Gran parte de la chispa de la palabra de Jesús Silva-Herzog (JSH) procede de su maestría en el manejo de los adjetivos. Pero los adjetivos, se sabe, sirven para engrandecer, endulzar o, por el contrario, sirven también para desacreditar o condenar. En su primera intervención, la que generó el reciente affaire de algunos intelectuales y articulistas contra AMLO, JSH incluyó adjetivos o derivas adjetivales, como estos: en el pasado AMLO repetía cantaletas; tenía reacciones de torpeza inaudita; era un sectario; también era irascible, intolerante y grosero, e in­transigente. En el presente ha vuelto a ser un peligro, pasó de sectario a oportunistatraidor (de Morena); fue deshonesto; ha vuelto a ser un priísta (la palabra tiene una enorme carga negativa); carece de nervio ideológico (¿es ideológicamente un blandengue?, ¿eso?); las ideas no le importan; le importa su ambición de recoger a todos los ambiciosos (de plano a ¿todos?).

Una de las generalizaciones más extrañas que escribió JSH en su intervención es la cláusula con que la cierra: Ha fundado [AMLO] un partido para que la política no castigue a nadie (de plano a ¿nadie?). Con la fundación del partido, por AMLO, la política (¿?), no castigará a nadie. Extraño. ¿Tanto así puede hacer la política con esa fun­dación? O acaso habría que leer que fundó un partido por el cual, si ganara las elecciones, una vez en el poder, tomaría la decisión política de no castigar a nadie, sustituyendo al Poder Judicial.

Intervino también, claro, Enrique Krauze, como siempre, sentenciando desde su pedestal: El mesianismo condena. El liberalismo debate. A las respuestas de AMLO, Krauze replicó que el político tabasqueño estaba profundamente equivocado en su concepto de liberalismo y lo convocó a debatir con él, seguramente, para señalarle públicamente las profundas equivocaciones de sus ideas. AMLO tendría que haberse presentado, presto a debatir… “Volvió el ‘respondón’”, editorializaron profusamente.

AMLO respondió a sus críticos que eran unos conservadores con apariencia de liberales.

Lo más sobresaliente, me parece, de este affaire, es que estos y otros intelectuales, articulistas, columneros y locutores, reprobaron o reprendieron a AMLO por haber formulado una breve, modesta respuesta, con sus propias ideas, frente a la dilatada lista de condenas de JSH y el manotazo sobre la mesa de Krauze, que luego atemperaría con una convocatoria al debate. Todo ocurrió como si AMLO tuviera prohibido criticar a sus críticos, porque uno es el político, y los otros son los intelectuales. AMLO tendría que haberse quedado, frente a las condenas, con la boca cerrada y la cabeza gacha, tragándose lo que le dijeran. O presentarse frente a sus críticos para que lo reconvinieran como se merece. El autoritarismo en la sociedad mexicana, como lo muestran públicamente los aquí aludidos, continúa siendo proverbial.

De AMLO se ha dicho que es autoritario. Y la tupida voz colectiva que ahora se expresó en contra de AMLO ¿qué tal?

Las ideas de AMLO sobre liberales y conservadores parecen ser las que tenían los liberales del momento del movimiento de Reforma y en lustros posteriores. Krauze cree tener en su cabeza el concepto del liberalismo sin las profundas equivocaciones que ve en AMLO: seguramente, lo que el liberalismo verdaderamente es.

Si algo carece absolutamente de consenso en nuestros tiempos es justamente el concepto de liberalismo. Se debate sin término ni reposo acerca de qué tenemos en nuestras sociedades. Se busca poner en claro las bases del liberalismo clásico, y se discute el mundo real en que, en el mejor de los casos, predomina una maciza fusión de las ideas liberales de la democracia y del mercado libérrimo, es decir, el neoliberalismo. Eso ocurre en algunos países occidentales industrialmente avanzados, porque en México, eso, es un queso gruyer.

No puede haber consenso sobre el concepto de liberalismo, porque no hablamos de una teoría que explique nada sobre el mundo social, sino una propuesta de organización de ese mundo. Frente a esa propuesta, que no es una, sino un conjunto de variantes, también existen otras propuestas de organización social distintas de cualquier variante del liberalismo o neoliberalismo. En su momento lo fue la socialdemocracia, por ejemplo.

Los neoliberales de hoy, y también algunas izquierdas, sucumben deplorablemente a la fantasía de que personas, individualmente, pueden cambiar al mundo, con sus ideas. La filósofa, politóloga e historiadora estadunidense Jodi Dean, dice: “En cierto momento, el individualismo estadunidense era una idea asociada al viejo oeste, al cowboy solitario, que tiene que ver con una idea colonialista. En otros momentos el individualismo se asociaba a un cierto vigoroso hombre de negocios, capaz de arriesgarse e innovar. Bajo el neoliberalismo, tenemos un individualismo intensificado, porque el estado de bienestar ha resultado destruido en nombre de la responsabilidad individual, la libertad individual y la autonomía individual. Se nos instruyó en que no fuéramos dependientes del Estado, que en realidad quiere decir: no dependas de la educación pública, no dependas del seguro de desempleo, no dependas del estado de bienestar y sus ayudas para la sanidad y la vivienda”: el liberalismo actuante.

Peculiar mesiánico ve Krauze que, en cada mitin –a veces más de uno por día–, casi grita una y otra vez sólo el pueblo puede salvar al pueblo. AMLO, en campaña, tendría que centrarse en organizar a los miles de pueblos excluidos, a millones de mexicanos, para hacer de ellos actores colectivos, y darle tiempo, en su tiempo, a los intelectuales.

 
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