Algunos llaman a eso, que no es sino la nueva versión del futbol ratonero, “darle la vuelta” a la jugada. O al campo. O a la impotencia. Eso no es otra cosa que la moderna consagración del juego lateral, que ahora traza una comba con pasecitos hacia atrás cuyos vértices van dibujando la parte más extendida de un abanico que recorre el campo de lado a lado, a menudo hasta el portero, para que éste reinicia la trama desde abajo o reviente el balón al frente para que lo devuelva como frontón la defensiva contraria. Y esto vale para el 95 por ciento del tiempo de un partido normal. El resto tal vez lo ocupen aproximaciones reales a las áreas y, con suerte, uno o más goles. Cuando cae alguno, la publicrónica llena de reproches al zaguero más cercano porque no se barrió con suficiente fuerza para tapar el remate o, de a perdida, para amedrentar al anotador.


Gloria y miseria del Tiki–taka. Hace aproximadamente diez años
, el mundo contempló con asombro la vuelta de tuerca más interesante que ha experimentado el balompié desde los tiempos del futbol total, del cual representaba la mejor variante contemporánea. No en balde la identidad entre Johan Cruyff y Josep Guardiola fue casi total desde los tiempos en que el genio holandés eligió al esmirriado muchacho de Sampedor que era Pep para encomendarle, desde su posición de centro medio, el control de tiempos y movimientos de aquel Barcelona de los primeros años 90. Futbolísticamente eran muy diferentes, pero el concepto de Cruyff prendió de tal manera en el joven catalán que, en cuanto tuvo ocasión de aplicarlo, primero como entrenador de las fuerzas básicas del Barcelona y pronto al frente del primer equipo, el deslumbramiento fue total: había nacido el tiki–taka.

Como cualquier novicio en dirección técnica sabe, el tiki–taka de Guardiola es ese ingenio consistente en dominar al adversario con mucha tenencia de balón y las líneas del equipo adelantadas y en constante movimiento. Algo tan sencillo de decir como difícil de llevar a cabo, pues para ello se requiere: a) contar con jugadores capaces de jugar a primer toque, utilizando cualquier superficie del cuerpo para pasar el balón, empezando por dos pies perfectamente educados para dirigir el pase al compañero mejor ubicado; b) para ello, es preciso que el que recibe la pelota cuente al menos con dos opciones claras de pase, y las tenga ubicadas de antemano desde antes de hacer contacto con la redonda; c) que en caso de pérdida de la misma, la superioridad numérica respecto del adversario se utilice para recuperarla cuanto antes y empezar a urdir la telaraña de inmediato; d) muy importante tener presente que no se trata de buscar una posesión per se, sino de utilizarla como la mejor arma ofensiva para llegar a posición de gol, siempre a través de combinaciones que aúnen automatismos e improvisación oportuna.

Para nadie es un secreto que el Barcelona de los años dorados fue quien impuso este sistema no como una táctica más de las muchas que se emplean para ganar partidos, sino como concepción global del juego cuya eficacia y estética deslumbraron al mundo. Como sistema es aparentemente simple: no requiere de futbolistas superdotados, pues limita al mínimo indispensable fintas, quiebres y demás lindezas sudamericanas, pero para hacerlo efectivo exige una perfecta conjunción de equipo y una dinámica incesante y bien ordenada. Claro que con Messi estratégicamente escorado a la derecha y con Xavi o Iniesta en el fiel de la balanza, el resultado era una cosa muy seria.

El parteaguas. Tal ha sido la influencia del tiki–taka que el futbol mundial cambió mucho desde entonces. Ya casi no queda equipo ni país donde no se procure asegurar la posesión del balón, manteniéndolo lo más lejos posible de botines adversarios. Pero esto apenas representa el objetivo inicial del credo guardiolista. Porque a partir de la exigencia de que la totalidad de los jugadores sepan golpear secamente el balón para dirigirlo con plena certeza al colega elegido, se requiere un adiestramiento al alcance de muy pocos profesionales, tanto cuerpo técnico como futbolistas, con lo que empieza a complicarse la aplicación de la receta. Por algo, Pep Guardiola ha buscado emigrar a clubes que le garanticen la posibilidad de mantener vigente tal requisito: un Bayern Múnich cuajado de figuras primero, y un Manchester City que –al margen de los títulos conquistados– le ha llevado un par de años pulir a niveles satisfactorios, con el indispensable respaldo de la chequera libre del jeque.

Si la obsesión por tener el balón prácticamente se convirtió en aspiración universal, en cuanto surge la necesidad de trasladarlo a las zonas sensibles del equipo contrario el prolijo trabajo de posesión toma uno de dos caminos: o volver atrás, trazando el abanico sin fin una y otra vez, o arriesgar un tanto el asalto de los treinta metros que separaran el balón de la portería de enfrente, olvidando a menudo jugar a primer toque o ensayando torponas gambetas, centros a la olla o arriesgados pases entre líneas que casi siempre intercepta cualquier zaga prevenida y bien agrupada atrás. Por ese camino ha terminado por exhibirse la precaria técnica individual del futbolista contemporáneo, acostumbrado como está a una permanente pugna a base de barridas, jalones, pisotones y codazos

–considerados no sólo lícitos, sino indispensables–, pero no a desarrollar un manejo de balón que incluya la sutileza necesaria para superar los abundantes recursos defensivos en boga. Pues es indudable que, si en algo ha progresado la técnica futbolística en los últimos tiempos, es precisamente en el variado repertorio de artimañas al uso, lícitas o ilícitas, que persiguen obstruir antes que construir, y defender antes que atacar.

Repercusiones en México. En nuestro futbol también se ha impuesto la teoría del abanico, incluso con mayor énfasis que en otras latitudes. Es un hecho que las escuadras más destacadas del país se especializan en procurar la posesión no a través del tiki–taka sino del pase lateral, y que el abanico hacia atrás resultante se marca aquí de un modo muy pronunciado; y no es que el contrario a ello adelantando líneas, la mayoría lo hace por puro temor a perder el balón y exponerse a un contragolpe. Ahí está el campeón Tigres para demostrarlo. Se me dirá que el Monterrey –superlíder último y flamante ganador de la Copa– no practica ese sistema y que, además, juega con líneas adelantadas. Pero siendo esto verdad, no lo es menos que su juego privilegia el pelotazo largo, y que sus hombres de avanzada apelan a una velocidad a menudo descontrolada.

Si revisamos a los ocho que calificaron a la última liguilla de Primera División, el más cercano al tiki–taka sería el León. Porque el Cruz Azul acabó por abortar el juego ofensivo inicialmente pregonado por Paco Jémez, dejándolo en nada. El América juega a marcar, robar y correr, según manda el paradigma del pelotazo y el contragolpe, tan socorrido en la mayoría de nuestros equipos. Y para encontrar un dibujo táctico más comprometido con el tejido prolijo y la vocación ofensiva hay que buscar entre los que ni siquiera calificaron, como el Guadalajara, el Pachuca y los Lobos BUAP. Todo esto bajo el imperio del 10/8, el 9/9 y el paraíso para técnicos extranjeros que es nuestro sobrevaluado futbol.

Ahí le hablan, señor Osorio. A propósito de la internacionalización de nuestro balompié y del cuento de la “generación dorada”, ahí tiene usted a Carlos Vela abandonando al Real Sociedad para refugiarse en la comodona MSL gringa. Por cierto, en San Sebastián lo hicieron objeto de una cálida despedida, en partido que la Real ganó 3–1 al Sevilla, y en el que el artista de Chetumal, que entró de cambio, se permitió el lujo de marcar un golazo de último minuto para sellar en plan grande su paso por Anoeta (21.12.17).

Mientras el resto de nuestros “europeos” calentaba banca, como es ya costumbre, solamente mantienen el tipo Héctor Herrera, capitán del Porto; Memo Ochoa, que el sábado se comió un gol olímpico en Bélgica; y muy destacadamente Hirving Lozano, autor de un gol desde fuera del área que lo mantiene al frente de la lista de goleadores en la liga holandesa –lleva 11–, en el 2–1 de su PSV Eindhoven sobre el Vitesse.

Ya me dirá usted con qué bagaje de titulares llegaremos al mundial ruso.

Barcelona sentencia la liga. El sábado, en el Bernabéu, rotundo 3–0 del Barça sobre un Madrid a la baja, a 14 puntos ya de los blaugranas, que vuelan sin oposición en pos del título. Por lo visto, el bajo nivel exhibido por los de Zidane en el mundialito era síntoma de males mayores, uno de los cuales se llama Cristiano Ronaldo, peleado con el gol. Tras un primer tiempo de empuje y aproximaciones merengues, el Barcelona liquidó la contienda en el complementario con goles de Suárez, Messi (penal) y Vidal. La frustrada multitud hizo pagar el pato a Keynor Navas, que había sido el mejor del Real pero dejó escapar el balón del tercer gol entre de entre las manos al mejor estilo Moi Muñoz.

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