Vivo en las llamadas “colmenas de la M-30” de Madrid, que se han convertido en una imagen icónica de aquel urbanismo de la capital a medio camino entre Le Corbusier y la vivienda social de Falange. Proyectados por el arquitecto José Banús en los años 50, estos inmensos bloques de ventanas como panales debían servir para realojar a las clases bajas del poblado chabolista de La Ventilla, desmantelado para acometer el ensanche de La Castellana. Su feísmo magnético, y casi estético, ha hecho de las colmenas un escenario habitual del cine y la fotografía, de las películas de Almodóvar o Eloy de la Iglesia a los anuncios publicitarios, el último de los cuales, que presenta a un Billy Elliot del Atleti, data de hace solo unos días.

Vive mucha gente en las colmenas: alrededor de 20.000 personas, a razón de unas 78 viviendas por portal. Eso significa que tengo muchos vecinos que me han permitido desarrollar una cierta, así la llamo yo, sociología de ascensor. Las colmenas han cambiado bastante desde que fueran construidas en 1953. Si entonces eran casi una ciudad extramuros de la capital, que todavía no contaba con la M-30 ni con su parque de Las Avenidas, hoy es un barrio vibrante, lleno de comercios, con aceras ajardinadas y portales modestos pero cuidados. También con algún que otro puticlub.

Las colmenas tienen una vocación de comunidad y la dignidad de quien salió adelante en circunstancias difíciles. Casi todas sus casas son humildes y pequeñas, pero sus fachadas han ido revelando una voluntad remendadora: la incorporación de las terrazas a las viviendas y la renovación de la carpintería exterior dan cuenta de un progreso material de distintas velocidades y calibres.

Hoy, más o menos la mitad de mis vecinos son extranjeros. Tenemos un portero que vive en el bajo: es un español joven y algo tímido, casado con una chica latinoamericana con la que tiene un bebé. La colonia latinoamericana es la más numerosa en mi portal, compuesta en general por gente joven con hijos pequeños. Las tiendas del barrio han ganado con la inmigración sudamericana: los mercados se han llenado de frutas tropicales y en las pescaderías te ofrecen limpias las corvinas para preparar ceviche peruano.

También hay un par de familias rumanas, al menos una china, otras dos de magrebíes y una pareja interracial joven. La proximidad de la mezquita ha atraído a muchos musulmanes y ha enriquecido los comercios. Ahora, muy cerca de casa puedo comprar dolmas y baklava, y junto a mi portal hay una tetería regentada por unos sirios encantadores que ofrecen narguile sin tabaco. Hay además un negocio de arepas venezolanas y un colmado chino que abre hasta bien entrada la noche.

Estos nuevos vecinos de las colmenas conviven con los españoles que llegaron allí en los 50, hoy matrimonios mayores o señoras viudas. Muchos de los hijos de esta primera generación abandonaron el barrio alentados por las buenas perspectivas económicas, pero algunos se quedaron. Ahora tienen hijos adolescentes o veinteañeros que siguen viviendo con ellos y para los que el paso de la recesión ha dejado un panorama laboral complicado. Pienso en el hijo de mi vecina de abajo, un chaval retraído que siempre lleva la guitarra colgada a la espalda y que pasa las mañanas en casa poniendo rock progresivo a todo volumen.

Por último, hay una generación nueva compuesta por jóvenes que, bien viven en pareja, o bien comparten piso con amigos. Pienso ahora en un par de chicas risueñas, que suelen llevar un skate bajo el brazo y que se prodigan en caricias y atenciones con mi perra Angie. Estos días se habla mucho de la dificultad que encuentran los jóvenes para pagar su alquiler en Malasaña, pero lo cierto es que el joven mediano nunca ha podido permitirse vivir en el centro gentrificado. Su casa está en estos barrios que quedan fuera de la almendra central pero que ofrecen buenas comunicaciones y precios asequibles. Es también aquí donde mi novio y yo podemos pagar un piso con una fantástica terraza, por una cantidad que en Chueca nos abocaría a apretarnos en un piso angosto y sin luz.

Esta variedad de generaciones y orígenes se da cita más allá del ascensor, para trasladarse a los parques, a los comercios, a los colegios, a los bares y al gimnasio. Llevo un año viviendo en las colmenas y lo más reseñable que se puede decir del barrio es que es un barrio normal. La normalidad preside la convivencia y así creo que sucede en la inmensa mayoría de los barrios que se han convertido en destino de la inmigración en España. Una vez dije que para mí el patriotismo era el deseo de ser un buen anfitrión para quienes vienen de fuera, la ambición de que los recién llegados encuentren tu país hospitalario. Lo sigo pensando.

A muy pocos estados han llegado tantos inmigrantes como a España en la década pasada y casi ninguno los ha recibido con tanta serenidad. En un momento de gran auge de partidos de derecha populista y nacionalista en Occidente, es un pequeño motivo de orgullo poder decir que en nuestro país esos partidos no tienen representación parlamentaria. Aunque no cabe la complacencia: hay quienes señalan que la ausencia de conflictos en torno a la inmigración tiene que ver con un sistema que redistribuye de forma regresiva, de modo que las clases bajas españolas no tienen la sensación de estar compitiendo con los inmigrantes por los recursos públicos. Y tampoco podemos olvidarnos de todas las personas que se agolpan frente a la valla de Melilla, aguardando una oportunidad para acceder a Europa, o de quienes se dejan la vida en una patera tratando de alcanzar nuestras costas.

Esa falta de oportunidades explica que muchos de quienes llegaron a España a principios de los 2000 se marcharan con el estallido de la crisis. Los inmigrantes fueron los grandes perdedores de la recesión en Europa y EEUU, aunque a menudo están ausentes en su relato. El reto ahora es volver a poner en pie una economía pujante capaz de atraer esa inmigración tan necesaria para el país.

Llevaba tiempo rondándome la cabeza este artículo, cuando la actualidad ha situado la inmigración en el foco mediático. Primero, el asesinato de un niño a manos de una mujer dominicana dio origen a un tímido pero audible alegato xenófobo. Después, la trágica muerte de un inmigrante senegalés en Lavapiés dio pábulo a falsas acusaciones de violencia policial que desembocaron en disturbios. Ayer conocimos las imágenes que desmienten esta incriminación. El joven senegalés Mame Mbaye, que llegó a España en una patera y sobrevivía como mantero, padecía una cardiopatía congénita. Los agentes a los que se quiso imputar su muerte trataron de reanimarlo sin descanso hasta que pudo llegar el SAMUR.

Este país lo hacemos todos: los que nacimos aquí y los que vinieron en busca de un futuro mejor. A pesar del empeño de algunos, quiero pensar que España continuará siendo un ejemplo de convivencia en medio de las turbulencias nacionalistas que sacuden Occidente. Mbaye quería conseguir los papeles para poder trabajar legalmente en la construcción. Su sueño era ahorrar dinero para volver a Senegal con su familia, a la que no veía desde que llegó, en el año 2006. No lo consiguió. Su historia nos enseña que tenemos buenos agentes de policía, y también nos recuerda que debemos aspirar a ser mejores anfitriones.


 
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