Carles Puigdemont es el hombre déjà vu. Lo ves, aunque sea tocando la guitarra, o en shorts, y también está de luto, del pelo a la punta de los pies. Lo ves como si siempre fuera el mismo hombre, hierático, pero contento. Lo ves y ya no quieres volver a verlo porque ya lo has visto. Cuando le susurra a Junqueras y se tapa la boca, por un instante oculta el rasgo principal de su cara, los labios finos y políglotas. La voz es redonda, pero las palabras le salen picudas como las ideas que despreciaba Ganivet. Por su lengua no hablan Espriu u otros poetas de la duda, sino la afirmación patriótica. El maestro Emilio Lledó, que enseñó en Barcelona, nos dice siempre: “Dentro de todo no hay un pequeño , y dentro de todo  hay un pequeño no”. Esa metáfora no habita en el peinado ideológico de Carles Puigdemont.

Este tipo de miradas huidizas es propio de personalidades que esconden más que ofrecen

 

Un déjà vu. Lo ves en ese territorio empequeñecido que es el atril donde un temeroso audaz como él expondrá sin remedio lo que ya sabes de su configuración como persona política: tratará de usarse tan a su favor que resulta grosero y banal como los egocéntricos. Luego utiliza ese instrumento de matar la dignidad del adversario negándole hasta el agua de la historia. Quiere destruir desde la razón absoluta y utiliza bastones como datos, y estos datos no son verdad, o no lo son enteramente. Lo peor de este hombre es que en el camino de la verdad a la mentira no se quedó en la posverdad, sino que reside ya cómodamente en el guiño: ustedes saben que lo que digo no va a ninguna parte, pero a ver si cuela.

 

Por ese camino Carles Puigdemont ha perdido la capacidad de mirar. Delante de él hay vacío, como si se dirigiera, sin orejeras, a un destino que tiene el abismo como final. En su discurso del "sí" y el "no" simultáneos solo miró una vez en concreto a Artur Mas (“que está por aquí”); luego se entretuvo con él, en el entreacto, como si los dos volvieran de una parranda de la que portaron calabazas. Este tipo de miradas huidizas es propio de personalidades que esconden más que ofrecen y revela, muy ladinamente, a alguien que está dispuesto a usar para el amigo la medicina que ya dispuso para destruir al enemigo.

Él tiene un fin y, como si él mismo fuera un tren, está dispuesto a seguir adelante como si la palabra fracaso se escribiera con la V de Victoria. Los suyos ya no lo reconocen: no sabe mirarlos. Les llevó al estrado varias versiones del cuadro de Magritte, Esto no es una pipa. Y les mostró, además, una versión de La cantante calva de Ionesco interpretada por Buster Keaton. Con tantas caras que tuvo, ahora ya puede decirse que lo más seguro que sabe de sí mismo es que se llama Carles Puigdemont y que es el autor de un modelo sin futuro, la Declaración Unilateral de lo Confuso.

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