El inicio del año con tan elevado nivel de inflación es algo más que un mal trago para el gobierno. Más que el 1,8 por ciento de aumento en los precios al consumidor (IPC) en el mes, y el 25 por ciento en los últimos doce meses, la señal de alarma más preocupante debería ser la suba de los precios mayoristas en un 4,6 por ciento en el primer mes del año. Hay, detrás de ese aumento, varios mensajes respecto de lo desacertado de muchos de los preconceptos económicos con los que se manejó la conducción económica de múltiples cabezas en estos dos años.

Metas de inflación

El Banco Central confió en el pronóstico de un conjunto bastante grande de consultoras, analistas, economistas del sistema financiero y otros especialistas para medir “las expectativas del mercado” respecto de la inflación futura. A su vez, la autoridad monetaria traza el sendero esperado de inflación para este año y los siguientes: es lo que se conoce como “metas de inflación”. Si las “expectativas” del mercado están por encima de las “metas”, interviene la política monetaria,  sacando dinero de la economía para que esa menor cantidad de dinero en circulación promueva una baja de precios o, al menos, desaliente los aumentos. Esto se hace a través de una suba de las tasas de interés de referencia que determina periódicamente el Banco Central.

 

 Este esquema de “metas de inflación” fracasó durante 2017. De hecho, en conferencia de prensa del 28 de diciembre, Federico Sturzenegger, presidente del BCRA, tuvo que compartir, con cara de resignación, una conferencia de prensa en la que el ministro de Finanzas Luis Caputo y el jefe de ministros Marcos Peña destrozaban las metas de inflación para 2018 mientras reconocían la derrota de las de 2017. La brusca corrección de la meta para este año, que del 10 por ciento pasó al 15, fue el reconocimiento de un plan incumplido. Pero al mismo tiempo se enunciaba la aspiración de bajar “gradualmente” las tasas, aunque “las expectativas del mercado” siguieran superando, incluso, la nueva “meta”. La confusión fue tan grande que ante una disparada del dólar entre fines de enero y principios de febrero, el lobby financiero local presionó al Banco Central para que en esta última semana se abstuviera de una baja “gradual” y dejara la tasa de interés en el nivel que estaba (27,25 por ciento anual). La presión dio resultado y el Central acató. ¿El fin de la novela de las “metas de inflación”? 

Pero mencionamos al dólar y su disparada. Veamos cómo afectó a los precios.

La devaluación

El índice de precios mayoristas para el mes de enero registró una suba del 4,6 por ciento, como decíamos, y en el detalle se observa que los productos nacionales aumentaron 4,4 por ciento y los importados, 7,1. Y entre aquellos productos nacionales, el rubro que más subió fue petróleo y gas, con el 15,1 por ciento. Este último aumento es consecuencia de la desregulación de precios dispuesta por el ministro de Energía, a partir de la cual los precios de hidrocarburos y combustibles variarán según el precio internacional. Este precio internacional se mueve en función de dos factores: el precio del crudo en el mercado mundial (precio del barril de petróleo en dólares), y la cotización del dólar, para transformar el valor internacional a precio local. En lo que va del año, aumentaron los dos factores: el precio del barril en Londres y el valor del dólar en la plaza local.

La apertura comercial y la desregulación eran interpretadas, por los ideólogos de Cambiemos, como herramientas no sólo de “integración al mundo” sino también equilibrantes de la economía doméstica. Eran, por así decirlo, facilitadores del proceso de “desinflación”, un neologismo al gusto de los actuales funcionarios. Con más ingreso de productos importados, ya los productores locales no podrían volcar sus “ineficiencias” sobre los precios internos. Con desregulación de precios, los valores finales dejarían de depender de los “caprichos” y distorsiones generadas por los gobiernos de turno. Esto se decía. 

Lo que ocurrió fue bien diferente. La apertura comercial significó “comprarse” todos los desequilibrios de un mercado mundial en crisis, abrirle las puertas del mercado local a productos de saldo sin posibilidad de colocación en otro destino. Y ello no significó que bajaran los precios internos: por lo general, los productos importados son comercializados por las mismas cadenas que operan con los fabricantes locales, Con lo cual, sustituyeron oferta local por productos importados pero sin bajar el precio final, con lo cual en muchos casos mejoraron sus ingresos incluso con menos volumen de ventas. 

Lo que no calcularon los estrategas oficiales, o desmerecieron en el análisis, fue el factor dólar. Mientras se mantuvo calmo, no se hizo notar. En cuanto pegó el salto (a partir de diciembre de 2017), el reflejo en precios fue inmediato, contrariando las previsiones de que tal traslado no existiría. En enero, los productos importados aumentaron casi tres puntos más que los nacionales a nivel mayorista: 7,1 contra 4,4. Por otra parte, como ya fue dicho, la suba del dólar también impactó sobre el precio de los hidrocarburos, principal componente de la inflación en la franja de productos nacionales.

Y no sólo eso. 

Las tarifas

La inflación fue planteado como objetivo central y prioritario por la gestión de Cambiemos desde sus inicios. Tras dos años arrastrando la frustración de no vencerla, la reducción del déficit fiscal se proyecta al primer plano de las urgencias porque, de lograrlo o no, puede depender mantener o perder la confianza de los prestamistas extranjeros. Y sin deuda, esta política económica no funciona. Pero mientras los economistas ortodoxos insisten en que si no baja el déficit fiscal, no podrá bajar la inflación, lo palpable es que las armas para equilibrar las cuentas públicas a las que echa mano el gobierno minan el plan antiinflacionario. Concretamente: la ola de aumentos en los servicios públicos domiciliarios y en el transporte iniciada en enero –y que se prolonga por lo menos hasta abril–, le está dando mayor impulso a la inflación, con final impredecible.

Dentro del índice de precios mayoristas, el aumento del rubro Energía eléctrica fue del 5,6 por ciento en enero. Si se observa el detalle del IPC, también se encontrará que en los últimos doce meses la inflación minorista alcanza al 25 por ciento, pero los lauros se los lleva el rubro “Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles” con un incremento del 54,9 por ciento en el mismo año.

Reducir subsidios podrá ser la necesidad del momento de la administración nacional. Quién sabe. Lo que no puede ignorar es que, en materia de precios, le está echando nafta al fuego.

Perspectivas

Pensar que la inflación podía bajar quitándole dinero al mercado vía altas tasas, dadas las circunstancias en que se mueve la economía argentina, podría resultar un simple error de diagnóstico. Lo más preocupante sería que no se lean las señales que está dando la economía. A esta altura, ya nadie podría negar que una devaluación de la moneda provoca una inmediata corrección en los precios internos. Tampoco puede ignorarse que una suba de tarifas, o de los combustibles, repercute en un grado significativo en los costos industriales y en los servicios de intermediación. Precios que, además, también están dolarizados. 

Entonces, preguntarse qué va a pasar con la inflación este año es preguntarse qué va a pasar con el dólar. Y las perspectivas señalan que no va a haber la abundancia de divisas (por préstamos o por colocaciones especulativas de capitales del exterior) de los años previos. Seguirá el déficit comercial, en el intercambio turístico y también seguirá la fuga de divisas, por más razones que las que habían en 2016 y 2017. La lección de los índices de precios en enero deberían haber demostrado la sensibilidad de la inflación a estos factores. 

En los primeros dos años, el gobierno apostó ciegamente a la suba de tasas de interés para frenar la inflación. Falló en el objetivo, pero los costos en materia económica de ese mal uso de la herramienta son tremendos. ¿Confiará ahora en la recesión como método infalible de “desinflación”, sin medir los costos?

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