La primera vez que escuché hablar de Ben Fountain fue leyendo el famoso artículo que le dedicó Malcolm Gladwell en el New Yorker del 20 de octubre de 2008, donde detallaba la fascinante trayectoria que lo había conducido a publicar su muy exitoso libro de cuentos Brief Encounters with Che Guevara, luego de 18 años de haber renunciado a su trabajo como abogado para consagrarse a su objetivo de convertirse en escritor. Lo siguiente que supe de él fue cuando en noviembre de 2017, en un panel en el que yo participaba en la Feria del Libro de Texas, en Austin, un hombre de edad mediana y modos suaves nos preguntó a los panelistas qué consejo político podríamos dar a los estadunidenses, a la luz del ascenso de Donald Trump (las elecciones estaban a pocos días). Posteriormente, el mismo hombre se acercó a que yo le firmara un libro (tras aclarar que ya lo tenía, pues estaba suscrito a Deep Vellum, la editorial que lo publicó en inglés, pero que lo había comprado de nuevo para tenerlo firmado), y se presentó como Ben Fountain, momento en el cual casi se me caen los calzones de la impresión.

Conmovido por su amable gesto, compré de inmediato tanto su libro de cuentos como su premiada novela, El eterno intermedio de Billy Lynn (publicada en español por Contra Ediciones), mismos que leí con fascinación por la imposible combinación de inteligencia, humor, profundidad, y una prosa tan elegante como poco pretenciosa. Al poco tiempo fui invitado de nuevo a Dallas y le solicité una entrevista, que me concedió —nuevamente con gran amabilidad— en su hogar. Tras nuestra charla, y después de prepararme un almuerzo en una bolsa para el trayecto en el autobús que yo debía tomar rumbo a San Antonio, como mi taxi jamás llegó a pesar de interminables llamadas, Ben me condujo a la estación, situada en el otro costado de la ciudad, e hicimos más de una hora a causa de un tráfico infernal. Pese a que le pedí disculpas avergonzado a lo largo del trayecto, jamás perdió la calma y, dado que perdí el autobús, todavía al final me ofreció que si no conseguía tomar otro, podía volver a hospedarme en su casa. 

La siguiente es la conversación sostenida con uno de los mejores escritores y seres humanos con los que me haya topado en tiempos recientes.

Eduardo Rabasa: ¿Podrías compartir con los lectores mexicanos cómo fue que te hiciste escritor?

Ben Fountain: Creo que adquirí el deseo de ser escritor a los 16 o 17 años, después de leer a Hemingway. Fui a la universidad y estudié literatura, tomé un par de cursos de escritura creativa, y me convencí de que tenía lo necesario, quizá no en términos de talento, pero sí de facilidad, así que me enfoqué en el costado académico de la literatura. Pero la idea de graduarme de la universidad y convertirme en escritor me resultaba muy intimidante, así que me metí a estudiar derecho.

ER: ¿Dónde fuiste a la universidad?

BF: Fui a la Universidad de North Carolina, que es donde yo crecí, y después estudié derecho en la Universidad de Duke. Creo que mi esperanza era que me gustaría mucho ser abogado y me olvidaría de la escritura, que tendría una carrera segura y lucrativa, que sería respetable y ganaría buen dinero, y así me olvidaría de la escritura. Porque escribir me asustaba. Pero tras cinco años como abogado me di cuenta de que nunca estaría en paz si no hacía un esfuerzo serio de escribir narrativa. Creo que era un impulso muy poderoso en mi interior. Así que se lo comenté a mi esposa, a quien había conocido estudiando derecho y a quien le advertí en nuestra primera cita que quería ser escritor, y no abogado, así que fue advertida (risas) y me apoyó durante todos esos años en los que parecía que yo no iba a ninguna parte.

ER: Así que cuando finalmente renuncias a tu trabajo y te sientas a escribir, ¿cómo comenzaste?, ¿tenías alguna idea?

BF: Tenía una idea para un cuento y sabía cuál era la primera escena. O, más bien, tan sólo el principio de la primera escena. Así que ese día me senté a escribir y más o menos salió bien la cosa. Y después el segundo día me senté y me di cuenta de que no sabía qué debía suceder ahora, y ahí fue cuando me invadió el pánico.

ER: Dijiste, ¿qué hice?

BF: Exacto, ¿qué hice? ¿En qué me metí?

ER: ¿Y cuánto tiempo después empezaste a ir a Haití?

BF: Comencé a escribir en 1988, y la primera vez que fui a Haití fue en 1991. Jamás había salido de Estados Unidos. No conozco a nadie en Haití. Fui yo solo, simplemente me apersoné un día. Tenía la idea de escribir una novela ambientada ahí, así que decidí que tenía que ir. En todo caso, siempre me había interesado ese lugar. Me parece que es un paradigma para la política, el poder, la cuestión racial, la historia, pues todas estas cosas alcanzan un punto de ebullición de forma bastante directa. Pensé que si quería ser un tipo determinado de escritor, alguien que intenta comprender por qué las cosas son como son, Haití era un buen sitio para ir.

ER: ¿Y cuánto tiempo después apareció el libro?

BF: 18 años. Firmé el contrato tras 17 años de escritura, durante los cuales no hubo libro ni contrato, hasta que en 2005 firmé y en 2006 se publicó Brief Encounters with Che Guevara.

ER: ¿Cómo fue el proceso de escritura de esos 17 años?

BF: Escribí dos novelas y media en ese periodo. Novelas fallidas. Escribí muchos cuentos. Algunos se publicaron en revistas. Puedo decir que no escribí nada que me convenciera hasta que llevaba 10 años escribiendo. Publicaba algunos cuentos, pero después los releía y los detestaba. Y fue como a los 10 años que comencé a escribir los cuentos que finalmente aparecieron en Brief Encounters.

ER: ¿Estás seguro de que las novelas son fallidas?

BF: La primera, ambientada en Haití, sí, aunque aprendí mucho escribiéndola. Era la escritura mala que tenía que llevar a cabo para llegar al punto en el que quizá algún día escribiera algo que valiera la pena. No tenía nadie que me ayudara, que leyera mi trabajo. Cometía muchos errores, pues como soy muy obstinado, cuando emprendo un camino me sigo por ahí, hasta que me topo con un muro. Y en cierto sentido es algo bueno, porque para ser escritor hace falta resistencia y perseverancia, pero también puede ser malo, porque puedes pasarte años intentando que funcione algo que en retrospectiva es posible ver que no iba a funcionar. No sé si malgasté muchos años, porque nunca dejé de trabajar, y quizá tenía que pasar por ahí, pero tomé muchos senderos equivocados.

ER: ¿Por qué le pusiste ese título al libro de cuentos (que en español sería Encuentros casuales con el Che Guevara)?

BF: La razón por la que comencé a ir a Haití fue para intentar relacionarme de manera significativa con otra realidad. Existe la realidad estadunidense burguesa, de clase media, y para un hombre blanco de clase media, como yo, esa es la realidad predominante en Estados Unidos. Me esforcé en la universidad y como abogado. No es fácil, nadie te regala nada, pero aun así hay ventajas y privilegios. Pero existe otra realidad en el mundo, donde tres mil millones de personas sobreviven con un dólar al día, y es como si fuera un planeta distinto, un mundo distinto, y no podía sentirme satisfecho si no iba a tratar de conocer ese mundo, ojalá que en una forma significativa y genuina. Así que el título es una forma de condensar que intentaba relacionarme con esta otra realidad. Es decir, como el Che, que tuvo una educación burguesa de clase media, en Buenos Aires, y pudo haber tenido una existencia muy cómoda, pero decidió involucrarse con otra realidad, la de los pobres y oprimidos. No me estoy comparando con el Che, pero simplemente me pareció que el título resumía el sentido de estos cuentos: estadunidenses enfrentándose con una realidad distinta.

ER: Quisiera preguntarte sobre el cuento “Buki y la cocaína”, porque creo que el protagonista enfrenta un dilema moral, en el sentido de que trata de hacer lo correcto, y eso lo mete en más problemas con la policía, y este es un dilema moral que la gente enfrenta a menudo en México, incluso en términos del tráfico de drogas, en el que mucha gente se involucra porque no le queda más opción que eso o morir de hambre.

BF: Es una situación terrible para un ser humano, cuando el sistema es tal que si tratas de actuar de manera honesta y moral, es posible que mueras de hambre, y tu familia también. Así que la situación es: o sigo mi conciencia moral y me muero de hambre, y soy un oprimido, o trato de obtener algo de este sistema corrupto, en donde todo el mundo hace lo mismo. En una situación así el culpable es el sistema, la gente que detenta el poder que ha creado ese sistema. Ellos son los culpables. Y la gente común hace lo que necesita para sobrevivir. Me gustaría pensar que dentro de estos sistemas terribles podemos hallar algún espacio para conducirnos con cierta integridad moral, y es lo que Zito procura hacer en el cuento, trata de hacer lo correcto, incluso si lo correcto es ilegal. Creo que es una situación muy humana, y que en lugares como México o Haití los riesgos son mucho mayores que en un lugar como Estados Unidos.

ER: Tras el libro de cuentos y la experiencia con lo que te parecen novelas fallidas, ¿por qué decidiste intentarlo de nuevo, y qué te llevó a elegir el tema de la guerra de Irak en específico?

BF: Bueno, después del éxito del libro de cuentos se suponía que debía publicar la más reciente novela fallida. Como seis semanas después del artículo del New Yorker, en donde Malcolm Gladwell me llamó “genio”, me habló mi editora y me dijo: “Tu novela no es suficientemente buena, no la vamos a publicar”.

ER: ¿La habías escrito después de los cuentos?

BF: La había comenzado muchos años antes y trabajado con intermitencia. Sabía que tenía algunos problemas, pero también que tenía cosas buenas y pensé: “Bueno, la termino, la publico, y la siguiente será mejor”. Pero mi editora pensó que podía hacer algo mucho mejor, así que tras haber sido llamado “genio” en el New Yorker, fue como si el universo me dijera: “Bájate de tu nube”. En un sentido me dio risa. Era terrible, devastador, pero también gracioso. Por las noches pensaba en lo extraño de todo esto, justo cuando uno piensa que ya la hizo, vuelve a caer.

ER: ¿Y tu editora estaba segura de que no había remedio?

BF: Ya habíamos pasado por varias rondas de correcciones, y es una mujer muy inteligente que velaba por mis intereses, así que finalmente concluyó que yo podía escribir algo mejor. Había tenido la idea para Billy Lynn desde 2004, el germen de la idea, la semilla. Desde entonces estuve leyendo sobre la guerra de Irak, tomando notas, pensando que quizá algún día intentaría escribir esa historia, pensando que sería un cuento. Pero como quería escribir una novela, me di cuenta de que eso es lo que debía hacer. Hacia 2009 la gente se había cansado de la guerra, y los editores pensaban que la gente ya no quería leer al respecto, pero pensé: “No me importa, este es el libro que yo quiero escribir”, así que me puse a hacerlo.

ER: ¿No tenías miedo, tras la experiencia anterior?

BF: Por supuesto. Aunque para ese momento había tenido tantos fracasos en mi carrera que sabía que podría sobreponerme a uno más. Al libro publicado le había ido bien y estaba contento con eso, así que pensé que seguiría escribiendo lo que me diera la gana, y si no volvía a publicar otro libro, mala tarde.

ER: Quisiera preguntarte sobre el entorno de la novela, que básicamente es el estadio de los Vaqueros de Dallas, así como la mente de Billy. ¿Crees que es una novela en la tradición del microcosmos, pues aunque ocurre casi toda en el estadio, en un sentido se encuentran representados muchos aspectos cruciales de la sociedad estadunidense?

BF: Cuando tienes la idea central para escribir una historia casi de inmediato te das cuenta del potencial que pueda o no tener. Así que cuando tuve la idea de situar a estos soldados en el espectáculo de medio tiempo de un partido de futbol americano me pareció que había un gran potencial, que si lo manejaba correctamente podía desarrollarse. Pero al momento de comenzar a escribir me di cuenta de que no puedo escribir de manera consciente sobre grandes temas, sobre grandes asuntos o mensajes, pues mataría el libro. Lo mejor que podía hacer era escribirlo correctamente, frase a frase, escena por escena, para intentar comprender la experiencia de Billy de manera adecuada. Si lo conseguía, lo demás vendría de manera natural, pero necesitaba meterme en la piel de Billy y vivir lo que él vive en ese día, y con eso llegaría todo lo demás.

ER: Alguna vez Etgar Keret dijo que la sociedad israelí es esquizofrénica, porque en el servicio militar los preparan para ser unas máquinas de combate, y después esperan que se reintegren a la sociedad y sean ciudadanos normales. Lo pensé en relación a Billy, pues es un chico de 19 años que piensa en sexo, en emborracharse sin que lo sorprenda el sargento, pero también ha experimentado la guerra y sus horrores.

BF: Billy trata de entender quién es él, y por qué las cosas son como son. ¿Por qué terminé en la guerra? ¿Qué sucede con un país que manda a sus jóvenes a más de 10 mil kilómetros de distancia a combatir en un país en el que nadie los desea ahí? ¿Por qué sucede esto? ¿Y puede ser que pierda la vida por estas mamadas? Porque se da cuenta de que son mamadas. Billy tiene 19 años y es un caliente, sí, pero no es lo único que lo define. Claro que le encantaría acostarse con Beyoncé, pero también quisiera ser amado, busca algún tipo de sentido para su vida.

ER: Me pareció que en tu novela se refleja un tratamiento dual a los soldados, donde por instantes son vitoreados y felicitados por su heroísmo, pero al siguiente son ninguneados y dejados de lado, casi con desprecio, y en ambos casos es como si no fueran personas reales.

BF: Sí. Así como Keret dice que la israelí es una sociedad esquizofrénica, la estadunidense es una sociedad totalmente esquizofrénica. Ocurre que los soldados son como adornos, como parte de una escenografía para un espectáculo, como si fueran palmeras o vasijas o una silla, así que se les trae al escenario cuando se les necesita, ya sea para conseguir apoyo para la guerra o para ayudarte a vender algún producto. En Estados Unidos la mejor forma de enviar el mensaje de que uno es buena persona y dueño de una buena compañía que fabrica buenos productos consiste en decir, “Yo apoyo a nuestras tropas”. Así que los soldados son utilizados para combatir y después, cuando regresan a casa, son utilizados como parte de un proyecto político, y también para vender la marca de los Vaqueros de Dallas, para vender la idea de que Estados Unidos es un país de excepción, justiciero, y cuando termina el espectáculo ya no son necesarios, así que la escenografía es desmontada.

Los soldados lo saben. Hay un momento al comienzo del libro en el que Mango y Billy están comiendo pizza, en un pasillo, y saben que todo depende del contexto. Si tan sólo están ahí, dos soldados comiendo pizza, nadie les presta atención. Pero si son presentados como miembros de la compañía Bravo, como héroes americanos, entonces todo el mundo los adora y les piden autógrafos. Es un patriotismo bastante falso, es un patriotismo de conveniencia, pues el verdadero patriotismo implica amor a la patria y, al menos en mi experiencia, el amor supone mucho dolor y sacrificio, como en una relación o en un matrimonio. Así que una verdadera expresión de patriotismo implicaría sacrificio, dar, dolor, y no tan sólo ondear una bandera y decir que uno ama a Estados Unidos, para después quejarse de que hay que pagar impuestos.

ER: Me intrigó la elección de la prosa, pues me parece que tiene varias capas. Por un lado es una prosa muy minuciosa y elegante, pero al mismo tiempo eres capaz de aterrizarla, por decirlo de alguna manera, en términos del habla coloquial, y no eres preciosista al respecto, pues parece que te importa más retratar cómo se expresaría un soldado.

BF: Quería averiguar cuánto peso podía soportar el idioma inglés. Es decir, qué tan alto se puede subir y qué tanto se puede descender, pues algo así sucede en el mundo en el que vivimos, todo nos llega de golpe, lo elevado y lo bajo, y me pareció que en un día como ese la compañía Bravo experimentaría ambos extremos: están en el palco del dueño y todo el mundo los adula y reciben muy buena comida y licor, pero al día siguiente deben regresar al mierdero de la guerra, así que es una experiencia bastante intensa, y por eso quise que el lenguaje fuera intenso, como una fuerza devastadora e incesante.

Hubo un aspecto que me costó trabajo, y es el siguiente: el libro se cuenta desde el punto de vista de Billy, que tiene 19 años, que no tiene gran educación, no fue a la universidad, pero no quería limitarme al vocabulario de un soldado de 19 años. Me pareció que como autor tenía el derecho, al escribir en tercera persona, y aunque experimentamos todo esto a través de la mirada de Billy me pareció que como narrador podía utilizar el lenguaje que me pareciera mejor captaba su experiencia. Así que existen ciertos aspectos que probablemente Billy no pensaría de manera consciente, pero para mí lo importante era lo sustancial de su experiencia. Si uno pudiera sentarse con él a lo largo de seis horas para una conversación intensa, donde él describiera de maneras cada vez más profundas lo que le sucede, quizá se podría llegar a algo así, de modo que me pareció que yo podía utilizar el lenguaje que reflejara su experiencia interior.

Pero cuando habla es un chico de 19 años.

 

Eduardo Rabasa
Editor y escritor. Ha publicado Cinta negra y La suma de los ceros.

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