Ése único punto fue el que Lobos BUAP le arrebató al Atlas en el Jalisco el martes pasado. Porque el sábado, en el Volcán, la fiereza lobuna no bastó para resistir los embates de un Tigre cuya zarpa derecha –Damm– entró para resolver el partido. Claro que contó también la expulsión de Tercero –más que dudosa la segunda amarilla–, y la fatiga de un equipo acostumbrado a prodigarse desde el minuto uno, misma que le posibilitó al chileno Vargas poder apuntar con toda tranquilidad el remate angulado que rompió el empate a uno. Seguramente Lobos –que no tiene nada que reprocharse, como nos sea el poco tino de Julián Q desde el punto de penal– seguirá sufriendo con los arbitrajes, con la cortedad del plantel y con el desgaste a que lo obliga el juego esencialmente físico que practica.

En cuanto al Puebla, derrotado en casa –0–1 León–y también fuera –Toluca 2–1– el problema es más agudo todavía. No hay equipo, y la ruta es larga.

La lana y el VAR. Al futbol europeo lo mueven hoy dos temas coyunturales: la danza de los millones a que dio vía libre el caso Neymar, y la aplicación de la ayuda arbitral por video (VAR) en algunas de las principales ligas continentales. Ya es mala señal el olvido de lo esencial –el futbol de cancha, su calidad intrínseca–, en favor de lo “novedoso”. Que, sin embargo, es síntoma de los tiempos que corren y los enrevesados “valores” que los rigen.

El imperio del dinero no es, desde luego, privativo del deporte rey, como con razón llaman allá al balompié. Pero su desmesura retrata la época. Olvide usted el absurdo, tan cantado, de que un pateabalones se haga multimillonario al instante mientras los educadores sufren carencias, los refugiados repudio y el desempleo campa por doquier. A tipos como Neymar se les puede echar en cara su nulo respeto al club que los lanzó a la fama –o que contribuyó a acrecentarla–, al maniobrar descaradamente en pos de una transferencia de seis ceros (222 millones de euros pagó el PSG al Barcelona por la cláusula de rescisión del brasileño), pero lo esencial del problema no que los futbolistas de moda se exhiban a través de los autos deportivos que manejan, las modelos que frecuentan y los productos que anuncian. Ellos y sus despilfarros son apenas la parte visible del iceberg.

Porque al constituirse en una de las industrias emergentes más lucrativas del planeta, el futbol favorece espacios de opacidad donde caben desde el lavado de dinero y la evasión de impuestos –puesta de relieve en los casos recientes de Messi y Cristiano– hasta el enriquecimiento exponencial de las agencias de representantes que gestionan los incesantes intercambios de jugadores, y tienen así ocasión de manipular los destinos de cientos de profesionales, e inclusive de menores de edad talentosos. Las extorsiones a jugadores modestos, la interferencia directa o indirecta en las alineaciones –no olvidemos que también representan a buena cantidad de técnicos–, y las alianzas espurias para repartirse el botín de las transferencias con directivos sin escrúpulos, se entremezclan con el negocio de las apuestas, que es en la actualidad una gigantesca fuente de corrupción, muy difícil de controlar porque opera a través de redes en los cinco continentes. Y se ha visto favorecida por gobiernos que, como el nuestro, han dado carácter legal a dichos desplumaderos, en realidad impunes casinos virtuales. Aunque se presume que, a ese respecto, el caldo gordo lo cuecen las mafias que operan en la clandestinidad, y son las que con mayor desparpajo amañan partidos a su conveniencia.

Todo eso es lo que está detrás del biombo futbolístico. Más los derroches de los jeques y los multimillonarios que juegan al “dueño de equipo famoso” (así el PSG, el Chelsea, el Manchester City…); y lo que puedan ocultar sus inflacionarios caprichos.

Cegueras del VAR. No es nueva la pugna de este columnista en favor de la aplicación de tecnología visual para mejorar las decisiones arbitrales (hasta creo que data del siglo pasado). Pero por ahora, los experimentos llevados a cabo han sido un fiasco. No está mal en cuanto a que, mediante prueba y error, puede llegarse a afinar el sistema. Pero para que esa mejora final ocurra, conviene estar alertas y denunciar lo que funciona mal, a fin de que se corrija y lleguemos a un verdadero método de aproximación a la justicia deseable en las siempre controvertidas decisiones arbitrales.

Hasta ahora –y tomaré como muestra lo sucedido en la Copa Confederaciones y las primeras dos jornadas de la bundesliga–, los árbitros han mostrado una terca resistencia a soltar el control absoluto del juego que ha sido, desde siempre, su debilidad. Es lógico y pertinente que mantengan la última palabra, pues a ellos corresponde la decisión final, pero resulta incoherente su negativa a permitir que surja de un equipo afectado la solicitud de revisar al video tal o cual acción dudosa o mal resuelta en principio por el arbitraje. Eso sí que no, es lo que trasluce el mensaje de las dirigencias que marcaron hasta hoy las reglas de funcionamiento del VAR.

Y eso sí que sí, pienso convencido, en primera porque los prioritariamente interesados en que se arbitre con justicia son quienes disputan un partido, y con ellos sus seguidores, que son los que mantienen económicamente el espectáculo. Y en segundo lugar, porque si lo que se persigue es mejorar sustancialmente la impartición de justicia, hay que ceder una cuota razonable de poder a cada una de las partes interesadas y saber abrirse al diálogo. Lo ha hecho el tenis, con excelentes resultados. Como para servirnos de ejemplo a los futboleros, y posibilitar que el uso de la tecnología no consista en un conciliábulo secreto entre los responsables del arbitraje, sin la participación de quienes, bien o mal, se ven directamente afectados por sus decisiones. No se trataría de decidir juntos, desde luego, pero sí de que pueda la banca de cada equipo elegir el momento de pedir que se revise al video tal o cual acción puntual… o decisión equivocada. Con un límite a fijar entre dos–tres intervenciones de éstas por partido, para que aquello no degenere en pachanga.

En Alemania, la negativa a permitir que se pida desde la banca de los equipos la intervención del VAR redundó en absurdos como dejar pasar dos penales evidentes, sobre Lewandowski y Coman (en el Werder Bremen–Bayern), evidenciados por las repeticiones normales de la transmisión televisiva. Y otra discusión hubo la víspera, con motivo de una jugada en el área del Hamburgo que terminó en tarjeta amarilla para un jugador del Colonia por fingir una falta inexistente. Allí, el problema no fue la decisión en sí –correcta–, sino el peregrino argumento, por parte del equipo del amonestado, de que las reglas del VAR, según la actual normativa germana, no pueden operar sino en tres casos específicos: goles, penaltis y tarjetas rojas. Son restricciones que limitan y al mismo tiempo complican la impartición de justicia. Cuando que el sentido del VAR tendría que ser ampliarla todo lo posible (lo cual ya sabemos que no podría abarcar absolutamente todo, porque siempre habrá jugadas ligadas a errores arbitrales irreparables, con o sin tecnología de por medio).

Hamilton magistral; explotó el pleito Checo–Ocón. El GP de Bélgica fue para Lewis Hamilton (Mercedes), que superó como un consumado maestro el tenaz desafío de Sebastian Vettel (Ferrari) al firmar una carrera impecable de cabo a rabo. También excelente Daniel Ricciardo (Red Bull), que entró tercero tras rebasar con autoridad y audacia a Raikkonen (Ferr) y Bottas (Mer), que tripulan autos teóricamente superiores.

La nota desafinada la dio Sergio Pérez cuando su explosivo pique con Esteban Ocón, su coequipero francés en Force India, degeneró en el censurable cerrón de la vuelta 29 que terminó con el tapatío prematuramente fuera y el galo entrando noveno y diciendo pestes de su “compañero” de escudería. Se viene un problema gordo para la dirección de Force india con sus pilotos. Y del incidente de ayer, nuestro paisano no saldrá bien librado.

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