En un pequeño cuaderno anoté, “las dos grandes metas de la ética son bregar por la justicia y aspirar a la felicidad”. La cita es vieja. Desconozco la fuente. Me gusta la idea; con el tiempo he pensado en agregar una más, “fomentar y/o respetar la autonomía”. Pueden añadirse muchas entradas más; las actuales, justicia, felicidad y autonomía son suficientes para este pequeño blog y para los quehaceres de la ética laica.

El desencuentro entre ética y poder político y religioso es inmenso y, me temo, irremediable. Basta repasar nuestra nación y las miserias viejas y vivas del PRI/PAN/PRD/Morena y otros otros, diferentes y casi iguales por no decir idénticos.

Poder y política conforman un binomio maligno. Ellos, los políticos, por medio del poder que ostentan, deberían ser los encargados de gestionar justicia, procurar felicidad y permitir la autonomía. Hay una relación inversamente proporcional entre corrupción e impunidad y el ejercicio sano de las ideas señaladas. Triste ejemplo de esos desaseos es nuestro país.

Cuando la gente padece injusticia, infelicidad y no logra ejercer su autonomía, el problema se complica. Una de las complicaciones fundamentales es la erosión o la pérdida de la dignidad. Sotto voce, nunca lo dirán, una de las apuestas del Poder es destruir la dignidad de las personas.

Sin dignidad,

1) La autoestima se pierde. 
2) No hay capacidad para protestar. 
3) No hay fuerza suficiente para sumar voces. 
4) Se acepta el destino (Dios).
5) Se aceptan dádivas (Estado).
6) Se sobrevive, no se vive. Suficiente reto es hoy.

La falta de educación y la pobreza son tierra fértil para el poder; sin esos elementos, la injusticia, la infelicidad y la falta de autonomía permiten que el Poder aplaste, fenómeno que se agrava cuando la gente carece de dignidad.

Ante el Poder omnímodo y omnipresente, nuestra nación priista, panista, perredista, morenista y etcétera, siempre gana y la ética laica siempre pierde.

Jesús María Ayuso Díez, en la Presentación a la edición española de Ética e infinito de Emmanuel Lèvinas (Visor, Madrid, 1991), escribe, “…anterior a la ontología es la ética; anterior a la verdad, la justicia, y previo al errar, el escándalo de la iniquidad. Todo eso significa que la pregunta primera que el hombre ha de formularse no es la leibniziana que Heidegger gustaba recordar: ¿Por qué hay algo y no más bien nada?, sino estas otras. ¿Por qué existe el mal? ¿Cómo hacer para que lo que es estalle en Bien? El sentido de lo humano, dentro de la economía del ser, reside pues en perturbar la mismidad de éste, en sacudirlo éticamente”. A lo que agrego, ¿por qué siempre pierde la ética ante la vileza del Poder si es verdad que ésta es anterior a la ontología? Quizás sea equivocado sustentar que la ética es anterior a la ontología; lo que sí es seguro, independientemente del orden cronológico entre ontología y ética, es que la segunda debe ser fomentada; cultivarla y contagiarla es imprescindible.


El blog se encuentra agotado (muy agotado). Regresa el próximo año. El blog les desea buen tiempo y les pide que no pierdan la esperanza: México es más grande que sus/nuestros políticos 

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