Los partidos decisivos de la semana fueron de los que mantienen al espectador al borde la butaca y en la antesala del infarto. Pero sus resultados los adulteraron yerros arbitrales que van mucho más allá de lo normal y tolerable. Mal asunto. Porque si el futbol va a convertirse en una ruleta rusa a gusto de los silbantes –o lo que haya detrás–, y si la justicia deportiva va a depender cada vez más de la vista o los reflejos o los antojos y preferencias de un solo individuo –o de lo que haya detrás–, apaga y vámonos.

El recurso a la revisión (VAR) ya se aplica en determinadas ligas europeas (Alemania, Italia y otras). También estará presente en Rusia 2018. Pero la UEFA se resiste a utilizarlo en sus torneos de élite, donde se ofrece el mejor futbol del año, mientras la gente del Real Madrid se sonríe socarrona y la publicrónica se esfuerza por tranquilizar conciencias arguyendo que “los árbitros también son humanos”. Precisamente por eso –porque humanos son, para lo bueno y para lo malo– es urgente instrumentar ya las ayudas electrónicas. Y codificarla no para retacear partidos a cada paso sino para revalorar la justicia deportiva. Resumir las semifinales de la Champions como “Robo en Madrid; robo en Roma”, según hiciera un cronista de ESPN, podrá ser todo lo políticamente incorrecto que se quiera pero expresa la pura verdad. Partidos de gran trascendencia desnaturalizados sin más. De haber seguido los árbitros de turno lo que marca el reglamento, otros habrían sido los finalistas para el 26 de mayo en Kiev. Mas como mucho pesa la camiseta del Real Madrid y muy poco la de la Roma, allí estarán los merengues y el Liverpool. Y que el Bayern y la Loba se entretengan en rumiar los agravios del arbitraje. 

Y lo mismo vale, dentro del otro torneo de la UEFA, para la semifinal en que Olympique de Marsella eliminó al Salzburgo. Y también para la liguilla local en marcha. Una vergüenza.

El drama de la impotencia. Si en Múnich, ocho días atrás, el Madrid mantuvo a raya e hizo ver mal al Bayern, ganándole la ida en buena lid, la vuelta puso en la picota del ridículo a los encargados de impartir “justicia”. Muy superior como equipo el de Heynckes, los de Zidane, encerrados atrás durante todo el segundo tiempo, se encomendaron a Keylor Navas y su repertorio de atajadas, desviadas y felinos rechaces que permitió que preservaran el 2–2 para descabalgar con global de 4–3 a los alemanes. Éstos se habían puesto en ventaja muy temprano, con Kimmich aprovechando un despeje fallido de Sergio Ramos (3’), Madrid devolvió el golpe en centro pasadito de Marcelo que Benzemá, libre de marca, no tuvo inconveniente en cazar de certero frentazo (11’). Y en ésas estaban cuando Marcelo, dentro de su área, manoseó descaradamente un centro de Kimmich sin que el turco Cakir señalara nada; cierto que su colocación no era la óptima para apreciar la mano del brasileño, pero su abanderado lo tuvo a la vista y, peor aún, el juez de meta se encontraba a tres metros y de frente a una acción que, al contrario de la de Benatia sobre Vázquez el día del Madrid–Juventus, fue penalti a los ojos de todo mundo. Sin discusión. Sin polémica. Pero sin que el cuerpo arbitral se diera por aludido. 

Vendría luego ese segundo tiempo –abrió con otro gol de Benzemá, obsequiado en surrealista despiste por Ulreich, el meta del Bayern (46’)–, que en realidad fue un monólogo alemán, resistido por el Madrid porque su arquero se comportó colosalmente, y porque los supuestos artilleros Müller y Lewandowski, en varias oportunidades que tuvieron, parecían de la delantera de Lobos BUAP. Así, aunque James Rodríguez pudo vencer en dos tiempos a Navas (63’), el esfuerzo de los hombres de rojo no consiguió derribar el muro blanco. Y ahora, el Madrid parece tener las mejores cartas para la final.

En drama de la cataratas. El Niágara entero le nubló la visión al juez de la semifinal Roma–Liverpool. Damir Skovina se llama, es esloveno y nunca se enteró del penal de Niklaus sobre Dzeko ni de la mano de Arnold que impidió que el remate a bocajarro de El–Shaarawi se colara sin remedio. Los goles romanistas que rompieron el empate a dos caerían en los estertores del partido (86’ y 94’, ambos de Nainggolan, el segundo de penalti). Curiosamente fue el doble anotador quien, con desacertada entrega hacia atrás, había propiciado la temprana apertura del marcador, un fusilamiento de Mané a servicio de Firmino (9’), aunque al poco rato un centro cerrado de Dzeko fue despejado in extremis por Lovren estrellándolo en su compañero Milner, autor casi sin enterarse del autogol (1–1 a los 15’). El juego se hizo entonces de ida y vuelta, Roma atacaba sin perder el estilo y Liverpool respondía a su vertiginosa manera, hasta que Wijnaldum, a la salida de un córner, se encontró en el área chica con desacertado cabezazo hacia atrás de Dzeko  –“ayudado” por un empujón de Mané– y peinó el regalito a la red (25’).

El segundo tiempo reveló la bipolaridad de los reds, un ciclón cuando atacan pero incapaces de dormir el balón cuando así conviene. De modo que, con el global a su favor (7–3), se echaron atrás para simplemente dejar que corriera el tiempo. Y como su defensa presenta demasiados huecos, el Roma se puso a tiro y solamente el esloveno del silbato le impidió la remontada. Primero, cambiando por fuera de juego (inexistente) evidente penal del meta Karius sobre Dzeko –que ya había empatado a dos contrarrematado un rechace del portero (52’)–, y hacia el final convirtiendo en tiro de esquina las manos de Arnold sobre la línea de meta que salvaron de otro gol a los ingleses. Los dos de Nainggolan para sentenciar el insuficiente 4–2 se derivaron de un cañonazo bajo desde el borde del área que pegó en el poste derecho y se coló, y un penal de última hora por manos de Klavan a gambeta corta de Ünder, que cazó un balón largo. Dos remates impecables del belga. 

Razón tuvo la prensa italiana al señalar que, de operar el VAN para los torneos de la UEFA, la final de Kiev sería Roma–Bayern y no Real Madrid–Liverpool.

Más de o mismo. La Liga de la UEFA también coronaba sus semifinales. Y el Atlético de Madrid, con gol de Diego Costa (40’), se deshizo de un Arsenal entregado a un tejido insulso y sin destino. Pagó la mala noche de Özil, Ramsey y Lacazette, mientras Gaby matoneaba a discreción, Godín comandaba una defensa inexpugnable –Oblak ni se despeinó– y Costa y Greizmann se bastaban y sobraban para sembrar el pánico en la zaga londinense, a pesar de que el 80 por ciento del encuentro se libró en territorio atlético. Allí el VAR no tenía nada que hacer, todo fluyó claro como agua de manantial.

No así en Salzburgo. Entre otras cosas porque el tanto ganador del Marsella –en tiempos extra, pues el toro rojo había devuelto el 2–0 adverso de la ida– se produjo sobre el lanzamiento de un córner que no era (Rolando, 116’). A mayor abundamiento, el árbitro le había perdonado unas manos en el área clarísimas a la defensa local en el primer tiempo. El infractor por partida doble es ruso y se apellida Karasev. Y el VAR sigue esperando.

También en CU. Las autoridades de la FMF había anunciado que “la liguilla del Clausura contaría con VAR”. Palabras al viento. Y ahí tiene usted al árbitro Santander inventándose ese primer penalti que puso sobre rieles la victoria del América en el México 68. Tan aplastante a la larga (4–1) que hasta perdió importancia el obsequio. Pero de que influyó, influyó. Del resto de la liguilla sobresale la eliminación del Monterrey por un Xolos mucho más práctico y decidido. Le puede costar el puesto a Mohamed. Los otros favoritos ya están en semifinales. Lo que no significa que hayamos visto nada sublime. Al contrario.

La gente, que no es tonta, no llenó ninguno de los ocho escenarios. Si a la liguilla éstos le quedan grandes, vaya usted a saber las razones de la gavilla para vetar el ascenso a Primera de Tapachula, que lo ganó limpiamente, aduciendo el cupo de su estadio.

México, fuera de la Copa América. En el torneo de selecciones nacionales a celebrarse en Brasil el próximo año –el único de real importancia con que cuenta este continente–, el Tri no estará. Así lo comunicó oficialmente la Conmebol, añadiendo que los únicos invitados externos van a ser Japón y Qatar. México había participado ininterrumpidamente en las 10 últimas versiones de dicho certamen, de Ecuador 93 a la Copa Centenario 2016. Fuimos subcampeones en 1993 y en 2001, y terceros de América en Bolivia 97, Paraguay 99 y Venezuela 2007. Y cuando la publicrónica embestía con fiereza a la Conmebol por excluirnos, resulta que fue la Femexfut quien se excusó de participar, aduciendo incompatibilidad de calendarios con la Copa de Oro de la Concacaf.

Primero fue la Libertadores. Ahora, la Copa América. En pleno retroceso, el futbol mexicano se refugia en la Concacaf  y sus torneos moleros. ¿A quiénes se parecerán los del club de gavilleros mejor conocido como FMF? ¿A los prohombres del Consejo Mexicano de Negocios o al ogro populista? Para no equivocarse, siga el olor del dinero.

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