El 6 de octubre de 1968 –domingo, a mediodía– fue la inauguración oficial del estadio Cuauhtémoc. Digo oficial porque ya se habían celebrado allí algunos partidos de Segunda División, la categoría donde militaba el Puebla. El esperado estreno tuvo como preliminar –a las 10 de la mañana– un Puebla–América de resultado catastrófico (1–7), y el encuentro de fondo era de carácter internacional, entre la Selección de México –no conocida aún como El Tri– y la escuadra Olímpica de Checoeslovaquia, que se aprestaba a participar en los Juegos de México 68 y, en futbol, era de las favoritas.

Un poco de historia. La idea de dotar a la capital poblana de un recinto deportivo moderno y capaz fue del gobernador interino Aarón Merino Fernández (1964–1969), designado por el presidente López Mateos en reemplazo del dimitido Antonio Nava Castillo, primer represor del estudiantado en Puebla. Aunque Merino era más aficionado a los toros que al deporte, vislumbró en las cercanías de la Olimpiada de 1968 y del Mundial de futbol México 70 una oportunidad invaluable para nuestro estado si se dotaba a Puebla de un escenario a la altura de los estándares internacionales. Una vez trazado en plan y asignado el presupuesto correspondiente, la ejecución correría por cuenta de una constructora propiedad del vigente propietario del Puebla, un norteño apellidado Sánchez Armas, pero a la hora buena el tal resultó puro jarabe de pico y no tardó en declararse en quiebra, visto lo cual, el propio gobierno estatal asumió la responsabilidad de erigir el inmueble. El diseño fue del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, autor de varios clásicos de la época, como el Museo de Antropología e Historia, la Nueva Basílica de Guadalupe, el Palacio Legislativo de San Lázaro y el estadio Azteca, entre otros. Por cierto que su hermosa obra quedaría desfigurada por posteriores ampliaciones y pegotes, cuya triste culminación es la actual “canasta básica”, como el ingenio popular ha designado al plastificado resultado de la ociosa intervención –una más– del que hasta hace poco fue gobernador y se empeña en volver a serlo.

El estreno. La expectación se palpaba en el aire, pues jamás habíamos visto en Puebla un encuentro oficial entre selecciones nacionales –luego tendríamos en el Cuauhtémoc unos cuantos más, incluidos nada menos que ocho partidos de Copa del Mundo, repartidos entre 1970 y 1986. Como es natural, la ceremonia de los himnos nacionales fue presenciada de pie por los 35 mil espectadores que llenábamos completamente el graderío mientras sonaban las notas de los himnos nacionales y se izaban las banderas. El equipo mexicano vestía su tradicional uniforme verdiblanco, y blanco enteramente era el de los checos, que, según era usual en tiempos de cortina de hierro y guerra fría, consideraban olímpicos a sus mejores jugadores, teóricamente amateurs todos ellos. La verdad es que, en la emotividad del momento, pocos repararon en la cercanía de dos acontecimientos paralelamente deplorables: la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco y la invasión de Praga por las fuerzas del Pacto de Varsovia, dos hitos tristemente célebres de la represión que sofocaría las revueltas políticas y estudiantiles de aquel año inolvidable.

El partido y sus actores. El compromiso olímpico lo solventó la Femexfut de esta singular manera: no recurriría a la Selección mayor, pero sí a jugadores de la Primera División que no rebasaran los 23 años. Como para enfatizar la realidad de dos planteles distintos, el equipo “A” –el mismo que inauguró el Cuauhtémoc– tenía programada una gira por América del Sur coincidente en fechas con la Olimpiada. Mas como la Sub 23 estaba a cargo de Ignacio Trelles, el seleccionador nacional en funciones, al frente de la grande irían a Sudamérica dos de los entrenadores más destacados del medio: Raúl Cárdenas (DT del campeón Cruz Azul) y Javier de la Torre (timonel del campeonísimo Guadalajara).

México alineó un 4–3–3 clavado con Antonio Mota (Necaxa); Pepe Vantolrá (Toluca), Gustavo “Halcón” Peña (Cruz Azul), José Luis González (UNAM) y Guillermo “Campeón” Hernández (Veracruz); Antonio Munguía (Cruz Azul), Isidoro Díaz (Guadalajara) y Ernesto Cisneros (Atlante); Javier Valdivia (Guadalajara), Enrique Borja (UNAM) y Aarón Padilla (UNAM). En el segundo tiempo, Cisneros dejó su lugar a Javier Fragoso (América).

No fue un juego especialmente atractivo, pues ambos cuadros tenían por delante compromisos de mayor envergadura. El primer tiempo concluyó sin goles y fue hasta el segundo cuando funcionó por primera vez el marcador de la pizarra electrónica, que incluía un reloj digital que mostraba minutos y segundos, más tarde proscrito “para no presionar a los señores árbitros”. Y el gol inicial, marcado por el “Chololo” Díaz mediante un tiro raso a larguísima distancia, en realidad fue un error monumental del arquero checo Jan Kramerius, que dejó pasar el balón por debajo del sobaco al tender a destiempo su pesado corpachón (53’); pero apenas cinco minutos después, Pavel Stratil igualaba el lance al rematar en corto un rechace de la defensa mexicana, luego de punzante incursión del rubio extremo izquierdo Janos Petras. Pero el momento más angustioso del encuentro llegó a los 66’, cuando “El Halcón” Peña, superado ya su portero, derribó de mala manera a Stratil, y el propio agraviado se aprestó a cobrar el penal: todo el estadio, como una sola voz, silbaba estrepitosamente mientras el tiro del nervioso artillero se perdía lamiendo el poste izquierdo de la portería del “Piolín” Mota, posibilitando la persistencia del 1–1 con que finalizó el partido y la efeméride.

Remodelaciones y reinaguraciones. Cuando se acercaba la Copa del Mundo de 1986, nuevamente encomendada a México ante la negativa de Colombia a hacer efectiva su designación, el gobierno estatal en turno (Guillermo Jiménez Morales, cuyo constante apoyo al futbol culminaría en la adquisición de una franquicia de Primera División, la del Oaxtepec del IMSS, reconvertido aquí en Ángeles de Puebla) emprendió la remodelación del Cuauhtémoc, ampliando su aforo a 46 mil localidades gracias a las rampas que hoy vemos. Y no concluidas aún las reformas se apresuró la reinauguración para el 17 de noviembre de 1985, con un encuentro internacional que México y Argentina empataron a uno. Goles ambos a balón parado, el primero un claro error del portero Luis Islas al escupir el tiro libre de lanzado  desde la entreala izquierda por Tomás Boy (Tigres), de lo cual se aprovechó Javier Aguirre (América) para empujar la pelota a la red (15’), y el 1–1 cuando Oscar Ruggeri, anticipándose a la defensa mexicana,  cabeceó un córner de Almirón desde la derecha para batir al cruzazulino Pablo Larios (60’). Diego Armando Maradona jugó con su clásico “10” pero lo único que lució fue el número, pues pasó de puntitas por el césped del Cuauhtémoc, donde en el Mundial del año siguiente convertiría, contra Italia, uno de los goles más bellos y originales jamás vistos en nuestro escenario.

No vale la pena detallar la tercera ola de añadidos –y la más absurda de todas– que sacó a la franja de su estadio durante casi año y medio y culminó en la tomadura de pelo de un reestreno más, a cargo de los fatigados turistas del Boca Juniors, derrotados del modo más desabrido por la escuadra local (1–0, el 18 de noviembre de 2015, gol de Matías Alustiza (47’), que más tarde malograría un penal). Otro detalle negativo a resaltar sería que el único jugador de los que esa noche alinearon y continúa hoy en el plantel de la franja es el “Macua” Robles, no sin  haber pasado por Atlas el año pasado. Así es como entienden armar un verdadero equipo los deleznables directivos actuales.

Jornada 12. A modo de conmemoración, el fin de semana se puso en disputa el trofeo Cuauhtémoc, cedido por el Puebla, en todos los frentes de Primera División. Y, cosa rara, hubo buenos partidos, con casi todos los visitantes haciendo de aguafiestas. Así el América, que en cerrado encuentro y con goles de sus defensivos Aguilera (2) y Guido Rodríguez dio cuenta de Tigres en el Volcán (2–3). Casi a la misma hora, Pumas rompía con 36 años de sequía como visitante del Guadalajara al dar cuenta de las Chivas por 1–2, y Morelia, por idéntico marcador, se deshacía del León en su propio cubil guanajuatense.

Tampoco les fue bien como locales al Veracruz (0–0 con Necaxa) y Tijuana (1–1 con Querétaro). Y hubo tan solo tres victorias del local: del Santos (3–1 sobre el colero Atlas), el Cruz Azul (2–1 al Monterrey, que jugó con diez desde los 23’ por expulsión de Funes Mori) y el Toluca (2–1, sobreponerse a jugar con 10 elementos desde el primer tiempo). Pendiente el PueblaLobos, cuyo resultado ya conocerá el lector a estas horas.

Fecha FIFA y VAR. ¿Serán menos moleros los choques con Costa Rica y Chile por el hecho de jugarse en Monterrey y Querétaro? Lo sabrá el Tuca, que repite como interino al frente del Tri. Y una semana después de la fecha FIFA que se avecina, la implantación del VAR en nuestro futbol. Con la advertencia de que “sólo intervendrá ante errores muy evidentes del árbitro central”. O sea, más de lo mismo pero con disfraz electrónico.

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