La carrera electoral lleva ya varias semanas, quizá algunos meses, con intenso frenesí. Abundan en medios disputas y acomodos de precandidatos y partidos. Es todo un espectáculo de estiras y aflojas, de ataques y defensas, pero también, poco debate. La circulación de ideas, proyectos en ciernes o búsquedas de horizontes por descubrir son materia escasa. Tal supuesto de ausencias, lanzado aquí como avanzada, no implica que no los haya. Simplemente se afirma que no son, todavía,los meollos de la actualidad. Pero por ahí se preparan y no tardarán, se espera, en hacer acto de presencia. Ojalá, cuando aparezcan, sean lo suficientemente atractivos y predominen en la disputa por el poder de la República y no se agoten en búsquedas de simpatías o en señuelos para votantes incautos.

Los medios de comunicación, por estos días previos a la disputa oficial, están saturados de señales, pujas y fintas que no aclaran ni delimitan escenarios o afianzan perfiles. Son, en su mayoría, artilugios que confunden a sus diversos auditorios. El pueblo raso va quedando, quizá por fortuna, lejos de esta trifulca que bien puede tacharse de cupular. Dicho lo anterior hay que añadir que no se puede tampoco ser indiferente a tan confusa proliferación informativa. Es necesario tratar de enderezar algunos hechos falseados a propósito o simplemente lanzados como anzuelos repetitivos con pretensiones de realidad. Decir, por ejemplo que López Obrador es mesiánico, una réplica de Maduro o Chávez que desprecia instituciones; que Ricardo Anaya es un ambicioso, enriquecido y precoz aprendiz de brujo; o que Ricardo Monreal fue atrapado por las míticas redes de la continuidad, no ayuda a esclarecer el fenómeno político en turno. Se dice que, el Frente Ciudadano por México no es ni frente y menos ciudadano. Esa clase de categorización sólo circunda, no penetra, en esa intentona de rebasar la simple alianza electoral. Es necesario superar tales consignas y dar el tiempo y espacio requerido para que el proceso electivo en puerta sea de indudable importancia y complejidad.

El PRI es un receptáculo de corrupción; Morena se ha convertido en recogedor de desechos; el PRD es ya un trasto vacío; el PAN asimiló toda la negativa cultura priísta; las instituciones se han pervertido; los organismos autónomos han sido capturados por la partidocracia. Este otro tipo de afirmaciones tajantes, aunque con bases ciertas, se han convertido, por sobreuso, en lugares comunes. Se debe aceptar, sin embargo, que no son engañifas para pepenar incautos o que no erosionan la indispensable credibilidad institucional. Pero ahí están y circulan hasta con grandilocuencia por los diversos canales informativos y son celebrados durante tan propicia ocasión. Atribuirle al PRI, por ejemplo, los casi cotidianos y masivos actos de corrupción no puede escatimarse, pues coincide con buena parte de realidad. Son delitos que el priísmo ha procreado con alevoso cinismo y no se le disputa la propiedad y hasta acaparamiento. Mismo referente de acusación habría que hacer en caso de la avasallante impunidad: esa red protectora de camadas enteras de hombres y mujeres públicos. Situación que ya hace intolerable, para mayoría creciente, la convivencia en paz. El costo para el PRI será resentido por sus candidatos con fuertes e indudables rechazos de amplísimas capas de votantes. La misma búsqueda de una figura que pueda auxiliar al priísmo para evadir la responsabilidad acumulada al respecto, es tarea harto difícil. La impunidad ha labrado gran mueca en su viejo rostro. Lo interesante de la designación de su abanderado para la presidencia no alivia, en nada, la irregularidad democrática del método a emplear: el espectacular dedazo El presidente Peña es de forma indiscutible el centro de un juego perverso de presiones y jugarretas de variada clase. Se asegura que deberá hacer coincidir varias vertientes de opinión e intereses para hacer la selección final. Una, inamovible, que atienda a sus pulsiones de seguridad personal. Otra que el sujeto escogido continúe su modelo de gobierno. Hay una tercera condicionante y tiene que ver con la cerrada competencia que se avecina y donde la incertidumbre campea. Habría que añadir, entonces, que el modelo en boga no es peñista ni siquiera priísta, es el hegemónico mundial. En éste se insertan, con fieras garras, las élites del poder financiero, comunicacional y político del país pero, todavía con mayor agarre, las atrincheradas en las metrópolis actuales. Atinarle al perfil, dentro de esas reducidas posibilidades, será casi un milagro.

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