Preso en la lejanía de su área, el portero es el personaje más atípico de una oncena futbolística. Y por contraste, el más expuesto de todos. Condenado a esperar, a esperar siempre, es el último recurso del equipo frente a los ataques del adversario, pero puede ser también víctima de fuego amigo, errores arbitrales, botes y rebotes inesperados, los giros traviesos del balón y, finalmente, del inmisericorde fusilamiento que supone el tiro penal –pena máxima lo llamaban los clásicos–. Y aún a sabiendas de todo eso, de que sus mínimos errores se contabilizan como goles, de que siempre habrá coequiperos, fanáticos, directores técnicos e intrusivos directivos dispuestos a descargar sobre él todas las culpas, a señalarlo con el dedo, acusarlo, responsabilizarlo de todos los males del equipo, he aquí que los especímenes pertenecientes a esta raza singular, un buen día, tal vez niños aún, sin inmutarse, dieron el paso al frente y dejaron oír la voz de su vocación: “yo quiero ser portero”. Y lo fueron, con mejor o peor fortuna, con mayores o menores aptitudes para el puesto. Pero dispuestos siempre a dar la cara –y el resto de su humanida– por el equipo.

A esta extraña ralea, a los más de 600 hombres que alguna vez inscribieron su nombre en las alineaciones del futbol profesional de México dedicó Isaac Wolfson su última obra de investigación y recreación histórica, publicado en 2010 bajo un título –Los porteros del futbol mexicano–que aspira a ahorrar comentarios. Cuando, en realidad, los dispara en todas direcciones.

Personaje no menos original que la temática de este volumen suyo, el último que alcanzó a publicar en vida, Wolfson, amigo tan querido como bien recordado, fue el outsider por excelencia de la literatura deportiva, capaz de sorprendernos una y otra vez con esa mente analítica tan suya, cargada de inventiva y rincones secretos. Lo hizo por primera vez cuando entregó a la imprenta su primera Historia estadística del futbol profesional de México (1996), demostrando que sin numeralia inteligente y con sentido no hay manera de entender la marcha de este deporte, más allá de la pura impresión acrítica o el dogmatismo ciego del forofo. Alérgico al facilismo del dato escuetamente contable, empezó Isaac por poner coto al ¡Viva México cabrones! que aparece como inscripción en tremendos sombrerotes y alienta la mayor parte de las discusiones entre partidarios de tal o cual equipo. Porque si lo que se desea es entender lo que realmente sucedió en la cancha y a través de los tiempos y los campeonatos, sopesar los méritos y deméritos de protagonistas y actores de reparto, poner las cosas en su debido lugar, cada página de la monumental obra de Isaac Wolfson es elemento indispensable.

Gracias al generoso, complejo contenido de Los porteros del futbol mexicano, hemos podido entender por qué nos emocionaban tanto los partidos de la Selección cuando custodiaba la puerta la “Tota” Carbajal, o conocer al dedillo los récords que rompió Pablo Larios defendiendo la valla del Puebla, o confirmar en números la grandeza de los “Tubo” Gómez, Florentino López, “Gato” Marín o su tocayo Miguel Zelada. Y asombrarnos de que sea el “Zully” Javier Ledezma, un portero sin relumbrón, quien posee casi todas las marcas de permanencia y bajo promedio de goles recibidos que registra el Guadalajara a lo largo de su historia. O la mala suerte del necaxista Jorge Morelos, o el autogol más famoso que vieron los siglos, obra de Miguel Marín en un Cruz Azul–Atlante sin relieve mayor, o el hecho de que Sergio Bernal, a sus 40, haya perdido la oportunidad de convertirse en el único guardameta profesional activo en cuatro decenios; los 80’s, los 90’s, los 00’s… y nada más, pues pudiendo haber participado, aunque fuese como suplente, en el Clausura 2011, simplemente dio por saldada su carrera a un pasito de esa meta.

De este calibre son algunas de las revelaciones–rememoraciones que contiene el completísimo volumen que hoy comenta Semanálisis, fiel a su costumbre de cada fin de año. Los porteros es un verdadero compendio de cuanto ha ocurrido en nuestro futbol, visto y contado desde la perspectiva nerviosa y expectante de los guardavallas, cancerberos, goleros, metas, guardametas, arqueros o porteros, que con todas esas denominaciones ha sido nombrado el último hombre, el raro del equipo, el que viste colores que rompen la uniformidad y puede jugar con las manos allí donde cualquier otro que toque con un brazo el balón corre el riesgo de ser castigado con la pena máxima, como llamaban los antiguos al penalti. Obra realmente monumental (páginas, abundantes ilustraciones), el último libro del incomparable legado de Wolfson se pasea, con un estilo ameno y directo, irónico en muchos momentos, extraordinariamente preciso siempre, por temas tan sugestivos que vale la pena mencionar el plan de esta obra de 67 capítulos, tantos como torneos de liga y copa llevaba celebrados la Primera División mexicana hasta el año de su publicación:

  • Recuento de todos los porteros que debutaron y los que se despidieron cada año (en este último caso, con la estadística completa de partidos jugados, goles recibidos, promedio de goles por partido y expulsiones a lo largo de su trayectoria).
  • Mayores goleadas y qué equipo y portero las recibió; recuento de goleadores del campeonato, con sus víctimas favoritas.
  • Actividad internacional de selección y clubes durante el periodo, con sus respectivos porteros.
  • Curiosidades y sucesos destacados del año.
  • Cada capítulo finaliza con una serie de tablas que permiten conocer la nómina completa de porteros, equipo por equipo, y cuadros estadísticos con los que más veces alinearon, los que más juegos completos jugaron, aquellos con mayor índice de efectividad (por lo regular, arqueros que en promedio recibieron menos de un gol por partido), los que más goles recibieron, en total y en un solo partido, la relación completa de penaltis detenidos, y un compendio estadístico de la liguilla por el título, visto por supuesto desde la portería y sus guardianes.

Pero además, el libro incluye un Apéndice, bajo el rubro Líderes (1943–2010), con una serie de estadísticas acumuladas a lo largo de 67 años: numerosas tablas van desplegando los nombres de quienes participaron en más campeonatos y partidos –considerando por separado torneos de liga, copa y liguillas – y, siguiendo los criterios antes establecidos, los de mejor cociente de efectividad, los más goleados, los que más penaltis salvaron, pero también los expulsados con mayor frecuencia, los que se autogolearon sin querer y quienes más veces recibieron cuatro o más goles en un juego.

Y aparece, por último, una espléndida recopilación, siempre en forma de tabla, con los arqueros líderes de cada equipo –y en Primera División habían participado hasta entonces nada menos que 55 equipos, incluidos algunos de Segunda, invitados a torneos de copa durante la década del 60.

Queda lo otro, lo misterioso y exclusivamente nuestro, no sujeto a la estadística sino a los recuerdos, sentimientos, juegos malabares de la imaginación y la fantasía personal que esta lectura suscita a cada párrafo. Pero eso pertenece a la inviolable caja negra de cada quien, y se respeta como tal. No es un don menor, más bien diría que se trata del mejor regalo que hay que agradecer a Los Porteros del Futbol Mexicano 67 Años de Historia de la Primera División 1943/2010.

 

Dedicatoria. Se ha hecho costumbre de esta columna dedicar el fin–principio de cada año a la lectura y recomendación de un libro de tema deportivo, o a una película en ocasiones. El significado de este volumen de Isaac Wofson, la originalidad de la idea de base, lo valioso de la insólita documentación que reúne y la amenidad de la escritura de Isaac, tantas veces probada y degustada –le dan consistencia y carácter de clásico. Ojalá que el lector pueda acceder a su lectura.

Y que 2018 traiga para todos pocas y nimias contrariedades y muchas alegrías de ésas que, llueva o truene, nadie nos pueda arrebatar.

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