Si me dijeran mañana que tengo que votar y solo hubiera dos candidatos, Mikel Arriola y el cardenal Carlos Aguiar, yo votaría sin dudarlo por el arzobispo de México. ¿La razón? El cardenal por lo menos está alineado con el papa Francisco y pregona la tolerancia y la no-discriminación, mientras que Mikel Arriola retrocedió a los tiempos de Hitler, es decir, a la época donde las minorías no tenían derechos. En efecto, la gran diferencia entre el régimen nazi y los que surgieron de la Segunda Guerra Mundial es que nos dimos cuenta de que la mayoría, aunque fuese tal, no podía ignorar los derechos humanos de las minorías. Cuando Mikel Arriola o López Obrador, ante el tema del matrimonio igualitario o temas igualmente espinosos, proponen “poner a consulta popular” o hacer “un referéndum” al respecto, están, más que evadiendo un problema, proponiendo que los derechos de las minorías estén sujetas a la voluntad de las mayorías. Eso, ni los jerarcas de la Iglesia católica lo proponen, porque, aunque ellos pueden estar en desacuerdo respecto a cuáles son los derechos humanos que hay que defender, por lo menos están claros de que no es un asunto que se debe resolver con votaciones plebiscitarias. De otra manera, habría el riesgo de que las mayorías (como ya ha sucedido) decidan no solamente sobre asuntos que conciernen al bien público, sino que resuelvan que algunas personas, por el solo hecho de ser como son, tengan menos derechos que otras. Decidir que los homosexuales no pueden contraer matrimonio o no pueden adoptar, solo por el hecho de serlo, o que las mujeres no pueden decidir sobre lo que sucede en su propio cuerpo, porque ellas no tienen conciencia o no saben lo que hacen, es regresar medio siglo o más en la reivindicación de los derechos humanos de todas estas personas.

Cuestionar los derechos de las minorías en plena precampaña electoral es además muy peligroso, porque es aprovechar la ignorancia o la estupidez de muchos para ganar unos cuantos votos, pero a un costo muy grande para nuestro estado de derecho constitucional. Que todavía algunos se lo celebren, como una genialidad de su estrategia de campaña, significa que estamos olvidando para qué debe servir la política. En estos tiempos de gran confusión, contrasta la prudencia y apertura del arzobispo Aguiar. Que él invite a combatir la lepra de la discriminación y la intolerancia constituye una bocanada de aire fresco.

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