El tema me lo sugirieron dos amigos, uno tapatío y otro poblano, incondicional del Atlas el primero y de los Pericos el segundo. Cuando le comenté al de Guadalajara que la suspensión del Atlas–Tigres de la fecha anterior, achacado por las autoridades a la inseguridad que suponía para el público la precaria instalación de una pantalla gigante peligrosamente ubicada, era responsabilidad de TV Azteca, propietaria actual del club rojinegro, él, sin dejar de reconocerlo, me replicó exaltado que su Atlas es un equipo histórico, “que está muy por encima de quien sea o deje de ser el dueño en un momento dado”. Y sin contradecir que la decisión municipal haya sido la correcta, me soltó esta otra bomba: “juegue contra quien juegue, el Jalisco siempre tiene asegurada la entrada. No es como en Puebla, que dejan a su equipo morir solo”. Claro está que me dejó pensativo.

En cuanto al vecino que me recordó el mérito que tenía que Pericos haya alcanzado la final del rey(?) “con un plantel que en realidad es una sucursal”, sobreponiéndose incluso a la baja asistencia al parque Hermanos Serdán, debo confesar que desconocía las diatribas que esas tribunas habitualmente semivacías han desatado en las redes sociales, bombardeadas por aficionados sobre todo norteños (de Monclova, por ejemplo), despotricando contra Puebla y su indiferencia a nada menos que una serie por el título de la Liga Mexicana. Aduje, desde luego, la influencia en ello del mal tiempo, pero él replicó que las ralas entradas eran de toda la temporada, y que inclusive varios peloteros del equipo se estuvieron quejando de la “falta de apoyo del público”. Haciendo memoria, tuve que reconocer que tales lamentos no son nuevos ni exclusivos de la organización beisbolera local. Ya Emilio Maurer, en los tiempos en que el Puebla de la Franja integró el plantel más poderoso de México, solía criticar el escaso respaldo de la gente.

Ciudad reactiva

Aunque dos de las grandes celebraciones de multitudinaria alegría que ha vivido nuestra ciudad las propiciaron los títulos de liga conquistados por la franja en 1982–83 y 1989–90, una de las características más arraigadas en la gente de Puebla fue siempre ese escepticismo de mantenerse a la expectativa y tardar en entregarse a sus equipos profesionales, como dudando entre si realmente la representan o son producto de una impostura de quienes los administran. Este rasgo de reaccionar solo cuando se está realmente convencido de que no nos están “dando gato por liebre”, es extensivo a casi cualquier evento que aquí se programe. No en balde, los mercadólogos sostienen que si un producto, marca o servicio es capaz de generar utilidades en Puebla, su éxito nacional está asegurado.

Sostengo, sin embargo, que la realidad no es así de tajante. Y que debe matizarse y analizarse cada caso, antes de caer sin más en generalizaciones fáciles.

El Puebla

Vamos a ver. Durante bastante tiempo –hablo del siglo presente– la asistencia al Cuauhtémoc fue cuantiosa, incluso más de lo que las mediocres prestaciones del equipo de casa merecían. También es verdad que nunca antes se habían registrado entradas tan pobres como las del presente Apertura 2017, en que el Puebla literalmente juega en familia, incluso con mayor asistencia de seguidores del visitante –como el día del Cruz Azul– que del equipo local. Pero ese ausentismo es novedoso, y responde al hartazgo de una afición fiel, ante las reiteradas muestras de desinterés, carencia de imaginación e insolvencia moral y económica de sucesivas directivas, que desde 1992 –¡Un cuarto de siglo de penuria futbolística, nada menos!– sistemáticamente nos faltan al respeto a público, historia y jugadores, arrasan con el plantel dos veces al año en complicidad con agentes presumiblemente corruptos, y ofrecen, a cambio de precios no exactamente bajos, espectáculos miserables, mientras mantienen a la afición en vilo cada vez que se aproxima la definición anual del temido descenso, para el cual el Puebla es invariablemente candidato seguro. Duele reconocerlo, pero es irrefutable.

Lobos BUAP

Menos fácil de explicar es el muy relativo apoyo de que ha disfrutado el equipo recién ascendido, que quizá no esté siendo cobijado por una fanaticada suficientemente entusiasta y numerosa, como la que presuntamente integrarían, para empezar, los estudiantes y trabajadores de una institución de tanta tradición y abolengo como la BUAP. Claro que decir estudiante de una universidad pública hoy día es hablar de un joven que ya quisiera unos pesos para adquirir los libros de texto indispensables para sacar adelante las materias de su carrera. Hay que tomar también en cuenta que, desde la creación del equipo, la institución se ha preocupado poco por fomentar una afición identificada a fondo con el mismo. Hasta que, de sopetón, gracias a un plantel con amor propio, conducido por un DT que sí aportó un proyecto atractivo, apropiado y convincente, llegó la campaña triunfal que conduciría a los Lobos a Primera División.

Lo que ha venido después responde a justamente a ese golpe de sorpresa que tienen las cosas inesperadas: la necesidad de armar un plantel competitivo –reto decentemente resuelto por la directiva, que se apegó al proyecto y las propuestas de Rafa Puente–; la negociación con las voraces televisoras, que al no estar resuelta aún, redunda en la consecuente falta de fondos que acucia al equipo. Y algo que estimo indispensable y que no se acaba de concretar: la falta de un plan maestro orientado a convertir a Lobos en una marca atractiva para su público natural –el universitario–, y también para el ciudadano común, mediante mecanismos suficientemente audaces y originales que involucren al estudiantado hasta convertirlo en auténtico seguidor, y conmocionen la vida local con la fuerza necesaria para que Lobos se convierta poco a poco en equipo de Puebla y los poblanos. Evidentemente, es una carrera contra el tiempo, pero la apuesta vale el gasto.

Futbol y televisión

Hace un par de semanas, en junta convocada por el Consejo de Dueños, Jesús Martínez, del Pachuca, puso el dedo en la llaga –la llaga es que, caso insólito a lo largo de casi tres decenios, los partidos de un equipo de Primera, Lobos, no se televisen–, al recordar que el acuerdo original de 1991 –con Ibarra y Maurer al frente de la Femexfut– fue la creación de un fondo común por derechos de imagen, a repartir equitativamente entre todos los clubes. Una especie de contrato colectivo. Así funcionó esto durante algunos años, hasta que Televisa metió la cizaña al pactar en privado con cada equipo, ofreciendo más a los grandes y mucho menos a los pequeños, y dejándole los que sobraran a la otra televisora, que por supuesto reprodujo la misma política disgresora. Por eso Lobos solamente ha tenido ofertas miserables y, al no alcanzar ningún acuerdo, sus encuentros como local no se televisan en abierto sino por internet. A Martínez sus colegas lo mandaron callar y aquí no ha pasado nada.

Pero sí pasa. Pasa que, como si el recién ascendido, en México, no tuviera bastante con lidiar con un cociente inequitativo que lo pone, de entrada, al borde del descenso, carga de pilón con ofertas bajas de las televisoras por sus derechos de imagen, lo que castiga su presupuesto y agudiza su desventaja frente a los demás. Lobos ha tenido el valor de poner esto en evidencia, incluso optando por internet como servicio gratuito a los aficionados. Pero como eso no resuelve el agujero en su economía, habría que preguntarse si la Femexfut está solamente para proteger a los equipos “viejos” en Primera o a todo el futbol federado, que abarca divisiones profesionales y sector amateur. Y como nada bueno cabe esperar del pacto de gavilleros –búsquese definición en el diccionario, y se verá que encaja perfectamente en las actitudes, conductas y resoluciones del Consejo de Dueños, apéndice abyecto de la televisión, que es la que manda–, vendría siendo hora de que el gobierno, tan diligente para asestar gasolinazos, expulsar funcionarios extranjeros y adjudicarse logros como los de la Universiada, pusiera un poco de orden en la casa.

Como eso no ocurrirá, no sería mala idea que Lobos buscara pactar, en condiciones decentes, con alguna de las televisoras –extranjeras y de paga, ni modo– que transmiten por cable, buscando condiciones más equitativas, y habilitando en sus instalaciones (CCU y otras) pantallas gratuitas, con algún atractivo adicional, para que la gente de a pie, que no dispone de cable ni antenita, pudiese presenciar los encuentros de la Manada sin desembolsos mayores. Sería uno de esos golpes de audacia–astucia de que hablaba uno de los párrafos anteriores.

Colofón

No sé si las reflexiones anteriores sirvan para algo o sean un puro bordar en el vacío. Pero algo habrá que hacer para corregir los severos dislates que afectan a nuestro deporte “profesional”. En Puebla y en el país entero.

Read 37 times Last modified on Monday, 18 September 2017 09:56
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