Se cumplen cien años de la muerte de Émile Durkheim y 120 de la publicación de El suicidio, el libro que le mereciera el mote de “padre de la sociología” y el primer estudio sobre el fenómeno que no atribuye sus causas al enajenamiento individual. El siguiente ejercicio recoge las observaciones de Durkheim que hacen eco en lo que hoy sabemos sobre el suicidio.

“La sociedad puede generalizar sin sofismas, expresar su estado de salud y enfermedad” 
—Emile Durkheim

Hace 120 años, Émile Durkheim publicó el que sería el primer libro de análisis sociológico sobre el suicidio. Su interés por el tema probablemente venía de la incomprensión de la muerte autoinflingida, en 1886, de uno de sus amigos más cercanos en la École Normale Supérieure, Victor Hommay, con quien recordaba haber construido una amistad íntima, de días enteros compartidos. Pero el suicidio también tenía para Durkheim un atractivo metodológico: se trataba de un objeto de estudio “preciso y delimitado”, ideal para la óptica sociológica que defendía. Bajo ese principio, durante siete años se dedicó a construir una investigación para descubrir las causas de la muerte por suicidio en Europa, una tarea que se asomaba poco probable.

A un siglo de la muerte del sociólogo, las razones que informan al suicidio siguen siendo en buena medida un misterio. Los organismos internacionales de salud reconocen que el mejor indicador de que se está en riesgo suicida es haber intentado quitarse la vida antes, una asociación clara pero que explica poco. Por otro lado, la relación que existe entre el suicidio y los “padecimientos de salud mental” —probablemente la explicación más recurrente— es tan poco discernible hoy como lo era en tiempos de Durkheim. Estas cuestiones siguen haciendo a El suicidio del sociólogo francés una obra increíblemente lúcida, a más de cien años de su publicación. De hecho, una lectura curiosa y juguetona de este libro (obviamente insostenible en términos metodológicos) todavía encuentra paralelismos entre las conclusiones a las que llegó Durkheim en su momento y lo que arrojan los datos actuales —más sistematizados, aunque aún problemáticos— sobre el fenómeno suicida.

La noción de quitarse la propia vida ha sido motivo de preocupación ontológica, moral, religiosa y psicológica a lo largo de la historia del pensamiento occidental y hasta nuestros días. Durkheim fue quien dio el primer paso a pensar que éste no era un hecho puramente personal, en el que el individuo decidía acabar sin más con su existencia por razones que sólo él podía conocer. Los datos de los suicidios en distintas poblaciones y lugares en Europa que revisó mostraban patrones de manifestación y aumento particulares (en Francia, por ejemplo, identifica un aumento del 50% en la tasa de suicidios en menos de treinta años y en Sajonia uno del 100%). Para él, la sociología, preocupada por aquello que regula la unión de los hombres en comunidad, era la mejor opción para afrontar el fenómeno y dar con sus causas.

Con ayuda de su sobrino Marcel Mauss, otro personaje fundamental en la historia de la disciplina, Durkheim le dedicó años a la recolección de datos para escribir El suicidio. En la obra cita cifras antes publicadas por Adolph Wagner, Henry Morselli, Louis-Adolphe Bertillon, entre otros, que en conjunto se ocupan de aproximadamente treinta años de tendencias suicidas en distintas localidades de Europa. Empieza por contrastarlas con las hipótesis generalizadas en su época y así las desmiente una a una. Niega que el suicidio sea producto de estados psicopatológicos y descarta la explicación que le atribuye a la raza la variación en las tasas del mismo. Sobre lo que llama las “causas cósmicas”, el clima y las estaciones, revisa las cifras en distintos lugares del continente europeo y concluye que la mayoría de los suicidios se cometen en buen tiempo, y “no hay un país que sea la excepción a esta regla”. Por otro lado, el autor reconoce que esta hipótesis recaería en que el suicidio es un acto violento, producto de la energía acumulada en los meses calurosos, cuando también existe el suicidio melancólico: “no es posible que el calor sea causa de ambos”. Esta es una muestra perfecta de la forma de argumentar de Durkheim, que permite sus explicaciones sociales y que, dicho sea de pasó, fue lo que le garantizó múltiples críticas conforme avanzaba el uso de la estadística en el tiempo.

A partir de revisar cómo se relacionan las tasas de suicidio con el estado de “los medios sociales”  (“la religión, la familia, la sociedad y los grupos profesionales”), es que Durkheim introduce la idea de la muerte autoinflingida como el síntoma de una sociedad enferma.

“Toda ruptura de equilibrio lleva al suicidio”. En este sentido, distintos tipos de “desregulación” social causarían distintos tipos de suicidio. En su clasificación etiológica Durkheim describe cuatro causas de suicidio. Primero, el egoísta, resultado de haber perdido la razón de vivir porque los vínculos sociales no son lo suficientemente fuertes para que el hombre salga de su individualismo (es aquí en donde compara las bajas tasas de suicidio entre católicos con aquellas de los protestantes). Segunda, el suicidio altruista, en el que el hombre ve “la razón de vivir fuera de la vida misma” (mucho más recurrente en los “pueblos primitivos” como son la India y Japón en los que la vigilancia colectiva se lleva a cabo en todo momento). Tercera, el suicidio anómico que surge porque la actividad social se desorganiza ya sea en lo político o en lo económico —para bien o para mal—, de tal manera que es incapaz de contener a las pasiones individuales (esta forma de suicidio lleva a que existan diferencias en las tasas según profesión). Finalmente estaría el suicidio heroico, al que no le dedica mucho tiempo, y es aquél que se comete por motivos religiosos, como “que un habitante de las islas Canarias se precipite a una mina para honrar a su dios”. Más allá de esta esquemática clasificación, Durkheim reconoce que las causas suelen combinarse entre sí y que rara vez aparecen en forma pura.

Conforme describe cada una de las manifestaciones del suicidio, va explicando aquello que se puede extraer de los cientos de tablas y mapas que incluye en sus páginas. ¿Qué nos resuena hoy de sus hallazgos? Lo primero, sin duda, es que seguimos observando las mismas variables en espera de encontrar la respuesta detrás de estas muertes prematuras. Lo segundo es que no hemos llegado a conclusiones que nos den ni la mínima sensación de certeza que le dio Durkheim su propio análisis.

¿Quién se suicida? ¿Los “enfermos mentales”?

Las cifras de ayer y hoy indican que el suicidio afecta en primer lugar a los hombres, entre quienes es mucho más común morir a mano propia que en las mujeres. Para Durkheim este es, de hecho, el argumento que le permite rechazar la fácil asociación que se hace entre el suicidio y las cuestiones psicopatológicas. Si bien la locura puede llevar al suicidio, ésta no sería su causa, pues mientras que son muchas más las mujeres “locas” o “enajenadas”, la mayoría de los suicidios sería de hombres: "Por una mujer que se mata, se mueren en promedio cuatro hombres", explica Durkheim.

En la actualidad, y según se mide la prevalencia de los diagnósticos psiquiátricos en relación al género, se sigue asumiendo que la “enfermedad mental” afecta en su mayor parte a las mujeres, sobre todo en los países de ingreso alto. A su vez, es en estos países en los que los hombre se suicidan hasta tres veces más que las mujeres (aquí algunos datos). Por otro lado, mientras que se asume que el comportamiento suicida es en efecto muestra de tristeza y desesperación, la Organización Mundial de la Salud  considera un “mito” la relación directa e invariable que se asume que existe entre la “enfermedad mental” y la realización suicida.

Las edades del suicidio… y el estado civil

Uno de los aspectos más impresionantes en las cifras del suicidio en la actualidad es que es la segunda causa de muerte en quienes tienen entre 15 y  29 años en el mundo. Es la juventud la que está acabando con su vida, cuando en general habían sido los adultos mayores los más proclives a ello. En México la tendencia se revirtió apenas en 2011 tal como muestran los datos recabados en este texto.

En la segunda mitad del siglo XIX, cuando Durkheim observaba los suicidios de España a Prusia, la mayoría de éstos correspondían al grupo de adultos de más de sesenta años para quienes “la fuerza colectiva que impele al hombre a matarse había calado en [ellos] poco a poco”, aunque observa variaciones según estado civil y género. A partir de lo que dedujo de las cifras del Ducado de Oldemburgo, el único en registrar el estado civil de los fallecidos por suicidio en el periodo estudiado, los “matrimonios precoces son un riesgo nocivo". Por su parte, los viudos se mataban más que los casados, pero menos que los solteros, y “el porcentaje de suicidios que aportan las mujeres es mayor entre la población casada que la soltera”, dada “la acción funesta que ejerce el matrimonio sobre la constitución moral de la esposa”.

Tendrá razón el lector al que le parezcan poco científicas estas conclusiones. En efecto, ponen de manifiesto lo que Halbwachs le reclamó a Durkheim en su obra Las causas del suicidio publicada en 1930: no se sabe si lo convincente son las cifras o el argumento dialéctico. Aunque Durkheim reconoce que el matrimonio es distinto en cada sociedad, y que la familia varía según se consideren sus elementos, lo cierto es que en este tema sus conclusiones son poco discernibles. Considera fundamentales hechos tales como: “si el viudo [en cuestión] sufre más, también está mejor preparado para aguantar el sufrimiento dadas las saludables influencias que ha recibido [de la esposa perdida]”.

Sin embargo, la insistencia en encontrar el efecto de la vida conyugal, o su ausencia, en la predisposición suicida se mantiene en investigaciones actuales; por ejemplo, ésta que busca la relación entre estado civil y el suicidio de veteranos de guerra estadunidenses.

El contagio

A propósito de la muerte por suicidio entre combatientes de guerra o ex combatientes —que de hecho hoy sigue siendo común— Durkheim dice que hay algo en los regimientos y prisiones que parece tender a este tipo de muerte. En el caso de los soldados, lo explica como una “predisposición general a estimar la vida en poco”, que los llevaría a matarse por “los motivos más fútiles […] incluso, sencillamente, porque otros se han suicidado ante su vista o su conocimiento”. Pensando en esto, el sociólogo se pregunta por otra de las permanencias en la reflexión sobre el suicidio: la idea de su contagio.

Durkheim recuerda una anécdota de 1772 en la que "quince inválidos" se ahorcaron en la misma percha, y también una garita en Boulogne en la que, a partir del suicidio de un soldado, le siguieron muchos más. En ambos casos, los suicidios se detuvieron una vez que el sitio específico, la percha y la garita, fueron removidos. Explica que, si bien la gente no se suicida únicamente por contagio sino que las causas sociales subyacentes serían mucho más poderosas, sí se generan contextos de comunidad en los que esto sucede. Hoy, si atendemos a las recomendaciones de la OMS para la prevención del suicidio, aquello que se le pide a los medios de comunicación que eviten hacer al momento de reportar el tema surge efectivamente del mismo temor al contagio: no repetir las historias innecesariamente, no usar lenguaje que normalice al suicidio, no describir explícitamente el método usado, no dar detalles del lugar…

No se sabe todavía cuánto contribuye realmente en la ideación suicida el saber que otros se han suicidado antes y sus formas de hacerlo. Sin embargo, el hecho de que ciertas políticas públicas se implementen en los lugares tradicionalmente asociados al suicidio para contribuir a la reducción, algo revela. Es el caso del puente Golden Gate y la barda que está en construcción —la cual se basa en estudios que indican que un 90% de las personas a las que se les impidió saltar de una u otra manera, no lo hicieron después—, o las luces azules en el metro de Tokyo instaladas hace ya varios años para calmar a los pasajeros que piensan en matarse.

Durkheim propuso que el paso de la sociedad feudal a la moderna acabó con la cohesión que garantizaban la religión, la familia, los empleos asociados al campo y a la manufactura. La inestabilidad por la que atravesaba Europa a mediados del siglo XIX se manifestaba sobre todo en las ciudades industrializadas, que era en donde el número de suicidios sorprendía a nuestro autor. Ya decíamos que el uso que hizo de las estadísticas disponibles en su momento muy pronto fue sujeto a críticas, sobre todo de generalización estadística (la llamada falacia ecológica). Pero releerlo hoy teniendo en mente a las ochocientas mil personas que se suicidan anualmente no deja de ser provocador. Estos suicidios, ¿son la última y más libre decisión que pudieron tomar los individuos que los cometieron? A ello le sigue preguntarse: ¿son entonces mera responsabilidad individual?

Revisar los datos que existen sobre el fenómeno actualmente lleva a pensar que no. El 78% de estos suicidios en 2015 tuvieron lugar en países de ingres bajo y medio y, en México, el principal grupo de ocupación entre los muertos por suicidio fue “sin trabajo”. Incluso considerando todo lo que aún ignoramos sobre el tema, estos datos difícilmente parecen ser casualidad. Leer con resonancia a Durkheim hoy también nos da la sensación de estar todavía muy lejos de la respuesta sobre el suicidio, pero todo indica que la fuerza coercitiva que puede ser la sociedad tendrá que ser parte de ella.  

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.


Bibliografía

—-“Émile Durkheim”. The Ethics of suicide digital archive. Oxford University Press y J. Willard Marriott Library. Disponible en: http://bit.ly/2hA3MTR

—- Preventing suicide. A resource for media professionals, Geneva, World Health Organization/International Association for Suicide Prevention, 2017. Disponible en: http://bit.ly/2hAA0yg

Cholbi, Michael. “Suicide”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, Edward N. Zalta (ed.), 2017. Disponible en: http://stanford.io/2z38Jfn

Durkheim, Emile. El suicidio, traducción de Sandra Chaparro Martínez. Versión electrónica disponible en: http://bit.ly/2z1q4oR

Douglas, Jack D. Social Meanings of Suicide, Princeton, Princeton University Press, 1970.

Lukes, Steven. Emile Durkheim, His Life and Work: A Historical and Critical Study, Stanford, Stanford University Press, 1973.

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