Vivimos, desde hace mucho, en tiempos de riesgos y de peligros; en 2018 viviremos un incremento de la violencia política, derivado de las campañas en curso. Ojalá esta hipótesis, hoy más que plausible, sea aniquilada por el cumplimiento de la ley por los gobiernos federal y estatales. Pero, en nuestros días, me parece remotísimo.

El profesor Carlos Pérez Zavala, de la UAM, escribe en un ensayo sobre la violencia y el terror en México, que en nuestro tiempo y contexto, tenemos que cuestionar si el Estado ha dejado de ser el depositario de las formas de gobernabilidad que garantizan el pacto social y, por ende, la capacidad de ser el instrumento legítimo para el uso de la violencia a fin de garantizar la paz social. Sí que podemos cuestionar si es ese depositario; más aún, para ser más específicos, puede decirse que el binomio del panpriísmo no sólo no garantiza la paz social, sino que ha incrementado de forma inaudita la violencia con su guerra al narcotráfico, de la que derivaron otros muchos géneros de violencia. Esa guerra la agrandó obtusamente Felipe Calderón y, corregida y aumentada, la continuó Peña Nieto: el panpriísmo.

Las políticas neoliberales, ferozmente excluyentes como son, también son fuente de violencia, y las ha puesto en acto el panpriísmo, a la vista de todos.

Inauguramos 2018 con actos viles de violencia política organizados por actores que actúan desde el gobierno local, que ha debido soportar Claudia Sheinbaum, precandidata de Morena al Gobierno de Ciudad de México: una forma de represión política partidista. Nada que ver con la violencia legítima ¿Y cuál ha sido la respuesta de Mancera, jefe de Gobierno de CDMX? Al estilo de los capos, proponer un pacto de paz o de civilidad, llamado así por el propio Mancera. Para este doctor en derecho no son suficientes las leyes que debe acatar.

¿Sheinbaum ha estado cometiendo actos de incivilidad o de violencia? No, ha estado, en términos de la ley electoral, encabezando actos públicos pacíficos que fueron atacados violentamente por los actores aludidos y seguramente por mercenarios, según la información publicada; actores políticos perredistas adláteres del panpriísmo.

La mayor parte de los medios de comunicación son, por supuesto, instrumentos de ese engendro. Así, respecto de los actos de Sheinbaum, Excélsior, encabezó de este modo su noticia: ¡No les bastó! Morenistas y perredistas se vuelven a enfrentar. Recorra usted los medios de información: radio, televisión, prensa escrita, Internet: los hallará con ese modelo informativo, o con unos peores.

He ahí parte del modelo político de violencia y de información con que el panpriísmo intentará aplastar la campaña de Morena. Este es, para una mayor especificación, el contenido de la hipótesis sobre el incremento de la violencia política multivariada que pondrá en acto el panpriísmo. Recursos de todo tipo usarán el gobierno federal y los locales contra Morena. Las secretarías de Estado harán todo lo que esté a su alcance; se cometerán toda clase de chapuzas electorales; se emplearán todos los medios posibles en las instituciones electorales. Lo peor, hay que esperarlo.

La democracia mexicana es así de raquítica y primitiva. El binomio dominante no puede dejar que, libremente, los ciudadanos elijan. Las previsiones informan sobre un adelanto sustantivo de Morena en las preferencias de la mayoría de los electores; por tanto, las alarmas se han encendido y, perturbados, los jefes de las bandas de los criminales electorales preparan toda clase de golpes contra la decisión que hoy expresa la mayoría de los ciudadanos.

En cualquier democracia mínimamente desarrollada, Morena podría ganar sin mayores problemas. Los ciudadanos, por sí mismos, podrían constatar si las políticas que un gobierno morenista pusiera en acto, serían esas políticas populistas del pasado que ya no sirven para nada, porque ya fueron probadas, como dicen Anaya y Meade. Si México se fuera a un desbarrancadero (aunque en él estamos), los electores, dentro de tres años, crearían un Congreso que impidiera que ese gobierno encabezado por AMLO siguiera gobernando contra las mayorías (como lo hace el panpriísmo); y, dentro de seis años, libremente los electores elegirían a otra fuerza política, una de esas, decrépitas, u otras hoy inexistentes. Estos serían momentos normales en cualquier democracia.

Véase al pequeño Chile. Los electores decidieron volver a votar a Sebastián Piñera, candidato de derechas, neoliberal, empresario millonario. El día de la elección, al final de la jornada, la presidenta Michelle Bachelet felicitó al ganador y le deseó muy buena gestión de su mandatoUsted y yo queremos a Chile, queremos a nuestro país, queremos lo mejor para todos, le dijo. El candidato de izquierda socialdemócrata, finalista en segunda vuelta, Alejandro Guillier, también felicitó al ganador, e hizo público un compromiso; dijo: Esta es una derrota electoral, pero no va a ser una derrota política si somos capaces de levantar nuestra fuerza, nuestras convicciones y nuestro compromiso con Chile. Lo contrario había ocurrido en enero de 2006: Piñera llamó a Bachelet, por el triunfo de quien fue la primera presidenta de Chile. Nada para encomiar; apenas pura normalidad democrático-electoral.

En México esa normalidad sólo puede instituirse si Morena triunfa con una vasta mayoría; la normalidad democrática no se ha instituido, porque lo impide la magnitud de los crímenes de corrupción y de impunidad del panpriísmo. El miedo también puede sobradamente convertir a sus adeptos en criminales electorales: remember el estado de México.

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