El cambio tecnológico de lasdécadas recientes, quizás el más grande en la historia humana, y ciertamente el más rápido, en el lapso de una sola generación (los 25 años de Ortega y Gasset) multiplica las preguntas sobre sus efectos en el ser humano, en particular su sistema nervioso. La comunicación instantánea en texto, imagen, audio y datos de cualquier índole se suma a los nuevos usos de la memoria, o su posible desuso en términos cerebrales, ahora que es más fácil y expedito consultar que recordar. Una de las funciones en proceso de extinción sería la de orientación espacial, función animal que permitió al humano recorrer la tierra y el mar durante siglos. El dichoso GPS (siglas en inglés para Sistema Global de Posicionamiento) y sus efectos en la humanidad traen atareados a los científicos, que en fechas recientes han avanzado notablemente en el conocimiento del hipocampo.

Apenas en 2014 los estudios en ratas de este pequeño órgano envuelto por el cerebro, algo así como su nuez, valió el Premio Nobel a un matrimonio noruego (May Britt y Edvard Moser) y el estadunidense John O’Keefe por descubrir las células que constituyen un sistema de posicionamiento en el cerebro. Permiten al ratón saber dónde está y planear sus siguientes pasos. Igual que nosotros. David Tank, neurocientífico de Princeton, destaca que la misma región está implicada en la navegación o posicionamiento espacial, y en funciones cognitivas (Nature, 2017; 543 (7647)).

Cuando Google Maps y demás aplicaciones GPS hayan apagado el hipocampo humano, el aprendizaje espacial de nuestro cerebro retrocederá más atrás que el de las ratas. En su optimismo natural, los científicos insisten no sólo en los beneficios prácticos de esta tecnología, sino en la posibles nuevas áreas del conocimiento que se desarrollarían al aligerarse la carga sobre el hipocampo y otras regiones del cerebro. Esto, suponiendo que funcionan como un disco duro al que le cargas datos o le liberas espacio. De seguro permitirá una navegación sideral tipo Guerra de las galaxias.

Como resalta Greg Milner en Pinpoint: How GPS Is Changing Our World (Granta, junio de 2017), lo mismo dirige misiles que anima a los conductores a no fijarse en las señales ni en el camino. Este fantástico instrumento estrenado en la primera Guerra del Golfo, militar como pocos, está cambiando la agricultura (permite rastrear cada semilla y dirige los tractores sin necesidad del humano), la predicción climática y sísmica, nuestras formas de llegar a donde vamos y casi cualquier acción que emprendamos.

Los científicos contemporáneos no paran, escudriñan todo cada vez más a fondo. Recientemente se estudiaron los hipocampos de los taxistas de Londres y su capacidad de aprender calles, rutas, atajos, cambios, tiempos de traslado. Se encontró que sus hipocampos son más grandes que en el promedio de la población; encarnan el mayor estrato evolutivo de los ratones del doctor Tank y los del Nobel. Pronto será diferente. Los conductores de Uber, y en general todos nosotros, ya no nos fijamos por dónde vamos ni qué nos rodea, seguimos la línea gruesa en la pantalla, obedecemos sus órdenes para llegar primero, no para saber llegar (ni pedo, mi José Alfredo). Como se pregunta Thomas Jones (LRB, 16 de noviembre), con tales aplicaciones en el celular, ¿quién necesita un mapa cognitivo en el cerebro?

Dejaremos de guiarnos por las estrellas y la intuición. Centrados en nosotros mismos perderemos la noción concreta de lo que nos rodea. El sentido de la orientación devendrá obsoleto. Pronto dejaremos de necesitar las piernas. Recuerdo una ocasión en la ciudad con dos amigos wixaritari, hace años. Nos dirigimos al Tepeyac por caminos extraños, muy eficaces. Me explicaron que aquí se movían igual que en la sierra y nunca se perdían. Conocí la experiencia de un muchacho rarámuri que en un gran centro comercial se orientó mejor que cualquiera consumidor: lo mismo que el monte, dijo.

Esa función del ser y la conciencia solía estar más desarrollada en los varones (las mujeres, dice Botho Strauss, están centradas en su vientre, en su hogar, en las direcciones de sus hijos; el varón, en el exterior, las distancias, los destinos). Eso cambió en el siglo XX, otro saldo de la incorporación femenina a funciones antes exclusivas del hombre. Ser taxistas, por ejemplo.

Como sea, dicha función espacial va de salida. Hemos puesto nuestros rumbos, referencias, puntos de partida y destino en manos del Departamento de Defensa de Estados Unidos. En un sólo lugar. La base aérea Schriever en Colorado controla los 31 satélites de GPS que orbitan la Tierra. ¿No cantaba The Police: En cada movimiento que hagas/ yo te estaré observando?

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