Lo inhumano no es una condición animal, no pertenece a nada de lo que a la naturaleza se refiere, ni siquiera pertenece a lo humano –el sufijo “in”, que indica negación, lo revela con claridad. Pertenece, en cambio, a una realidad de orden espiritual: lo demoniaco, que el racionalismo niega y, por lo mismo, permite que continúe operando. “El mayor triunfo del demonio en nuestra época –escribió Baudelaire– es habernos hecho creer que no existe”. Esto no quiere decir que lo demoniaco está fuera de nosotros y que, como en la película El exorcista, llega del exterior para poseernos. Ideas como esas intentan, como muchas de las explicaciones emanadas del racionalismo, exculpar la libertad del ser humano en su propia deshumanización.

En realidad lo demoniaco es una elección de lo humano que se niega a sí mismo. Es su degradación –“no serviré”, es la palabra del demonio, según la mitopoiesis judeocristiana–: “No serviré a lo que soy; lo niego en mí, lo niego en los otros, lo niego en la naturaleza”. Su negación es la búsqueda desesperada del caos, de lo que no tiene rostro, de lo informe, de lo que carece de vida, de lo inhumano. 

Esa realidad, que tendemos a negar con toda suerte de explicaciones, se expresa de muchas maneras. Las más evidentes son las formas brutales en las que el crimen se manifiesta: torturas, decapitaciones, violaciones tumultuarias, esclavitudes sexuales, extorsiones, pornografía y prostitución infantil, etcétera. Lo inhumano es la negación de la humanidad del victimario en la deshumanización de la propia víctima. Pero está también –de ahí las palabras de Baudelaire– en la sociedad que, en sus hábitos que parecen ajenos a lo demoniaco, lo permite y lo consiente.

Dos ejemplos lo muestran. Javier Duarte no es perseguido por la inhumanidad que hizo y permitió durante su gobierno: torturas, asesinatos, distribución de medicamentos alterados que tienen el tufo de la eugenesia, y desapariciones que se expresan en los hallazgos aterradores de las fosas clandestinas donde centenares de cuerpos fueron enterrados como basura. No. Se le persigue por haberse robado mil millones de pesos. Ni a la justicia ni a una gran parte de la sociedad les importa la inhumanidad de su gobierno, que continúa Miguel Ángel Yunes, ni, por lo mismo, la manera en que debemos enfrentarla para disminuirla. Les importa que haya robado; les importa que lo castiguen por eso. Les importa también que en ese juego de mezquinas corrupciones nos diga a quién corrompió con él. De allí que Lucy Díaz, vocera del colectivo Solecito, haya declarado recientemente: “El colectivo exige que el exgobernador sea procesado por desaparición forzada. Si bien es importante que pague los delitos patrimoniales y de peculado, es indispensable que se haga justicia a las decenas de miles de desaparecidos en Veracruz.” (Dossierpolítico 21 de marzo).

El segundo ejemplo es semejante al de Duarte, pero con un agravante: quien ejerce esos grados de inhumanidad, aún es sostenido como mandatario por las redes de complicidad política. Se trata de Graco Ramírez, el gobernador de Morelos. Su gobierno tiene proporcionalmente –Morelos es el segundo estado más pequeño de la República– índices de inhumanidad semejantes a los de Duarte. La expresión más contundente de ello son las recientes fosas clandestinas de Tetelcingo y de Jojutla, creadas por su propio gobierno y que gracias a la presión de las víctimas hemos podido intervenir. En las de Tetelcingo, además de graves crímenes que deben ser investigados –los cuerpos están enterrados allí como basura y muchos de ellos sin necropsia, torturados, asesinados y sin carpetas de investigación o mal compuestas–, se han encontrado ocho cuerpos que estaban siendo buscados por sus familiares. El más reciente es el de los hermanos Reyes, levantados en Chiapas y desaparecidos en dichas fosas por la propia Fiscalía de Morelos. En las de Jojutla, además de los 35 cuerpos que, según la Fiscalía, había allí, se han encontrado no sólo 53 más, sino otra fosa de la que no se sabe cuántos cuerpos más se exhumarán y que parecen pertenecer a administraciones pasadas.

Pese a ello, las partidocracias y la sociedad están más preocupadas por lo que hasta ahora Graco se ha robado y por las cortinas de humo que el propio gobernador ha creado fabricándole delitos de desvío de fondos a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, sin la cual las fosas de Tetelcingo y de Jojutla jamás se habrían abierto, y acusando falsamente al obispo Ramón Castro de intervenir en la vida política, por denunciar la inhumanidad de su gobierno.

Estas formas de la mezquindad social y política son la expresión de que lo inhumano se ha instalado entre nosotros. Deseosa de afirmar que lo demoniaco no existe, una gran parte de la sociedad mexicana se ha comprado la inmensa mentira de que quienes son secuestrados, desaparecidos y asesinados, muchos de los cuales yacen en las fosas del crimen organizado o del Estado, son, como lo creían los nazis de los judíos, piojos, cucarachas, parásitos o, bajo los eufemismos que Calderón, un aprendiz de nazi, ideó: “Criminales que se matan entre ellos; bajas colaterales; gente que andaba en malos pasos” y que merecen lo que les pasó.

Una sociedad así sólo puede definirse bajo un nombre: el infierno, la expresión espiritual de una sociedad penitenciaria.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a los autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.

Este análisis se publicó en la edición 2114 de la revista Proceso del 7 de mayo de 2017

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