En su reaparición Julián Quiñones fue una flecha, bien apuntada al corazón del Cruz Azul. Hasta se permitió anotar de penalti, rompiendo su racha de desaciertos desde los once pasos. No había mucha gente en CU –lo cual es una lástima, y habría que investigar por qué sucede–, y casi resonaba más la porra cementera que la universitaria, pero eso importó poco a la hora de la verdad. Es decir, en cuanto Lobos se lanzó al asalto de la cueva cementera y se encontró con una zaga desordenada y remisa. Hasta Corona participó del contagio, como fue evidente en el tanto abridor del colombiano, que les madrugó a todo un conglomerado de indecisas camisetas azules (’12). También Fabbro entró como cuchillo en mantequilla al área capitalina para cruzar su remate a la base del poste contrario (’36). El cierre fue galantería del silbante –en jornada aciaga para los nazarenos–, porque el derribo de Corona sobre Quiñones, de nuevo fugado sin que nadie lo impidiera, ocurrió al otro lado de la raya fatal. De cualquier manera, penal bien pateado para el 3–0 definitivo (’73). Para entonces, Cruz Azul ocupaba casi por completo el territorio lobuno, sin provecho alguno. Por el contrario, estaba más expuesto que nunca al contragolpe, y hasta pudo recibir nuevas anotaciones.

Jémez alborota el cotarro. Lo que no consiguió como estratega Paco Jémez lo logró delante del micrófono. Santa indignación causó entre los beatos del sistema su declaración, posterior a la goliza, según la cual su Cruz Azul “no es un equipo grande”. Más o menos por decir lo mismo, solo que del Guadalajara, Johan Cruyff fue defenestrado ipso facto por Jorge Vergara en memorable ocasión, aunque le bajara algo así como una docena de millones de euros al prepotente Chiva mayor, a cambio de un par de visitas cuasi turísticas.

Vamos aclarándonos: a escala europea, ningún equipo mexicano puede presumir de “grande”. Todos serían oscuras medianías, de Tigres y América para abajo. Ni por capital ni por organización ni por proyecto ni por cultivo de fuerzas básicas ni por proyección internacional, cortada por los gavilleros la promisoria salida que representaba la Copa Libertadores. Basta repasar la deleznable suma de engendros que a través de décadas se han ido cociendo en la Femexfut –la más reciente su flamante Asociación de Jugadores, más atole con el dedo– para llegar a esa simple conclusión.

De modo que, le duela a quien le duela, Jémez ha dado en el clavo.

La semana poblanaLa doble fecha de Primera División se saldó en tablas para los equipos de casa: cada cual firmó una victoria y una derrota. Empezó Lobos sucumbiendo en la Bombonera (3–1), aunque tuvimos pronta compensación con la meritoria victoria de la franja sobre el Monterrey en un desierto estadio Cuauhtémoc (2–0, con los goles del canadiense–charrúa Luis Cavallino, desdichadamente lesionado el sábado en Pachuca).

A la ya comentada resurrección sabatina de Lobos jugando en su propia cueva –tan inhóspita para ellos últimamente–, siguió la derrota mínima de los pupilos del “Ojitos” en el Miguel Hidalgo, en partido más bien flojo, ajustada pero merecidamente ganado por los locales con el gol de Víctor Guzmán (’32), el mexicano con más goles anotados hasta el momento (8) en una liga que, recuerdan los del pacto del gavilleros, este año ya no se funda en el 10/8 sino en un módico 9/9. Vaya cinismo el suyo.

Refrescante memoria. El inesperado 2–0 del colero Puebla sobre el líder Monterrey, además de alegrarme sobremanera por la franja y por su veterano conductor, me remitió instantáneamente al primer encuentro sostenido por ambas escuadras en ese mismo escenario mundialista. Se jugó el domingo 10 de enero de 1971 y, a la altura de la séptima jornada, los Rayados marchaban invictos, con sus ases brasileños Ubirajara y Guaracy, y mexicanos de muy buen nivel –Escamilla, Avilán, Jiménez– en sus filas. Pero ese mediodía nada les salió a derechas y el Puebla les impuso un 2–0 inobjetable, goles del “Coco” Gómez y Alfonso Sabater, extremo o interior de gran potencial el primero –lo tiró por la borda con su indisciplina–, y puntero zurdo –luego lateral– de nivel más bien discreto el segundo que, sin embargo, terminó haciendo carrera en la Comisión de Arbitraje (?).

La franja acababa de dejar la Segunda División gracias a un cuadrangular de emergencia, urdido para aumentar a 18 los equipos de la liga mayor. Se había jugado, apenas en noviembre, en el México 68 de CU, y el Puebla, bajo el mando del “Gordo” González Gatica, venció en la final al Nacional de Guadalajara (1–0, gol de Gervasio Quiroz).

La liga de 1970–71 la inició el Puebla con su mismo plantel del ascenso, puros jugadores mexicanos, hasta que, a mediados de diciembre, se consiguió la incorporación de algunos otros con experiencia en Primera División que no se habían arreglado con sus clubes. Así llegaron al equipo Martín Ibarreche, Jorge Arévalo, Benito Pardo y el citado Jorge “Coco” Gómez. Posteriormente, se fueron incorporando Manuel Lapuente, Leonel Urbina, Rafael Borja y, ya muy avanzado el torneo, los argentinos Luis Ramón Pérez y Roberto Gutiérrez, procedentes del River Plate. Pero el cuadro que acabó con el invicto del Monterrey aún era más de Segunda que de Primera. Y aquel 10 de enero del 71 alineó así: Sánchez Carbajal; Carlos “Mascota” Sánchez, Jorge Negrete, Alex López y Arévalo; Ibarreche, Pardo y Gómez; Luis Enrique Fernández, Agustín “Botas” Pérez y Sabater.

A esas alturas, Enrique “Ojitos” Meza era portero suplente del Cruz Azul, su equipo de toda la vida. Aún no llegaba para cubrir el arco cementero Miguel “El Gato” Marín, ni asomaba a plenitud la temible Máquina Azul que se convertiría –con nada menos que cinco títulos de la auténtica y ya difunta liga– en el máximo ganador de la década del 70.

Rusia 2018: repechajesSe sortearon las cuatro llaves europeas y se definieron fechas para las mismas y para las dos eliminatorias intercontinentales: Honduras–Australia (10 de noviembre en San Pedro Sula y 15 en Sidney) y Perú–Nueva Zelanda (11 y 15 de noviembre, en Wellington y Lima, respectivamente). Horizonte nebuloso para los catrachos y bastante más despejado el de Perú.

Por lo que hace a los cuatro desafíos sorteados entre los que concluyeron segundos de sus grupos en el viejo continente, Croacia–Grecia e Irlanda del Norte–Suiza juegan los días 9 y 12 de noviembre, Suecia–Italia lo harán el 10 y el 13 y Dinamarca–Eire el 11 y el 14. Los citados en primer lugar reciben de inicio y cierran como visitantes.

¿Favoritos? No meto la mano en el fuego ni siquiera por el tetracampeón mundial Italia. Pareciera, eso sí, que Perú tiene la llave más sencilla. Pero no vale confiarse.

GP desinfladoSiempre será un espectáculo –por sí misma y por cuanto la rodea– una competencia oficial de F–1. Pero el GP de México por disputarse este fin de semana carecerá de la tensión de esas carreras, al final de la ruta, donde se define un campeonato a cara de perro. Y es que la victoria de ayer en Austin de Lewis Hamilton lo hizo inalcanzable ya para Sebastian Vettel, segundo de la tabla (265 puntos por 331 del inglés).

Nos queda la esperanza de asistir a un evento tan emocionante como el GP de ayer, en que Max Verstappen, viniendo de atrás, logró escalar hasta el podio justo en la última curva, cuando superó increíblemente a Kimi Raikkonen, el otro ferrarista que acababa de ceder el segundo lugar a Vettel. En realidad, las alternancias de última hora en puestos de avanzada entre los mencionados y Valteri Bottas (5º) le pusieron sabor del bueno al desenlace de una carrera ganada por Hamilton por más de 12 segundos de ventaja sobre Vettel.

Otra gestión admirable fue la Esteban Ocon (6º), magistral ante el insistente desafío de Carlos Saínz (Renault), una vez que ambos dejaran atrás al Checo Pérez (8º), cuyos muchos seguidores en Austin se habrán sentido decepcionados ante la franca superioridad de Ocón, su coequipero de Force India; superioridad que se ha hecho patente a últimas fechas, y que no está nada claro tenga consiga quebrar el tapatío este domingo, en el Hermanos Rodríguez de la Magdalena Mixhuca.

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