El sismo de magnitud 7.1 irrumpió con brutal intensidad en el centro del país. Mis libros, objetos y anaqueles cayeron con brusquedad. Todo se movía con violencia inaudita y los segundos parecían eternos. Por momentos pensé que todo se abatiría, la ciudad quedaría en escombros y yo entre ellos. Vuelven las imágenes de desconcierto, dolor, incredulidad y rostros de pánico de 1985. Pero también la solidaridad, miles de personas buscando sobrevivientes, cooperando para remover piedra por piedra entre los escombros la esperanza de vida. Escenas conmovedoras de triunfo colectivo cuando se rescataba a una víctima que nos confirma que la generosidad ciudadana no fue un accidente en 1985. Pese a que México se ha envilecido, desde entonces, y muchas de sus aristas se han descompuesto, prevalece la magnanimidad del voluntario por apoyar de manera desprendida al desamparado, al que necesita de ayuda de manera urgente y determinante. Ciudad de México, la casa de todos, nuestro albergue, sufre de nuevo un severo trauma causado por la naturaleza. De manera inaudita el sismo de ayer que tuvo un impacto furioso coincide justo el mismo día 19 de septiembre, a 32 años del sismo de 1985. ¿Casualidad?, se preguntan muchos en redes.

Desde hace semanas circulan tanto en las redes sociales y como comentarios en medios interpretaciones de los recientes eventos de la naturaleza en clave catastrofista. Como señales fatales del fin del mundo. Hace unos días, una conocida, Martha, testigo de Jehová, me advertía que acontecimientos insospechados acaecerían en nuestra realidad. Una especie de advenimiento del desastre. Los hechos ahí están: un eclipse en el hemisferio norte, los devastadores huracanes Irma, Katia, José y anteriormente Harvey, que azotó Texas. El terremoto del 7 de septiembre y ahora éste del 19 del mismo mes. Hay ciertos colectivos, aun iglesias, cuyo estado de ánimo colectivo raya en el sentido del fin del mundo. Supuestos expertos en el Nuevo Testamento advierten haber hallado que en el evangelio según San Lucas aparece una tremenda profecía en el capítulo 21, versículos 25 y 26, donde se presenta la siguiente advertencia narrada por el mismo Jesucristo: Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, confundidas a causa del bramido del mar y de las olas; desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra; porque las potencias de los cielos serán conmovidas. Este apocaliptismo moderno nos advierte la intervención de la ira de Dios. Dichas concepciones catastrofistas no son nada novedosas, aparecen y reaparecen de tiempo en tiempo. Sin embargo, muestran sobre todo cómo la sociedad occidental ha construido su ethos sobre las nociones del apocalipsis, del fin del mundo y del fin de la historia. A los signos de la naturaleza habría que añadir las señales actuales de la naturaleza humana. Una potencial guerra nuclear ante el atrevimiento norcoreano, Medio Oriente sigue radicalizándose en el conflicto sirio y el Estado Islámico prosigue con su guerra sicológica de atentados en Europa y norte de África. Vladimir Putin advierte los riesgos de una catástrofe global que contrasta con la voz envalentonada de Donald Trump en la ONU, quien amenaza a Norcorea, Irán y Venezuela.

En el campo cultural hay una fascinación extravagante por el fin civilizatorio; abundan los malos augurios, las profecías catastrofistas y predicciones apocalípticas. En México lo hemos vivido varias veces, con la epidemia del virus A/H1N1 en 2009, las profecías mayas interpretadas por antropólogos rusos sobre el fin del mundo en 2012, entre otras. El origen milenarista nos remonta a las investigaciones del historiador medievalista Georges Duby, quien narra en su libro Año 1000 cómo en Europa el arte y la literatura se impregnaron de lo macabro, así como la multiplicación de las imágenes trágicas de la confrontación con la agonía y danzas de la muerte. El milenarismo primigenio invadió el espíritu medieval, Duby describe la anarquía apocalíptica en que caen las sociedades del siglo X. Las costumbres y los hábitos morales se relajan, incluso se abandona el interés por aprender frente a la inminencia del fin de los tiempos. El contexto del momento presentaba señales evidentes de la catástrofe inminente. Las pestes y epidemias azotaron las más remotas regiones de Europa, la influencia islámica se acrecentaba con fuerza beligerante y militar e invadía con furia Europa, sobre todo en el Mediterráneo; el cristianismo se dividía en dos grandes tradiciones, la romana y la bizantina ortodoxa de oriente; el universo romano no acababa de transformarse. Los terrores y arquetipos del fin de milenio eran congruentes con un mundo dividido y azotado por el caos.

Los sentimientos milenaristas del fin del mundo en Occidente siguen intactos. Se han convertido en una obcecación masoquista, casi patológica. Los comportamientos sociales pueden ser peligrosamente alterados, por ejemplo, la madre de Adam Laza, perpetrador la masacre de Connecticut, era prepper o preparacionista, es decir, se alistaba para sobrevivir el fin del mundo en 2012. En el milenarismo la idea del fin del mundo es un estado de ánimo. Por un deseo profundo por el cambio como signo de insatisfacción y desencanto. Por ello, el neoapocaliptismo es también concebido como el deseo del cambio profundo y radical de lo real. Del aquí y el ahora. La muerte de todo para que resurja la vida plena. Recupero una idea del finado Ignacio Padilla, quien en su libro de 2009, titulado La industria del fin del mundo, dice lo siguiente: “La idea misma de catástrofe sugiere siempre un cambio por mutación. El dolor y el horror que conduzca a dicho cambio resultarán siempre atrayentes y generarán sacudidas y movimientos… en nuestras desencantadas colectividades, nos deleitamos en el vértigo milenarista y lo procuramos porque la voluntad de muerte produce una fuerza activante que nos hace sentir vivos”. La ira de Dios se mueve entre la comercialización del milenarismo, la insatisfacción de lo real y el deseo de cambios profundos. Yo me quedo con la solidaridad de los mexicanos patente en este nuevo siniestro. Espero, como en 1985, que toda esta energía ciudadana contagie las espesuras casi inamovibles de lo político y lo social.

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