Soy devoto de la incertidumbre. Entre más reflexiono al respecto más aprecio sus beneficios. Pensar, desde la ética, en las bondades de no saber, de responder “no sé, lo averiguaré” y de alabar la duda es necesario. ¿Se puede hablar de un binomio conformado por ética e incertidumbre?: sí, reflexionar sobre ese binomio es interesante. Ética laica no es una disciplina exacta; crece gracias a respuestas no absolutas: no todo es sí y no todo es no. En ética laica, dudar, es obligatorio. De ahí el valor de la incertidumbre. Ya lo dijo Bertolt Brecht (1898-1956). Comparto unas líneas del poema Loa a la duda:

¡Loada sea la duda! Os aconsejo que saludéis/ serenamente y con respeto/ a aquel que pesa vuestra palabra como una moneda falsa./ Quisiera que fueses avisado y no dierais/ vuestra palabra demasiado confiadamente.

Los versos finales dicen:

Tú, que eres un dirigente, no dudes/ que lo eres porque has dudado de los dirigentes./ Permite, por lo tanto, a los dirigentes dudar.

La incertidumbre “sana” es una cualidad: hurgar, preguntar y confrontar son parte de su esqueleto. Dosis “adecuadas” construyen; entrecomillé “sana” y “adecuadas” para denotar que su exceso paraliza y no conduce a nada.

Ejercen la incertidumbre quienes tienen certidumbre y sabiduría. No la desempeñan dos grupos: quienes sienten pena por su incapacidad para decir “no sé”, y quienes ejercen el poder sin coto porque el poder son ellos. Decir “no sé” implica saber: quien ejerce la autocrítica y reconoce sus límites, hurga, pregunta, se informa. La filosofía “no sé” tiene varias fuentes. Menciono dos: humildad e incertidumbre. Sumar ambas cualidades —¡y vaya que son cualidades!—, construye: humildad más incertidumbre deviene conocimiento.

Al no ser una disciplina exacta la ética médica laica se nutre de la incertidumbre. Su fuerza radica en el arte de individualizar. Nunca dos personas son iguales y nunca dos situaciones son idénticas: ¿a quién trasplantar primero: a la madre con dos hijos o al rector de una universidad?; durante una emergencia, ¿a quién salvar: al niño o al viejo? En ética médica el reto es individualizar. Hacerlo requiere entrega, tiempo, sabiduría y dosis “sanas” y “adecuadas” de incertidumbre. De ahí las interconexiones entre ética e incertidumbre.

Aventuro dos prerrogativas sobre el binomio incertidumbre y ética. Primera. El mundo se divide en dos, los hunos, siguiendo a don Miguel de Unamuno, arropados por saber dicen “no sé”; los otros, arropados por la insabiduría del poder no pueden exclamar “no sé”. El primer grupo, los hunos, lo conforman, independientemente de sus habilidades, personas acostumbradas a estudiar, a preguntar y a reconocer sus propias limitaciones. Poco importa el oficio: campesinos, médicos, carpinteros, economistas, escritores y pescadores suelen saber cuando no saben. Este grupo se guía, la mayoría de las ocasiones, por principios éticos.

El segundo grupo lo constituyen, sobre todo, políticos omnipotentes y religiosos absolutos. Políticos omnipotentes, mientras escribo —agosto 2018—, son, entre una miríada, la dupla Donald Trump y Kim Jong-un. La omnipotencia ni escucha ni pregunta. Religiosos absolutos son un grupo cancerígeno. Dueños de la verdad y opresores de quienes no cuentan con elementos sociales y culturales para confrontarlos, ejercen su poder sin coto. La fe no admite ni dudas ni preguntas, es absoluta: no permite ni flaquear ni contradecir; si los prelados violan a niños y niñas, e impiden que niñas de 15 años violadas y vueltas a violar aborten, es por razones incuestionables, propias de la fe: ¿cuántos religiosos violadores, insaciables, pernoctan en cárceles? Ni ética ni moral son entradas en los diccionarios de este grupo.

Segunda prerrogativa. La incertidumbre es una actitud y cualidad emparentada con la ética. Quienes dudan y buscan co- nocer los entresijos de ambas, ejercen la autocrítica, conocen sus limitaciones y poseen “una dosis” de humildad. La persona cobijada por principios éticos crece cuando a partir de la incertidumbre dice “no sé”. Este binomio es formidable. Quienes así actúan rigen sus vidas arropados por principios éticos. Quienes lo conforman se nutren por medio del estudio y de las opiniones de otras personas; gracias a la ciencia del “no sé” las dudas se transforman en conocimiento.

La ética laica es inmensa; nunca es absoluta, no excluye, siempre admite dudas y entiende, como ya escribí, que antes de opinar es menester individualizar. Ética laica e incertidumbre conforman un binomio exquisito. Carniceros, matemáticos, marchantes y filósofos arropados por la sabiduría de la incertidumbre crecen cuando dicen “no sé”. Los políticos religiosos y los religiosos políticos estudiaron en claustros y universidades donde decir “no sé” es sacrilegio.

La incertidumbre es una gran cualidad. Debe considerarse parte de la ética laica. Sus vínculos son bidireccionales; maman de abrevaderos similares: transparencia y honestidad.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

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