La coincidencia temática de las tres grandes coaliciones electorales alrededor del crucial asunto de la corrupción soslaya otros de mayor importancia. Es claro que la ciudadanía se encuentra hastiada por la impúdica exhibición de una colección de reales mafiosos con título de políticos, legisladores, jueces o gobernantes. No se excluyen otros actores que participan activamente en este detestable tinglado de complicidades: empresarios voraces, líderes sociales, caciques de variada laya, agentes externos y demás colación perversa de ladrones y traficantes de influencias. Ya no se trata sólo de personajes que, en la penumbra y abusando de sus posiciones de responsabilidad, se atascan con lo que pueden encontrar a mano. Ahora se sabe, con meridiana certeza, que se han formado complejos grupos de maleantes que han asaltado el erario y cuanto bien público sea factible enajenar para su propio beneficio. El complemento a tan degradante espectáculo lo aporta la cínica exhibición de impunidades. Un verdadero pacto no escrito, pero férreo en su aplicación. Sin este complemento, en mucho acordado a la manera de oscuro ritual, sería imposible que los atropellos de la autoridad o los robos descarados y demás delitos se sucedieran hasta a plena luz del día.

De qué otra manera podría explicarse también el indetenible crecimiento del llamado crimen organizado. La amalgama siniestra de funcionarios públicos, policías, jueces y maleantes es condición indispensable para lograr tal bonanza. Pero el fruto obtenido por contrabandistas, narcotraficantes o secuestradores a escala, requiere de otros agentes para completar el proceso criminal. Tienen que intervenir los lavadores de los bienes conseguidos con sus fechorías. Son estos los encargados del aporte final y los que, por lo general, menos pagan por su despreciable tarea.

Todo esto forma parte del descontento que padece la ciudadanía. Y los abanderados de las coaliciones lo saben a la perfección. Para ello tienen asesores y toda una colección de estudios de opinión. Sienten que, sin una postura tajante al respecto sus campañas carecerían de toque propagandístico para conseguir simpatías y, finalmente, votos. Cierto que es necesario el machete legal para cortar de tajo la corrupta hidra de varias cabezas. Pero –además de la voluntad para hacerlo– es indispensable el adecuado funcionamiento de las instituciones adecuadas. Toda esta algarabía y promesas terminales va dejando fuera de foco los asuntos medulares que afectan vitalmente a la nación. En particular la misma justicia distributiva.

La clave del presente nacional se concentra en entender la dramática desigualdad que impera en el país. Es preciso entonces declarar que, al respecto, la corrupción es uno de los sustentos de este grave problema de injusticia. Pero no es el principal. No es siquiera el que nos puede dar una perspectiva adecuada para entenderlo y buscar el adecuado remedio. La desigualdad es un fenómeno multifactorial y se ha enquistado en buena parte del ser colectivo de la sociedad. Atacarlo, por tanto, implica emplearse a fondo y con mayor gasto de energía política que la usada para combatir la corrupción. Aparecen entonces asuntos relegados como la revisión y cambio del modelo vigente, verdadero dispensador de desigualdades. Le siguen otros pendientes de similar categoría e influencia. La subordinación de los poderes públicos a los mercantes de gran tamaño: una atrincherada plutocracia que acapara la inmensa mayoría de los bienes que debían ser de todos. Bienes que, por su pública naturaleza originaria, debían repartirse entre las mayorías nacionales que tanto los necesitan.

Pero no es así ni de cerca en este México de ayer, hoy y mañana, si no se comprende y se actúa con decisión. La desigualdad es apenas un tema lateral y, en particular, de una sola coalición: Morena. La que forma el PRI como cabeza de plano la patea para otra ocasión que nunca llegará. Es por eso que presiona por la continuidad de las concentradoras reformas estructurales. Insiste, con vehemencia, en proseguir los megaproyectos petroleros o de comunicaciones de los que ya se sabe quiénes son y serán beneficiarios. La que lidera el PAN trastoca su esencia programática y la presenta como una intentona modernizadora. Una promesa más en la triste historia de esas ilusiones saltarinas. Aunque quizá sea esta coalición la que más se cerca a un ambicioso método para afectar las desigualdades. Su nebulosa oferta de una renta básica universal es, a pesar de los rechazos interesados, una vía efectiva, ya intentada en distintos lugares.

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