Anayetzin Damaris Fragoso González salió de su casa en el municipio de Ecatepec, la tarde del viernes 6, para encontrarse con su novio Omar. La estudiante universitaria de 26 años no se comunicó con sus padres esa noche.

El nerviosismo creció entre María del Consuelo y Francisco. No era para menos. En Ecatepec se han cometido la mayoría de los 193 feminicidios de este año en el Estado de México, y esta entidad registra el mayor número de personas desaparecidas. 

En la búsqueda de Anayetzin se activó el informe del Centro de Atención a Personas Extraviadas y Ausentes (CAPEA) de la Ciudad de México.

La noche del domingo 8 el cuerpo de la joven fue hallado en un departamento de la colonia Lindavista, en la Ciudad de México, envuelto en una sábana blanca, dentro del clóset de la habitación, con 16 heridas de navaja. Tenía varias horas de fallecida. Era el departamento de su novio Omar.

La necropsia reveló que la joven tenía dos meses de embarazo. Todas las heridas de su agresor estaban justo en el vientre. Anayetzin y Omar habían tenido pleitos antes. Él la celaba. Testigos relataron a las autoridades episodios de golpes y violencia entre esta joven pareja que tenía poco más de dos años de relación. El joven está prófugo.

El crimen de Anayetzin ha vuelto a conmocionar a una sociedad que transita entre la indiferencia y el dolor frente a estos casos. Los periódicos y noticiarios televisivos mencionaron el feminicidio como una de sus notas principales. En Twitter, el nombre de la joven fue mencionado con insistencia.

Como hace algunas semanas con el caso de Mara Castilla, estudiante universitaria de Puebla, ahora el de Anayetzin es un crudo testimonio de lo que ocurre todos los días con las mujeres, especialmente las más jóvenes, en el país.

Cada 24 horas se registra un feminicidio en México. En entidades como Morelos suman ya 415, en la Ciudad de México 129 y en Chiapas 128. En el estado gobernado por Manuel Velasco ni siquiera se mencionan las historias y los casos en los medios de comunicación. Ahí no se ha roto la conjura del silencio. 

Informes de la Comisión de Alerta de Género en la Cámara de Diputados revelan que estamos ante la peor oleada de violencia contra las mujeres. El feminicidio se incrementó en 68 por ciento en algunas entidades y en otras se disparó hasta 400 por ciento. Ni las alertas de género, ni los protocolos de investigación, ni la alerta ámber han frenado esta pesadilla para las jóvenes, en especial en las entidades del centro del país: Estado de México, Puebla y Morelos.

Una vez más nos encontramos ante el desafío de todo un aparato policiaco y de procuración de justicia renuente a investigar un crimen con perspectiva de género y no reducirlo a un expediente más de “crimen pasional”. Tan sólo en el Estado de México, de 626 homicidios a mujeres ocurridos en 2016, menos de la mitad, 296 (47 por ciento) han sido investigados como feminicidios.

Incluso estamos a mucha distancia de que los feminicidios sean clasificados y considerados como crímenes de odio. ¿Qué significaría esto? Una perspectiva más amplia del contexto de violencia verbal, simbólica y estructural que sirve de cómplice silencioso y alimenta la impunidad de los feminicidas.

En las redes sociales todos los días leemos, vemos, escuchamos mensajes de odio contra las mujeres que tienen el consentimiento de muchos varones, y este clima genera una espiral de agresión que no distingue entre los agresores reales o los virtuales.

Estamos en uno de los periodos más grises, oscuros y profundamente dolorosos de una escalada de agresión y de odio entre géneros que se alimenta justamente de esta incapacidad para investigar y frenar los feminicidios.

Estamos ante el lado más oscuro de nuestra sociedad y del fracaso de muchos años de documentar y denunciar esta historia contemporánea de los feminicidios que inició en Ciudad Juárez, en 1993, cuando ser mujer, joven, migrante, morena, menor a 20 años, se convirtió en una invitación al abrazo de la muerte.

 

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