Habría que hurgar a fondo en los pormenores de las 63 versiones que suma ya la Copa de Europa (hoy Liga de Campeones) para encontrar una final que contenga siquiera un poco del cúmulo de rarezas que señalan al partido del sábado como uno de los más estrafalarios y atípicos de su historia. Desde luego, es dudoso que pueda encontrarse otro peor jugado. Y en cuanto a los méritos del vencedor, varios se habrán coronado campeones sin merecerlo, pero en esta final de Kiev ninguno de los dos oponentes pareció capaz de ganar por las buenas, y la diferencia de dos goles en favor del Madrid suena más a exabrupto del azar que a reflejo de lo ocurrido en la cancha. Hasta el protagonismo de Bale y Benzemá –sin duda los dos mejores sobre el campo– contradice las previsiones que los situaban a ambos prácticamente fuera del equipo blanco dado su precario rendimiento previo, señalado además por Zidane al marginarlos frecuentemente de sus alineaciones. Y para acabar de llenar de opacidad el desenlace, resulta que es Cristiano –de fantasmal desempeño en Kiev– quien se declara inconforme con el trato recibido del club, y una de las notas fuertes del día lo ubica en aparente pugna con el presidente Florentino Pérez, con quien al parecer tuvo un áspero intercambio de palabras mientras sus compañeros celebraban el tricampeonato sobre el propio terreno de juego.

El depredador de Sevilla. Nacido en Camas, pueblecito aledaño a la ciudad de la Giralda, el capitán merengue Sergio Ramos se ha caracterizado por su elevado protagonismo en las cuatro finales de la ChL ganadas por el Madrid entre 2014 y 2018: en Lisboa, suyo fue el gol que revivió a los blancos frente al Atlético cuando, en el famoso minuto 93, cabeceó un centro medio perdido y le marcó a Curtois un empate con el que ya no contaba nadie, antesala de la contundente victoria madridista que llegaría con la prórroga. En 2016, encabezó con dos tantos la goleada de su equipo en la semifinal de Múnich, y luego clavó el lanzamiento decisivo desde los 11 pasos que dejó con un palmo de narices a, nuevamente, el aguerrido conjunto colchonero de la misma capital española.

Esta vez, el protagonismo de Ramos tuvo distinto signo pero no menor trascendencia: sabedor de la importancia de Mohamed Salah como alma, conductor y finalizador eximio de las ofensivas del Liverpool, desde el primer minuto lo tomó por su cuenta. Y cuando se cumplían 24 de juego, le aplicó una llave de lucha libre de la que resultó el egipcio con la probable luxación del hombro izquierdo que lo sacó del partido. Hasta ese momento, el extravío del campeón defensor era total y no se le auguraba nada bueno, con los reds encima y combinándose a la ofensiva con una rapidez algo atolondrada pero difícilmente descifrable para la zaga hispana (a ese periodo corresponde la gran atajada por abajo de Keylor Navas que sería a la larga su única intervención de peso en la noche ucraniana). Pero una vez eliminada por el carnicero de Camas la pieza clave del once inglés, el Madrid encontró al fin respiro, al tiempo que el Liverpool entraba en una fase de descomposición anímica y futbolística de la que ya no se repondría. En eso estaban –peloteo vulgar, ya con el Madrid dueño del balón– cuando terminó el primer tiempo. Sin goles y en medio de la decepción general.

El factor Karius. Loris Karius, nacido en Alemania en 1993, llegó al Liverpool en mayo de 2016 a solicitud de su paisano Jürgen Klopp, que de inmediato le entregó la titularidad. Juvenil aún, había debutado en el Manchester City sin conseguir el puesto, y cuando debutó al fin en la bundesliga, le costó un mundo hacerse titular en la portería del modesto Maguncia. Su vuelta a la Premier constituía, pues, un salto cualitativo en su trayectoria, y la actual campaña del Liverpool pareció darle la razón a Klopp, porque sin ser un portero de élite ni mucho menos, su regularidad era una garantía: el típico arquero que, sin estar hecho para grandes hazañas, se contaba con que detuviera todo lo parable y supiera infundir confianza a sus compañeros.

Pues bien: resulta que el serio y eficiente guardameta nacido en Biberach tuvo el sábado su noche más negra. Y la diferencia final del marcador en favor del Madrid la edificó a pulso con un par de pifias parvularias que, más que de final europea, fueron errores de patio de colegio que habrían ruborizado al último de la fila de los torpes. Pues si increíble fue su pretendida cesión con la mano aparentemente destinada a su lateral derecho que Benzemá interceptó con un simple taponeo de rutina cuyo rebote terminó en el fondo de la red inglesa (51’), su impresentable modo de atacar a dos manos el lejanísimo balonazo de Bale que terminó introduciendo en su propia meta solo puede creerlo quien lo haya visto, porque ni el terreno amateur sería admisible (83’). Decir sencillamente que el arquero de Liverpool jugó de espía y le regaló al Madrid los dos goles de su victoria en Kiev es quedarse corto, pero el limitado lenguaje de la crónica futbolística no ha desarrollado hasta el momento vocablos capaces de dar con el nombre exacto de semejante clase de yerros. Los mismos que convirtieron a Loris Karius, en un día crucial para su carrera, en el ser más desdichado del planeta futbolístico.

El factor Bale. Entró al campo por Isco mediada la segunda parte. Y suyo fue el golazo que deshizo el empate a uno, logrado ante Navas por el oportunismo de Mané (55’). Corría el minuto 64 cuando Marcelo centró desde la izquierda sin mayor claridad, cuidando solamente de poner el balón por elevación dentro del área. Mas el que se elevó, de espaldas al arco y al pasto y de cara al cielo y a la historia, fue el zurdo nacido en Cardiff, cuya chilena resultó un poema de precisión y belleza, geométrico izquierdazo combado que estremeció la red más cerca del travesaño que del poste derecho de Karius, batido sin remedio por la exactitud y contundencia del experto en balística en que instantáneamente se reveló Gareth Bale. Y como el galés tenía el santo de frente, ya hemos visto cómo el tercer y definitivo tanto madridista saldría también de su empeine izquierdo, contando, eso sí, con la inexplicable colaboración del atribulado guardameta germano.

Si al sonar el silbatazo final no había en el mundo hombre más feliz que Bale, el pobre Karius purgó una larga penitencia tirado en el césped con la cara cubierta y sin que nadie se animara a consolarlo, así de anonadados todos luego de su increíble par de barrabasadas. Aunque luego, en gesto harto encomiable, la numerosa porra llegada del puerto inglés como garantía de que el Liverpool “nunca caminará solo” le dispensó a su calamitoso guardameta un largo aplauso de consolación cuando al fin se animó a cruzar la cancha para despedirse de ellos con ademanes de disculpa.

¿Tácticas, decía usted? La mejor demostración de que esta finalísima valió dos cacahuates está en la casi imposibilidad de descifrar las tácticas utilizadas por Zizou y Klopp para afrontar el compromiso. Lo más parecido a una estrategia duró poco más de 20 minutos –los que estuvo Salah en la cancha– y mostró a un Liverpool en actitud abiertamente ofensiva, combinándose sus delanteros con la rapidez habitual pero sin encontrar resquicios en la zaga de un equipo merengue retrasado por necesidad y falto de ideas para romper el cerco. Pero ahí estaba Sergio Ramos para resolverle el galimatías.

Porque a partir de la sustitución del egipcio por Lallana –que para efectos prácticos fue como si no existiera– llegaría el caos para el grupo de Klopp, que nunca atinó a enmendarlo. Y el Madrid pasó a tener el balón pero sin saber qué hacer con él, mientras el Liverpool se defendía a duras penas, más o menos firme atrás y con Mané como única esperanza ofensiva –fue el mejor de su equipo y además del gol estrelló un remate en el poste derecho de Keylor–. Hasta que, en medio de esa nada, Karius se hizo presente y les resolvió el partido para los blancos, orgullosos tricampeones sin saber bien a bien cómo.

Montecarlo: Glamour y monotonía. Fecha de lujo en el calendario de la Fórmula 1, el GP de Mónaco exhibe a la aristocracia europea en pleno tanto como dificulta los rebases a través de su bello circuito callejero, por lo que los puestos de arrancada otorgan demasiadas garantías a quienes hayan sabido conquistarlos durante las pruebas de clasificación. Todo eso ya se sabía, lo que no estaba en las previsiones fue que precisamente los punteros iban a encontrar tal cúmulo de dificultades técnicas en sus autos que, debido a su lentitud, la ruta duró más de lo usual y el aburrimiento hizo presa hasta de los mismos pilotos. Ganó Daniel Ricciardo (Red Bull), lo siguió Sebastian Vettel (Ferrari) y completó el podio Lewis Hamilton (Mercedes), a cambio de recetarnos una carrera desprovista de olor, color y sabor. En la que Checo Pérez tuvo en contra hasta a su equipo de mecánicos –terminó 15º–, al contrario de su coequipero Ocon, que gestionó un meritorio sexto puesto, detrás de Bottas y Raikkonen. Todo lo demás fue perfectamente olvidable. Casi como la final de Kiev.

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