 06.04.31, preludio de su apoteosis con “Revistero”, de Aleas, al que desorejó por partida doble (04.06.30). Un rápido apogeo que no fue capaz de sostener en posteriores campañas españolas.

 

Pero en México se consagró como una figura fundamental de la Época de Oro a partir de la tarde de su recordado faenón a “Granatillo”, de San Mateo (10.01.32). Y en años subsecuentes iría sumando a ese nombre inmortal los de “Cuatro Letras”, “Redactor”, “Leonés”, “Tortolito” –con el que bordó la quizá mejor tanda de verónicas que haya presenciado El Toreo–, “Brillante”, un punteño de imponente catadura, o los seis pavos de Zotoluca que estoqueó triunfalmente por cornada de Garza, con quien alternaba mano a mano (15.12.40). Ésa de 1940–41 fue su última gran temporada en la capital, aunque aún se dio tiempo para cuajar al nada fácil “Picoso”, de La Laguna, y sentar cátedra con un toreo quieto, cadencioso y profundo al lado de Armilla y Manolete en otra tarde para la historia (16.01.46), antes de despojarse definitivamente del añadido en la Plaza México (10.04.49), siendo “Campasolo” de Matancillas el último toro que estoqueó.

El llamado rey del temple no sólo derramaba arte y distinción al bordar la verónica estatuaria o la chicuelina de manos bajas, también fue un banderillero finísimo y alcanzó sobresaliente conocimiento y dominio sobre los duros astados de la época. Pero entre que los toros le pegaron fuerte (en Puebla, en enero del 35, uno de La Trasquila le partió la femoral) y que, rico ya, tiraron mucho más de su voluntad el polo, deporte en cuya práctica fue estrella internacional, su fastuosa residencia acapulqueña y las faenas de campo y tentadero en que era consumado maestro, se fue marginando de la lucha en los ruedos bastantes años antes de su retirada oficial.

Eduardo Solórzano Dávalos (1912–1995). Sobre el mismo molde estético de Jesús, aunque de personalidad menos acusada, Lalo Solórzano pudo ser un torero sobresaliente de su tiempo si hubiese aplicado de matador la dedicación que tuvo de novillero, tanto en México como en la España inmediatamente anterior al boicot de 1936. Doctorado por Garza en Puebla (16.04.39, con “Poblano” de Heriberto Rodríguez), al sobrevenir la escisión que enturbiaría la siguiente Temporada Grande decidió jugar al lado de su padrino de alternativa y los ganaderos zacatecanos, distanciándose del grupo que encabezaban su hermano Jesús, Armillita y Balderas, con Silverio como as bajo la manga. Y aunque tuvo una de las confirmaciones más triunfales que se recuerdan en la capital, desorejando a los dos de su lote de Torrecilla, “Talismán” y “Sabroso” (30.12.39), sus apariciones posteriores fueron muy esporádicas, y pocos lo recordaban ya cuando anunció su despedida coincidiendo con la presentación de Manolete en México. Esa tarde (09.12.45), muchos se habrán sorprendido con lo desenvuelto y elegante de su estilo, aunque era ya un torero sin el necesario sitio y a la vuelta de todo.

Jesús Solórzano Pesado (1942–2017). Hijo del fundador de la dinastía y heredero legítimo de su clase y despaciosidad toreras, tuvo sin embargo menos fibra y no llegó a colocarse en figura. A cambio, supo dejar, por obra de un arte personal y clásico al mismo tiempo, un puñado de faenas auténticamente antológicas.

Chucho rompió a torear en 1963, y de inmediato reveló limpias hechuras y una técnica impecable –con maestros como su padre y Carlos Arruza no podía ser de otra manera–; sin embargo, su mayor atributo fue, ya desde entonces, el refinado y personalísimo estilo que lo caracterizaría. Torero de inspiración y aromas más que de entrega, sus esporádicas gestas artísticas lo pusieron varias veces a las puertas de la primera fila que, por las razones que fuera, nunca se decidió resueltamente a franquear. Pero ahí han quedado, de su exclusiva firma, faenas tan inolvidables como las que cuajó en la México al novillo “Bellotero”, de Santo Domingo (19.10.64) y a los cuatreños “Pirulí” (28.12.69) y “Fedayín” (13.01.74), ambos de Torrecilla. El trazo de su verónica revestía auténtico señorío, y con las banderillas ideó un par por los adentros bautizado como moreliana, tras un giro en la cara pasando en falso. Muleta en mano era difícil que se confiara, mas cuando lo veía claro alcanzaba cumbres de finura y temple distintas, por su naturalidad y sello, a las de cualquier otro gran artista del toreo. Tal como lo pudieron constatar diversos públicos y cosos de México y España, donde toreó poco pero, de novillero, triunfó muy fuerte.

Tomó la alternativa en Barcelona de manos de Jaime Ostos (25.09.66, con “Rayito”, de Atanasio Fernández, testigos Fermín Murillo y Álvaro Domecq hijo) y en la Plaza México se la confirmó Capetillo, acompañados por Antoñete, con “Zapatero” de Santo Domingo (19.02.67). Como su padre y su tío Eduardo triunfó de novillero en Madrid (18.07.66, al desorejar a uno de Sotillo Gutiérrez), pero cierta dejadez de espíritu y un especial gusto por lo excepcional –y por el polo, herencia paterna– limitaron sus ímpetus profesionales, dejándolo en artista de culto, autor de un selecto puñado de obras maestras.

Del disco duro. Personalmente, guardo en la memoria de mis grandes instantes taurinos la hermosísima tanda de verónicas –todo naturalidad, señorío y temple– con que Jesús saludó al cárdeno “Billetero”, de Mariano Ramírez, la tarde en que se despedía Procuna; un insólito, dibujado par por dentro –previa pasada en falso– con que adornó el morrillo de “Sardinero”, torazo de Tequisquiapan que en la faena de muleta le infligió una cornada penetrante de vientre, pese a lo cual lo estoqueó y le cortó la oreja (18.01.76); una tanda de derechazos rodilla en tierra a “Bellotero”, el utrero de Santo Domingo al que le hizo la mejor faena novilleril que tengo vista en la Plaza México (19.10.64); y los últimos naturales de su histórica faena a “Fedayín”, modelo de torera belleza cuya fresca y versátil creatividad no llegó a comprometer en ningún momento la línea clásica marca Solórzano.

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