El formidable relajo que siguió a la famosa marcación del penalti con el que Real Madrid se deshizo de la Juventus en el Bernabéu debe haber rendido jugosos dividendos en los lugares de reunión de aficionados. Y seguramente, la mayoría de las explicaciones técnicas en pro y en contra del señalamiento del árbitro inglés Michael Oliver tuvieron un trasfondo de simpatía o antipatía hacia los merengues: en tiempos de polarización universal entre partidarios del Real Madrid y el Barcelona, es seguro que no hubo culé que dejase de negar que hubo falta (de Benatia sobre Lucas Vázquez) ni madridista que dejara de ver un penal del tamaño de la catedral de la Almudena. Lógicamente, por ese camino no se llega a ningún lado.

O sí: al bar de la esquina, para seguir discutiendo hasta el infinito, pero con la garganta bien refrescada.

¿Habría servido el VAR? Pero el caso es que la gente juiciosa –que también la hay– no quedó menos dividida en sus apreciaciones. Y es de esos aficionados de donde primero partió la pregunta: ¿Por qué demonios no hay VAR en los torneos europeos?  Si hasta la FIFA, por boca de su presidente, ha clamado por la necesidad de implantarlo. Supongamos entonces que estuviese ya en funciones: ¿habría evitado las interminables disputas que colorearon la semana? Pensemos que una de las razones de las mismas estuvo en la incapacidad de las escenas registradas por docenas de cámaras de video para aclarar el punto.

Yo mismo me pregunté qué hubiera hecho de tener en ese momento un silbato de réferi en la boca. Lo primero que se me ocurrió fue que probablemente habría marcado un tiro libre indirecto dentro del área (de ésos sobre cuya existencia las generaciones jóvenes seguramente no tienen ni noticia, puesto que hace años que no se señala uno ni por equivocación). Pero rectifiqué enseguida: según el reglamento, un indirecto se pita cuando exista “juego peligroso”, sin contacto físico entre el que incurre en él y el adversario cercano. Y resulta que Benatia sí toca a Lucas por detrás, aunque tan levemente como evidencia la caída en cámara lenta del español.

Revivamos la escena: el defensa marroquí de la Cebra turinesa hace intento de jugar un balón que Vázquez, frente a la portería y con Buffon corrido a la izquierda, se aprestaba a empujar dentro del arco; para impedírselo, debió estirar su pierna izquierda, pasarla rozando el costado izquierdo del atacante sin desestabilizarlo, y poner la bola fuera de su alcance tocándola antes de que se produjera el remate. Así de complicado fue todo.

Ahora bien: si Benatia efectivamente llegó a tocar el balón, carece de importancia el encuentro posterior entre su cuerpo y el del madridista –apenas un roce, aunque al contacto, Lucas se dejara caer. Pero si, por el contrario, intentó jugar esa pelota pero no alcanzó a hacerlo debido a la dificultad del lance, entonces Oliver tuvo razón en señalar el manchón blanco porque el contacto entre ambos se vuelve fundamental, el defensa no tocó balón y el delantero se vio imposibilitado de rematar el recentro que Cristiano dejó muerto y botando delante de la meta juventina. Demasiadas condicionantes, que numerosas cámaras captaron sin llegar a aclararnos si Banatia tocó o no esa bola. De modo que, aún con VAR de por medio, infinitas discusiones y desacuerdos habrían sido inevitables.

Lo impensado. Luego del 3–0 de la ida, lo que menos hubiera podido suponerse fue que el multicampeón italiano le devolviera al Madrid la paliza. El asunto es que se llegó al minuto 92 con el global igualado a tres (dos frentazos magistrales de Mandzukic –2’ y 37’– y garrafal error de Keynor Navas aprovechado por Matuidí a los 60’). El error de Allegri fue contener a su equipo en vez de aprovechar el desconcierto madridista. Y el de Buffon hacerse expulsar por su vehemente protesta a la marcación de aquel penalti en tiempo de descuento. Por cierto, Oliver no le mostró la roja a Benatia por haber impedido con falta –según el árbitro– el remate de Lucas ante la puerta vacía.

Tras la eliminación de la Juve y sin que el duchazo serenara su animosidad, Buffon soltó ante las cámaras una letanía completa contra el silbante inglés, a quien terminó por enviar a comer papas fritas y beber Coca Cola en la tribuna, lo más lejos posible del césped del Bernabéu.

La sorpresa. Si en el Bernabéu estallaron las pasiones, el Olímpico romano fue marco de la mayor sorpresa. Alguien –un partidario del Madrid, digamos– podía pensar en una victoria de la Roma. Pero prácticamente nadie en la eliminación del Barcelona. Su 4–1 de la ida, su trayectoria invicta en la liga nacional –el sábado, ante el Valencia, rompió la marca de partidos sin derrota–, la presencia de Messi y Suárez, la reaparición de Busquets, la solidez de Ter Stegen, todo era parte de la segura calificación azulgrana. Y resultó que no. Que el barça fue un visitante timorato desde el principio, y lo siguió siendo conforme caían los tantos romanistas que le destrozaron el sueño del triplete. Al revés de lo sucedido en el Camp Nou –donde la Roma se autoinmoló con dos autogoles y dos servicios de gol gentilmente cedidos a los catalanes–, fueron precisamente quienes batieron su propia meta allá –De Rossi (58’, en penal de Piqué sobre Dzëko) y Manolás (82’)– los anotadores de dos de los tres tantos granate en la vuelta. Antes, el bosnio Dzëko había abierto el marcador (6’) arrastrando a los centrales blaugranas como si fueran sus hijos. Principio de una noche negra de la zaga visitante. Cuyo ataque prácticamente no existió.

Nada que objetar, pues, a la debacle del Barcelona.

Nostalgias del VAR. Al equipo de Guardiola sí que lo machacó el árbitro turco a cargo del ManCity–Liverpool del martes. Porque, efectivamente, el gol de Sané  –que habría puesto las cosas 2–0– estuvo mal anulado (de ahí la expulsión del catalán). Y hubo por ahí un posible penal dentro del área de los portuarios que no se señaló. Pero al revés de lo ocurrido en Madrid, el Liverpool se encargó, en el segundo tiempo, de convertir en mera anécdota tales yerros arbitrales. La defensa ciudadana hizo agua en serio y primero Salah (58’) y más tarde Firmino (77’, desarmando a Otamendi como a un niño) sellaron la victoria del visitante y su calificación a semifinales.

Bayern, sin brillo. Al gigante alemán le bastó un 0–0 en casa para eliminar al Sevilla. Fue el reverso de los tres apasionantes duelos ya relatados. En el Múnich Arena no pasó nada.

Semifinales. El sorteo deparó el enésimo Real Madrid–Bayern y el tercer choque entre Liverpool y Roma de la historia. En cuanto a la UEFA, la semifinal más atractiva será un Atlético de Madrid–Arsenal, con el duelo Marsella–Salzburgo como complemento. El Red Bullo austriaco es la sensación. Luego de despacharse al Lazio con tres goles en cinco minutos cuando nadie daba tres dos cacahuates por su suerte (6–5 global). Alético sufrió más de la cuenta en Lisboa (1–0 Sporting para 2–1 global) y Arsenal puso orden en Moscú (2–2) cuando el CSKA parecía capaz de la hazaña, pues había tomado ventaja de dos goles (6–3 global). En Marsella, el local trituró 5–2 a un bravo pero limitado Leipzig (5–3 la suma).

Triste adiós. Aguerridas pero sin luces, lo típico en equipos del “Piojo” Herrera, las Águilas del América se despidieron sin pena ni gloria de la Concachampions. No pudieron con Toronto ni en Canadá ni en el Azteca. Marcó Osorio para la visita (11’) y, aun contando alguna acción discutible de la defensiva del Toronto dentro de su área, el empuje desordenado de los de Herrera contrastó con el orden defensivo del visitante, equipo seguro y sólido donde los haya. Incluso el penal que ya en tiempo de descuento metió Uribe dejó dudas en cuanto a la existencia de la falta (92’). Pareció simple cortesía, una mera concesión al local del árbitro importado de Uzbekistán para la ocasión.

De nuevo el VAR. Para desconsuelo de los americanistas, el finalista mexicano del torneo regional será el Guadalajara. Con Rodolfo Cota como figura de la noche y jugando un flojísimo partido, las Chivas se las arreglaron para mantener el 0–0 que los calificaba. Puede decirse que NY Red Bull arrolló, con un juego tan vigoroso como ciego, y que al final, el 1–0 de la ida prevaleció. A las atajadas de Cota, sumadas al buen oficio del veteranísimo Salcido, se unió la complicidad del silbante guatemalteco, que ignoró clarísimo penalti de Brizuela sobre Wright–Phillips y probables manos dentro del área de Erwin Hernández.

Este martes, el Rebaño rojiblanco visita Toronto abriendo la doble final.

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