Se dio a conocer la noticia en nuestro periódico del hallazgo de 33 cuerpos en tres fosas clandestinas en el municipio de Xalisco, Nayarit, así como el de cuatro cadáveres en un socavón en Valle de la Trinidad, Baja California. Aunque las pruebas periciales indican que ambos enterramientos fueron realizados hace varios meses, la noticia se suma a la zozobra que viven ciudadanos de amplias zonas del país por la ola de violencia que sólo el primer fin de semana del año dejó más de 70 asesinatos, amenazando con una repetición del macabro récord de 2017, que con 26 mil 500 homicidios es el año más mortífero desde que se lleva este registro.

Luto y duelo que se deslizan en un vivir vertiginoso acicateado por la prisa de la vida cibernética sin tiempo para la elaboración de las situaciones traumáticas. Se agolpan en la memoria las imágenes de muertos y más muertos que confrontan nuestra propia indefensión y que más que realidad parecen crueles ficciones que desbordan al aparato síquico.

¿Cómo poder elaborar la muerte del otro? ¿Qué sabemos de la muerte?

Emmanuel Levinas en su libro Dios, la muerte y el tiempo nos da cierta luz al respecto. “La vida humana no es un ‘ocultar’, ‘un vestir’, que es al mismo tiempo un ‘desnudar’ porque es ‘relacionarse’… La muerte es la separación irremediable… La muerte es descomposición: es la no respuesta… La muerte de alguien no es, a pesar de lo que parezca a primera vista, una factualidad empírica; no se agota en esta aparición”. Con énfasis enfatiza, más adelante, una reflexión que vale la pena retener: “El prójimo me caracteriza como individuo por la responsabilidad que tengo sobre él. La muerte del otro no sustancial, no simple coherencia con los diversos actos de identificación, sino formada por una responsabilidad inefable… El morir, como morir del otro, afecta a mi identidad como Yo, tiene sentido en su ruptura del Mismo, su ruptura de mi Yo, su ruptura del Mismo en mi Yo. Con lo cual mi relación con la muerte de los otros no es ni únicamente conocimiento de segunda mano, ni experiencia privilegiada de la muerte”.

Por tanto, y de acuerdo con Levinas, la muerte del otro es parte de mi propia muerte. No importa el color, la raza, la religión. La ideología o el estatus social, el otro que muere es parte mía, algo de él que muere en mí y algo de mí muere con la muerte del otro. Algo de nosotros se muere con estas macabras desapariciones ¿Cómo están afectando socialmente estas muertes? Las campañas para llegar a puestos de elección popular sirven de defensa –tapaderas– de esta crueldad después de la muerte, amén de la muerte misma. Sería importante la respuesta de los candidatos a la Presidencia de la República de estos hechos, específicamente.

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