El neoliberalismo no es sólo una teoría económica o política sino, ante todo, una teoría moral, basada en la idea simple —y falsa, por cierto— de que los humanos estamos motivados en cada una de nuestras decisiones por un mismo impulso, que es el deseo de maximizar nuestro interés individual. De este modo, una premisa útil para modelar la economía o la política se ha ido transformando en una creencia cuasirreligiosa, y en la premisa moral de las políticas públicas. La moral neoliberal es así la heredera del darwinismo social, sublimando al individuo y a la competencia, a costillas de cultivar y desarrollar sistemas de cooperación.

Quizá sea por esta cualidad moral del neoliberalismo que la preocupación por la corrupción —que ha sido un razgo distintivo y una obsesión colectiva característica de nuestra era— no parece estar consolidando la eficacia del trabajo de equipo, sino que se aboca al desarrollo de más y mayores controles y mayor fiscalización, al grado que la obsesión por la transparencia pareciera estar francamente peleada con los mecanismos informales, pero indispensables, de generación de confianza. Y es que la confianza se basa, finalmente, en sentimientos como el honor, la responsabilidad o la vocación, ninguno de los cuales es reconocido en una moral que entiende sólo de “incentivar” y “desincentivar” conductas. 

Así, los sistemas de incentivos y fiscalización que se han instaurado para conseguir la transparencia parecen estar teniendo éxitos bastante disparejos en lo que a la calidad y cantidad de la producción de los gobiernos se refiere. Por ejemplo, en el aparato científico mexicano la fiscalización ha sido implementada para garantizar la transparencia en la distribución de “estímulos” individuales, manifiestos tanto en la categoría del científico como en su remuneración mensual. Estos sistemas de fiscalización se basan en obligar a cada científico a demostrar puntillosamente cada una de sus actividades productivas. Sin embargo, la implementación de la dupla “estímulo-transparencia” no parece estar conduciendo a un aumento sensible en el sentimiento de responsabilidad colectiva de los científicos ni tampoco en la relevancia de sus trabajos. 

Dados los mecanismos actuales de control es más fácil ser productivo y transparente que ser socialmente relevante. Esta falta de eficacia no es de ninguna manera una peculiaridad del sistema científico; al contrario, se trata de un rasgo que toca a todas nuestras instituciones públicas y hay esferas en que la ineficacia es todavía mucho mayor que en el aparato científico, porque la ciencia todavía tiene algo de consideración para sentimientos tales como el honor o la vocación.

Sabemos, por ejemplo, que un porcentaje abrumador de los crímenes en México no son castigados (usualmente se habla de cifras que superan holgadamente el 90%). ¿Cómo explicar esa falta de eficacia? ¿Se resolvería metiendo nuevas capas de fiscalización en pro de la “transparencia”? Me parece dudoso: ya se ha buscado mejorar la calidad de la policía aumentando sueldos y colgando cámaras para vigilarlos. Mientras tanto, ¿sabemos en qué consiste la formación moral del policía? ¿En manos de quién está esa formación? ¿Cuales son los mecanismos para que valga la vocación de servicio? No lo sabemos, porque la moral neoliberal está toda en las manos de la Secretaría de Hacienda o de la Contraloría, y si hay en algún empleado con voluntad de servicio, no hay modo de canalizarla sin cargarla con todo el peso de la fiscalización. Así, la transparencia castiga a la iniciativa y al sentido de responsabilidad.

Y es que la moral neoliberal se preocupa por aumentar la productivad y la transparencia, entendidas siempre a partir de criterios estandarizados y medibles, pero es frecuente observar que la implementación de esos mecanismos tiende a minar la entrega de los funcionarios o empleados públicos. ¿Por qué?

La entrega —esa palabra que refiere a la voluntad de trabajo y a la cualidad de dar libremente de sí— usualmente viene motivada ya sea por el amor (por alguien o algo), el deseo de reconocimiento, o por un sentimiento de deber. En cambio la sublimación de la transparencia como valor medible genera siempre mecanismos estandarizados de vigilancia. Esos mecanismos tienden a minar o disminuir la entrega, en primer lugar porque la denigran: la iniciativa personal es siempre sospechosa de venir motivada por el egoísmo, y por eso tiene que quedar justificada a cada paso. Así, un funcionario que, percibiendo una necesidad urgente, toma una decisión ejecutiva para hacerle frente es inmediatamente sospechoso y será fiscalizado más agresivamente que el funcionario que, ante alguna situación inesperada, no hace nada. El honor, como motivación, o el sentido del deber, quedan así devaluados como valores de base para los servidores públicos. 

Los resultados de esta moral pública han dejado bastante que desear. Estamos rodeados de una mezcla rara de productividad e ineficacia. Hay transparencia, pero no hay responsabilidad, cosa que denigra a la democracia, reduciéndola a sistemas de administración medibles que terminan inevitablemente en el simulacro.

¿Qué hacer ante esto? Lo primero es reconocer que el neoliberalismo no es sólo una teoría económica sino una teoría de las motivaciones humanas y una teoría moral que por limitada no funciona. Una medida reformista interesante sería contratar a un filósofo especialista en ética en cada oficina de administración, y que ese sujeto estudiara los dilemas y trabas que enfrentan los empleados que buscan consolidar los dos valores ausentes en el sistema actual de fiscalización: la entrega y la cooperación.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

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