Gran alboroto popular y mediático por la coronación del Guadalajara en la Concachampions, como si fuese novedad el triunfo de un equipo mexicano en dicha instancia regional, que ya hasta el Cruz Azul ganó alguna vez, hace no tanto. Para más inri, la final se tuvo que decidir mediante lanzamientos desde los 11 metros, luego que Toronto venciera en casa del Rebaño, devolviéndole el 1–2 de la semana anterior.

De lo que poco se habla es de que Jorge Vergara les debe a los jugadores los premios prometidos tras su doble triunfo –liguilla y copilla– de hace más de un año. Para que salieran el martes al campo les adelantó un miserable 3 por ciento del adeudo. El título reciente va acompañado de gruesa suma en metálico, pero el tipo no suelta prenda, y los flamantes campeones hablaban de declararse en huelga. Pero, imitando a su patrón, incumplieron lo prometido.

El partido. El cuadro canadiense no sólo impuso su físico –notoriamente superior– sino un mejor juego de conjunto. Y pese a tener menos el balón, supo manejar el partido a su conveniencia y su victoria pudo ampliarse justo al final del descuento, cuando Delgado malogró una gran jugada de Giovinco al rematar alto estando solo y a bocajarro. El habilidoso italiano fue, con Pizarro, la mejor figura del encuentro, marcó el gol del pírrico triunfo (43’; antes, a los 24’, había anotado Alditore, en plena confusión defensiva del Guadalajara) y nunca pudo ser controlado por el mediocampo y la zaga tapatíos.

Pizarro, por su parte, merced a su estupendo dominio de los tiempos, el campo y el balón, fue oxígeno puro para el voluntarioso once rojiblanco y en muchos momentos llegó a desesperar al correoso visitante. También fue quien le sirvió a Orbelín el precioso servicio que Pineda –¿fuera de juego?– aprovechó para abrir el marcador (16’), aunque no lograra impedir una derrota que dejaba la decisión a los tiros de desempate, en que Osorio sacudió el larguero de Cota y Bradley, increíblemente, puso el balón en órbita, mientras por las Chivas ninguno falló: a Alanís por poco se lo detiene Bono, pero contra la maestría en las ejecuciones de Godínez, Pulido y Saldívar nada pudo hacer. De ahí el 4–2 desde el punto de penal que puso este título en las vitrinas del Guadalajara, tan repletas de trofeos antiguos como escasas de logros procedentes de las últimas cinco décadas.

Orgía goleadora en Anfield. En la Champions europea, el nombre propio de la semana es Mohamed Salah –25 años, egipcio, interior por derecha, transferido hace un año a precio de ganga de la Roma al Liverpool y autor el martes de los dos primeros tantos reds–, pero el espectáculo global en Anfield fue para recordarse por años y años: un estadio entero levitando de felicidad, cantando a coro y tremolando bufandas –la cubierta retráctil como gigantesca caja de resonancia–, mientras gozaba con el despliegue irresistible del 11 local frente a la impotencia y azoro del visitante, y subrayado todo por el contraste entre el rojo intenso y el blanco desteñido de los uniformes de uno y otro, y la sensación de que estaban a punto de reventar todas las marcas de goles a favor para una semifinal por la Copa de Europa, ilusión frenada a última hora por la inesperada reacción de la Roma que bien pudo convertir el 5–0 en un 5–3 que habría abierto en canal la eliminatoria con vistas al choque de vuelta. Lo esencial es que en el viejo y remozado Anfield se vivió una catarata de emociones propia de épocas menos mediáticas y más conectadas con esa épica que tanta gloria y singularidad ha dado al futbol y a sus seguidores.

El caso es que Roma tuvo, además de buen cierre, un principio de partido de líneas adelantadas y balón controlado sin apuro, con alguna llegada peligrosa inclusive. Fue entonces cuando Salah tomó las cosas por su cuenta, pisó el área por la entreala derecha y enganchó con serenidad y cálculo el colocadísimo remate angulado que abrió el marcador (34’). A partir de ahí, la velocidad mental y física de los reds desbordó a los romanos y descosió el partido, siempre con el egipcio como héroe de la causa. A los 44’ repitió, en un rápido contragolpe comandado por Firmino y toque sutil sobre la salida de Alisson. Y tras el descanso, Liverpool desató un ataque tras otro ante la pasividad de una Roma totalmente superada. Salah siguió siendo protagonista, ahora en la modalidad de autor del par de medidos servicios que trajeron los goles de Mané (54’) y Firmino (60’), que redondearía la paliza cabeceando un córner lanzado por el egipcio (67’). Vinieron los cambios que dieron cuerda a la Roma (entre ellos el de Salah) y con ellos las anotaciones de Dzeko (80’, notable) y Perotti (84’, penalti). E incluso alguna nueva aproximación romana, que sin embargo no compensó las numerosas ocasiones malogradas por el Liverpool durante su largo y avasallador dominio de más de una hora.

Bestia blanca. En Múnich, nadie se explicaba los porqués de la pasividad de un Bayern incapaz de hacerle cosquillas a ese Madrid seguro y confiado, que desde el arranque se plantó mejor sobre el terreno y terminó la lucha como vencedor inobjetable. Claro que Heynckes –de por sí mermado su equipo por las ausencias de Alaba y Neuer– perdió muy temprano a Robben y Boateng, lesionados, y aunque Kimmich abrió la cuenta a la media hora de juego (error de Keylor al descuidar su primer palo), el control lo tuvo siempre el cuadro merengue, que empató con inesperado zapatazo de Marcelo desde el borde del área (44’), y más tarde aprovechó una pifia de Rafinha en territorio madridista para clavarles el de la victoria, en contragolpe perfectamente llevado por Lucas Vázquez que el joven Asencio coronó ante Ulreich con frialdad de veterano (56’).Lo demás casi fue coser y cantar. Y cuando amenazó de cerca Ribery –el único del Bayern que se acercó a su verdadero nivel–, ahí estuvo Keylor Navas, transformado en un valladar infranqueable. Con lo que la tercera orejona al hilo se otea en el horizonte madridista.

También el Atlético. En la Europa League, la semifinal cumbre se libraba entre el Arsenal y el Atlético de Madrid, de visita en Londres. Con 10 desde el minuto nueve –segunda amarilla a Vrsaljko, dudosa la primera–, el equipo de Simeone se batió en retirada el resto del encuentro (salvo por un slalom de lado a lado del ghanés Thomas, con remate de Greizmann y gran defensa de Ospina, a los 42’). Pero la defensiva atlética resistía y el envolvente futbol de los de Wenger, guiados por Özil, carecía de filo: o remataban desviado cuando conseguían ponerse a tiro, o topaban con Oblak, sublime toda la noche.

La segunda parte se jugó, prácticamente, en territorio español. A Simeone, el árbitro francés lo había expulsado. Godín, su capitán, encabezó la épica resistencia. Incluso cuando Lacazette la rompió cabeceando desde cerca un centro de Özil tras balón perdido por Griezmann (61´). Lo que siguió fue sangrante para el Atlético, con todo el estadio encima y el Arsenal convertido en martillo que percutía una y otra vez sobre el área de Oblak. Se sucedían los corners, Lacazette cabeceo uno de ellos apenas desviado, Welbeck no llegó por muy poco a centro cerrado de Bellerin, el gran lateral derecho de los gunners. La zaga atlética se multiplicaba, la figura de Oblak se agigantaba. Y en ésas…

En ésas, con todo el Arsenal al ataque, un pelotazo largo de Giménez, puramente defensivo: Koscielny, último zaguero, se adelanta a Griezmann, pero al intentar el rechace hacia atrás se la da al francés, que se fuga y enfrenta solo a Ospina, éste consigue amortiguar su remate, pelota suelta que Mustafi parece rechazará in extremis, pero se resbala y Griezmann, que ha seguido la acción, la pone dentro (81’).  Puede que sea el resultado más injusto del año, puede que Ramsey lo hubiera mitigado con un cabezazo mortal a los 87’ de no estar el felino Oblak atento. Pero el caso es que Atlético sacó un resultado precioso, y cuenta con todo a su favor para definir este jueves en casa.

En la otra semifinal Marsella le ganó 2–0 en su Velódromo al sorprendente Salzburgo. La cámara demostró que el gol abridor Thauvin lo “cabeceó” con la mano (17’), encaminando a los galos hacia la victoria sobre el modesto pero alegre conjunto austriaco, misma que N’jie remachó a los 63’ tras perfecta pared con Dimitri Payet, el hombre del partido.

Una más de Trump. Ni idea tiene el señor de los tuits de qué sea eso de futbol. Pero acaba de gastarse la puntada de amenazar a los países que “no voten por la candidatura de EU–Canadá–México” como sedes compartidas del mundial 2026 con retirarles cualquier tipo de apoyo, pues “no podemos tratar como amigos a nuestros enemigos”. A ver qué opina la FIFA, que tiene estrictamente prohibida cualquier intromisión gubernamental.

Por cierto, México está ahí de relleno, destinado a servir como escenario de no más 7–8 partiditos intrascendentes en caso de que la triple propuesta prospere. Por pura dignidad, la Femexfut debería dejar esa especie de TLC balompédico, tan inequitativo como el otro.

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