Cuando yo estaba en la escuela primaria, tenía bastantes compañeros que cuando les preguntaban qué querían ser de grandes, contestaban: presidente de la República (o presidente de México). Era una época, supongo, en la que se nos había imbuido la idea de que podíamos ser cualquier cosa, lo que quisiéramos, aunque en la práctica el sistema tenía caminos muy específicos para llegar a serlo. Por ejemplo, si se quería ser presidente, había que ser un joven jilguero del PRI. Luego la historia y la democracia nos enseñaron que cualquier güey puede ser presidente. Y hemos tenido tantos malos gobernantes que el prestigio del cargo se ha venido deteriorando paulatina y no sé si irremediablemente. Al grado que ahora tenemos 85 candidatos independientes o que pretenden serlo, siempre y cuando junten unos cientos de miles de firmas. Tarea difícil, pero no imposible.

La era de los independientes se inició con el creciente desprestigio de los partidos tradicionales. No es la primera vez en la historia que esto sucede. Por ejemplo, ante la pérdida de velocidad del liberalismo clásico, surgieron populistas que plantearon modelos corporativos, como el fascismo, el nazismo o la falange, alrededor de líderazgos carismáticos. Por razones históricas, estos no duraron mucho. Sin embargo, ahora los vemos de regreso, ante esta nueva crisis de legitimidad de los partidos políticos. En medio del hartazgo y la desesperación, surgen personajes que prometen la salvación del país y arrastran consigo a las masas y a no pocos sectores inconformes entre las clases acomodadas. En México ya tuvimos ese experimento. Se llamó Vicente Fox. Al final, su gobierno fue un rotundo fracaso porque no cambió absolutamente nada en el país.

Ahora tenemos un listado de casi un centenar de personas que quieren ser presidente de la República. Su mejor carta es que —dicen— son independientes y ninguno de ellos manifiesta tener intereses personales. En realidad, no son independientes, sino apartidistas. Fuera de eso, no tienen algo que los haga mejores. No tienen un programa ni político ni económico ni social. Cuentan únicamente con el cansancio de la gente. Esperan repetir el fenómeno de Trump o el de Macron, aunque las circunstancias en México sean muy diferentes. Mientras tanto, es cierto, le están haciendo el caldo gordo al PRI. De allí la desesperación de AMLO: porque él sabe bien que cualquier güey puede llegar a ser presidente.

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