La noche al caer sobre la Plaza México tenía solemne floración de púrpura limeña cuando Andrés Roca Rey, el Niño Peruano, la cruzó al terminar la corrida después de jugarse el pellejo con un torito capacho, cegatón, que le dio una voltereta de pronóstico reservado.

Después de tintar la plaza de colores en un canto de vida que llevaba escondido en su toreo encimista, juego de manos y cintura con los pitones de los toros, mientras los pies quedaban clavados como cruz en el redondel y los toros de La Joya iban imantados a su muleta.

La Plaza México se hundió y yacía perdida en la onda de Mixcoac, en la que escribiera sus primeros versos nuestro Nobel Octavio Paz, entre el chasquido de las frondas y el sollozo de los troncos de los árboles que alumbran el barro cocido que templó su ruedo.

Ruedo en el que el Niño Peruanose enfrenta al niño mexicano Luis David Adame, que sufrió otro revolcón de órdago en el ansia por figurar .

De la misma forma, Mario Vargas Llosa discutió y polemizó con nuestro Octavio Paz al que leía esta mañana criticando al presidente de pelo naranja.

El toreo de Roca Rey fue fuego deslumbrante, arco voltáico, brilló arrastrando la muleta por el ruedo al gusto de la afición mexicana y lució su planta cargada de hondura

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