Costumbre que data de 1998, esta columna reaparece cada cuatro años. Faltan pocos días para que comience la XXI Copa del Mundo, rodeada de sórdidas sospechas en cuanto al modo en que fue votada y conseguida. Y es que el afán por separar política de deporte, según acostumbran pregonar en tono de salmodia los dirigentes del COI y la FIFA –por mencionar solamente a las dos transnacionales que gobiernan el deporte a nivel planetario–, es una de las utopías más improbables y desprestigiadas que se conocen, el discurso consabido que ya no hay quien se trague. Así como hubo un mundial–Mussolini y un mundial–Videla y hasta una World Cup 66 a la medida de los intereses de Inglaterra, toca hoy turno al mundial–Putin, concebido desde sus turbios orígenes por uno de los políticos más hábiles y astutos del siglo XXI. Solo que, a diferencia de aquellos otros, no dispondrá el local de un equipo siquiera mediano, susceptible de ser catapultado hasta la cima por el stablishment político–arbitral que tradicionalmente toma tales tareas a su cargo. Con todo y VAR, eso sí, habrá decisiones discutibles y hasta impresentables. No solo porque el novedoso sistema, tal como está planteado, tiene limitaciones muy claras, sino porque la trampa siempre formó parte de la tradición mundialista.

En el fonfo, nada de eso afecta el devenir del universo. Pero se trata del mundial, y su advenimiento posee desde hace muchas décadas la virtud de paralizar la vida cotidiana en los cinco continentes, postergando en el ánimo de la gente todo lo que no sea seguir, al borde de la taquicardia, los caprichosos botes de un balón que viaja de pie en pie o va de nadie a la nada hasta estrellarse en una red rectangular y conseguir con ello que estalle en un instante la felicidad de unos y la desdicha de otros. Un mes justo durará la justa, antes de devolvernos a la vida municipal y espesa de todos los días. Por lo menos hasta la próxima tregua futbolera, dentro de otros cuatro años. 

Doble salto en el tiempo. A la selección mexicana de futbol, aún no conocida como El Tri, le tocó inaugurar la I Copa del Mundo, en el Parque Pocitos de Montevideo, un 13 de julio de 1930. Y a los 19 minutos justos recibir el primer gol en la historia de los mundiales, marcado por el francés Laurent en la meta defendida por Oscar Bonfiglio, partido que terminó con goleada de 4–1, siendo el atlantista Juan “Trompo” Carreño anotador del único tanto mexicano. Tampoco vestía entonces nuestra selección su tradicional uniforme verdiblanco, sino casaca color vino tinto y pantalón azul marino. Colores coincidentes con los del equipo que conquistó la primera victoria mundialista para nuestro país, el 7 de junio de 1962 en el recoleto Sauzalito de Viña del Mar y en el marco de la VII Copa del Mundo jugada en Chile, país que acaba de sufrir los estragos de un terremoto devastador, desgracia que encaró Juan Dibttorn, presidente del Comité organizador, con una consigna célebre: “Porque nada tenemos lo haremos todo”. Tiempos en que un mundial podía otorgarse a un país pobre aunque fuera a disputarse en estadios de madera sin que el mundo se escandalizara: la buena convivencia por encima de la tecnología y los derroches onerosos.

 

La referida tarde de Montevideo del estreno mundialista, poco más de mil curiosos vieron alinearse a un combinado nacional, entrenado por el español Juan Luqué de Serrallonga, que integraron Óscar Bonfiglio; Garza Gutiérrez y Manuel Rosas; Amezcua, “Viejo” Sánchez y Manuel “Chaquetas” Rosas; Juan López, Rodrigo Ruiz, Roberto Gayón, “El Trompo” Carreño y Luis “Pichojos” Pérez, típica formación 2–3–5. Todos jugaban en equipos capitalinos, pues la liga mayor de entonces –nada de Primera División– se reducía al DF.  En cambio, el equipo que, al cabo de cuatro participaciones mundialistas (Uruguay 30, Brasil 50, Suiza 54 y Suecia 58) consiguió al fin la primera victoria –¡y nada menos que sobre Checoeslovaquia, futuro subcampeón!– era ya una selección en forma, integrada por 10 jugadores que militaban en equipos de provincia contra solo uno de la capital, el recio americanista Pedro Nájera. La alineación que la dupla Scopelli–Trelles puso aquella tarde de hace 56 años sobre la cancha del Sauzalito fue la siguiente: Carbajal; Del Muro, Sepúlveda y Jáuregui; Cárdenas y Nájera; Del Águila, Reyes, Héctor Hernández, Fello Hernández e Isidoro Díaz. Abrió el marcador el checo Masek a los 14 segundos del partido, pero México remontó a través de Díaz (11’), Del Águila (26’) y Héctor (90’, penalti). Dirigió el suizo Godffried Dients, famoso por convalidar, cuatro años después, el gol fantasma de Inglaterra a Alemania en la final de Wembley.

De la presencia entonces de cuatro jugadores del campeonísimo Guadalajara (Guillermo Sepúlveda, Salvador Reyes, Héctor Hernández e Isidoro Díaz) data el mito de que “si el Guadalajara anda bien, la selección anda bien”. Del Muro y Jáuregui jugaban en el Atlas, Carbajal en el León, Cárdenas en el Zacatepec, Fello en el Monterrey y Del Águila en el Toluca. Y, por lo menos en aquel lejano día de junio, el equipo jugó por nota, ganado la fama de ser, para los restos, “la mejor selección mexicana de todos los tiempos”.

 

Magro historial. México ha estado presente con llamativa consistencia en la Copa del Mundo hasta sumar, con la de Rusia 2018, nada menos que 16 participaciones (Uruguay 30, Brasil 50, Suiza 54, Suecia 58, Chile 62, Inglaterra 66, México 70, Argentina 78, México 86, EU 94, Francia 98, Corea–Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014). Disputó en total 53 encuentros, de los que ganó 15, empató 10 y perdió los 27 restantes, dos de ellos en lanzamientos de desempate, condena eterna del futbol nacional.

Las posibilidades del Tri. ¿Qué esperar de Rusia 2018? Lo visto últimamente no avala ningún tipo de optimismos, pero hay que reconocer que el Grupo F, así como incluye al campeón Alemania, va a depararnos dos rivales nada poderosos, pues ni Corea del Sur ni Suecia pasan por buen momento. Cierto es que los asiáticos cuentan con elementos tan calificados como Heung–Min Son (Tottenham), Sung–Yeun Ki (Swansea City), Chuyng–Young Lee (Crystal Palace), Jo–Cheol Koo (Ausburgo) y Dong–Won Ji (Darmstadt), titulares habituales en sus respectivos clubes de la liga Premier y la Bundesliga, al revés de la mayoría de nuestros “europeos”; pero Corea tiene serios problemas atrás, su defensa es aún más ingenua y desorganizada que la nuestra y nada confiables sus arqueros. Y Suecia debe ser la escuadra más aburrida del mundial, su fuerza es exclusivamente física y se basa en las tácticas defensivas y el contragolpe. Lucen la medalla de haber eliminado a la peor Italia de la historia moderna pero, privados de Zlatan Ibrahimovic, carecen de inspiración y figuras. Contra los nuestros seguramente jugarán al empate.

Malos augurios. El sábado, en Copenhague, México utilizó la última bala que tenía en la cartuchera para seguir experimentando, el estigma de Juan “cambios” Osorio del que parece haber tomado venganza la cruda realidad en forma de lesiones de última hora –Guardado, Moreno, Reyes, que parece no llegará a Moscú, además de Alanís y Molina, que ni alcanzaron a figurar en las listas previas. Imperturbable, el colombiano persistió hasta el final en su terca insistencia en no repetir cuadro por nada de este mundo. Y en desfigurar a fondo después del descanso a su equipo inicial, lo que le facilitó las cosas al adversario en la misma medida en que se las complicaba al Tri. De todas maneras, ni el aceptable rendimiento del primer tiempo, que terminó sin goles, ni el desastroso del segundo –cuando Dinamarca escribió en tres minutos aciagos un 2–0 que de milagro no siguió creciendo– pudo evitar que, a lo largo de los 90 minutos, fuera Memo Ochoa el mejor de los Verdes, vendido por la fragilidad de una zaga siempre adelantada, a menudo descolocada y, para colmo, empeñada en regalar balones a la salida de la crítica zona de ?, una rutina agravada por la carencia del director de operaciones que ya no puede ser Rafa Márquez y que a duras penas lo fue Héctor Herrera, apartado de la función que mejor domina y que nunca podrá ser la de medio tapón sino la de motor del ataque.

El fiasco sabatino exhibió además las insuficiencias de los hermanos Dos Santos y de Marco Fabián, desconectados de un equipo que ha renunciado a tener un “9” fijo, porque el colombiano nuevamente hizo jugar primero a Oribe y luego al Chicharito arrancando de muy atrás, lejos del área y de las ocasiones de gol. Curioso esquema, que se diría ofensivo si uno toma en cuenta el constante adelantamiento de líneas, pero en realidad inofensivo a la luz de la sequía de goles que últimamente padece. Y sin jugadores destacados, más allá de los fuegos de artificio del Tecatito Corona –alguien debía explicarle cuándo gambetear y cuándo deshacerse con oportunidad del balón–, el criterioso despliegue de Guardado y la imperiosa necesidad de recurrir a Vela y Layún, jugadores diametralmente opuestos porque lo que a uno le sobra de talento le falta de espíritu de lucha, mientras al otro lo salva una entrega sin cortapisas aunque la acompañe una técnica casi rudimentaria. Pero a falta de argumentos mejores urge tenerlos en el campo y rogar porque sus cualidades brillen por encima de sus carencias.

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