A  falta de otras cualidades, la liguilla del Apertura 2017 se está distinguiendo, más que por lo bien jugado, por lo igualado de los partidos. Con rachas de buen futbol y lapsos electrizantes en que bruscas alternancias en el marcador prometían elevar el nivel futbolístico y emotivo de la contienda, los encuentros, poco a poco, se deslizaron hacia la monotonía, resultado de desaciertos individuales o de la precaria puesta a punto de los equipos y el exceso de precauciones. Un panorama del que el único que parece estar relativamente a salvo es el superlíder Monterrey.

Porque Tigres, que venía de igualar a uno en León, y vio como Gignac abría el marcador en el Volcán (19’), no tardó en ceder un nuevo empate (Mosqueda, a los 24’). Y así, con ese 2–2 global, se mantuvo el resto de la contienda, que terminó con el local encerrado atrás con un descaro digno de los usos y costumbres del Tuca Ferretti.

Claro que el Morelia no le iría a la zaga. Toluca, cuyo ciclónico cierre en la Bombonera lo había rescatado de la derrota (2–1, firmados ambos en el descuento), y que en el Morelos amplió pronto esa ventaja con una joya de sencillez técnica a cargo del colombiano Uribe (4’), terminó perdiéndola en beneficio de los antiguos Ates, cuyo vistoso segundo tanto, (chilena de Serpúlveda, 14’), cayó con el autor y tres más en flagrante fuera de juego. Y así quedaron, empatados a tres, luego de un segundo tiempo de futbol basura, que los michoacanos sellaron encerrándose en su área durante casi todo el complementario.

Arbitraje que influye. No solo en el Morelos regó las jícamas el cuerpo arbitral, también tuvo que ver en el empate a uno del Volcán, donde el señor Luis Pérez señaló inexistente fuera de juego a Mauro Boselli (75’), que había burlado ya al guardameta local y enfilaba solo hacia el gol. Par de pifias que habrían invertido el nombre del equipo calificado.

Anoche. Una vez sellado el boleto a semifinales del 2 y el 4 de la tabla general, todo parecía indicar que el líder (Monterrey) y el tercero (América) iban también en caballo de hacienda. Particularmente los rayados, muy superiores al Atlas en la ida  –pese a que el mejor gol de la liguilla hasta ahora lo convirtió el rojinegro Christian Tabó. Al América le favorece el complejo de inferioridad que arrastra el Cruz Azul ante la camiseta amarilla. Y éste era, antes del partido, el dato a destacar, luego que en la ida (0–0) exhibieran ambos un futbol menesteroso, donde pese a dos expulsiones, pudo ganar el Águila con el penal que Corona le detuvo a Peralta.

Memo Ochoa. Guardado (Betis) y Lozano (PSV) destacaron este fin de semana marcando cada quien un gol. Pero la mayor proeza de un mexicano en Europa corrió a cargo del portero tapatío del Standard de Lieja, que desvió un penal del Gesk no por casualidad, sino por su perfecta lectura de un remate fuerte y recto contra su vertical izquierdo.

Más sobre la caída de Italia. La semana pasada adelantábamos las verdaderas causas de la debacle italiana, que dejó fuera de Rusia 2018 a su selección, cuatro veces campeona del mundo. Fue una triste paradoja, decíamos, que el cuarto título de la squadra azzurra, en Alemania 2006, coincidiera con el destape, por parte del poder judicial de su país, del peor caso de corrupción registrado en la historia del balompié internacional, que tuvo como figura central al director deportivo del Juventus, Luciano Moggi.

Como un pulpo, como auténtico capo maffioso, Moggi llegó a dominar al colegio de árbitros, a la Selección nazionale, a una de las instituciones bancarias más importantes de la península y, por descontado, a numerosos medios de comunicación, elegidos entre los más influyentes. Tenía, además topos y compinches dentro de la federación, la policía y el gobierno, dispuestos a favorecer los intereses de la Juventus, club propiedad del no menos influyente consocio empresarial FIAT–Ferrari. Solamente le faltó controlar al Vaticano. Y no es seguro que no haya extendido hasta allí sus tentáculos.

La trama Moggi. La investigación, que se desató de un modo casual, al intervenir la Policía el teléfono de un mafioso de distinto giro, quedaría integrada en un expediente de varios miles de folios, que reflejan, perfectamente comprobadas, barbaridades de este calibre: 1. Árbitros.Massimo de Santis, el silbante internacional con mayor prestigio en el país tras el retiro de Pierluigi Collina, influía en las designaciones de cada semana y en el castigo de los menos tolerantes con la Juventus. Y se reservaba para sí, claro está, el arbitraje de los encuentros decisivos. El expediente habla de casos verdaderamente increíbles de manipulación directa o indirecta de partidos; 2. Selección. Existía una compañía de agentes de jugadores llamada Gea –llegó a controlar más de 200 futbolistas–, que encabezaban Alessandro, hijo de Luciano Moggi; Davide, hijo del seleccionador Marcello Lippi, y Chiara Geronzi, hija del director general de Capitalia, uno de los mayores bancos del país. Para elevar la cotización de sus representados, y por ende sus ganancias, el truco consistía en que Lippi convocaba a abundantes jugadores controlados por Gea, cuyo precio automáticamente mejoraba; además, el favor tenía para el señalado un precio razonable, que cubría gustosamente a cambio de los beneficios que le daba la internacionalidad; 3. Banca. La presencia de la hija de un banquero al frente de Gea no era casual, pues a través de Capitalia, Moggi presionaba a los clubes que no se plegaran a sus enjuagues, como la Roma y Livorno. Éste, endeudado con el banco, que se mostró extrañamente inflexible para renegociar, acabó en Segunda, y la Roma, en situación parecida, tuvo que cambiar de directiva y terminó por cederle a la Juventus a su entrenador Fabio Capello y al mediocampista brasileño Emerson, campeones con el cuadro romanista en 2001: ambos le interesaban a Moggi para reforzar a la vecchia signora4. Prensa. Cada lunes, por la televisión pública, se examinaban las jugadas dudosas del fin de semana, pero omitiendo aquellas en que el arbitraje hubiese favorecido directa o indirectamente a la Juventus. Llegó a tales niveles de descaro el asunto que, una vez destapada la trama, la RAI tuvo que despedir a su cronista titular, un tal Bisconti, comprobado testaferro de Moggi. Tal como hiciera previamente La Gazzeta dello Sport, famoso diario deportivo, con su analista arbitral, otro incondicional del equipo Moggi.

Mediocridad y decadencia. No es de extrañar que, a la vista de semejantes manejos mafiosos, el público se haya alejado del deporte más popular del país y del mundo. Italia sigue siendo una nación futbolera, pero la vieja pasión ha desaparecido casi por completo, y con ella los presupuestos desaforados –Juve sigue siendo la salvedad–, los equipos aplanadora y, en consecuencia, el cultivo cuidadoso de nuevos valores (a su vez el gran Sandro Mazzola, a sus 75, denuncia el abandono del trabajo con el balón impuesto tanto a profesionales como a niños y jóvenes, suplantado desde hace años por extenuantes sesiones de gimnasio y acondicionamiento muscular). El resultado es que la squadra azzurra, integrada hoy por puros futbolistas de medio pelo, ha dejado de ser temible. Y que, eliminada con entera justicia por Suecia la semana anterior, sea el gran ausente de Rusia 2018, luego de sesenta años de participación ininterrumpida.

Desde Suecia 58, para ser precisos. Otra paradoja más, nórdica en este caso, con qué adobar tan truculenta historia.

Ejemplo arbitral. En el transcurso del partidazo de la ChL Sevilla–Liverpool, jugado el martes (3–3, luego que el primer tiempo terminara 0–3), el árbitro Brych ordenó la repetición del lanzamiento penal que significó al cabo el segundo tanto andaluz, debido a que varios compañeros del ejecutante violaron la regla 14, que obliga a permanecer fuera de un radio de 9.15 metros a la totalidad de los jugadores ajenos al ejecutante, hasta el momento en que éste entre en contacto con el balón. Una resolución sencillísima de aplicar, pero convertida en letra muerta, ya que es violada de manera sistemática por futbolistas y cuerpo arbitral sin que nadie se preocupe por señalarlo. La feliz iniciativa del silbante demuestra que el saneamiento del juego no es ningún imposible, sino más bien asunto de voluntad política.

Ojalá hubiera muchos árbitros decididos a respetar y hacer respetar el reglamento. Y que su bienhechora influencia se extendiera al debido señalamiento y castigo de tantos abrazos en las áreas cada vez que se lanza un córner, de las continuas cargas ilegales y jaloneos de camiseta usualmente permitidos y de toda la rica gama de artimañas que el reglamento prohíbe pero los usos y costumbres actuales toleran, ensuciando el juego y confundiendo virilidad con violencia ante la indiferencia general. Con árbitros así, el futbol volvería a ser un juego de habilidades y no un muestrario de triquiñuelas

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