El sábado, en CU, poco futbol y muchos nervios. Lobos, luchando a tope pero falto de ideas, la libró por muy poco. Tuvieron que confabularse el temprano gol de Cercado (6’, cabeceando un córner sin nadie que lo marcara), el penal que Nico Castillo mandó a la estratósfera en segunda instancia (su primer disparo lo anuló el árbitro Diego Montaño por invasión de la zona restringida), y el desacierto puma cuando Villalpando y sus defensas enloquecieron por un rato, luego del templado tiro libre de Marcelo Díaz que significó el empate definitivo (72’), con lo cual el chileno se redimía de su anterior pecado que obligó al juez central a anular el primer penalti de Castillo (60’). Por lo demás, el equipo de David Patiño fue una completa decepción, y Lobos remó con coraje pero sin brújula, evidenciando Quiñonez un serio divorcio con el gol en las tres ocasiones en que tuvo el arco a su disposición. Partido sobrado de leña, faltas y amonestaciones, sobre todo por parte del local, cuyo bajo desempeño, a estadio lleno, no sirvió para despejar las amargas preocupaciones a sus sufridos seguidores.

El viernes, en Tijuana, el Puebla ofreció el que debe ser su rendimiento más pobre desde que Meza se hizo cargo del equipo. No solo fue inexistente al ataque, sino que la dupla defensiva Rodríguez–Zamora parecía dispuesta a competir con la que integran El Maza y Tercero, sin duda la más permisiva de nuestra Primera División. De modo que Moi Muñoz tuvo que aguantar a pie firme una andanada de dardos envenenados –incluidos dos que rebotaron en los postes–, solo aminorada cuando Diego Coca, DT de Xolos, retiró del campo al reaparecido Gustavo Bou, que había abierto el marcador a los 11’ y resultó perpetua pesadilla para la zaga poblana. Ya Xolos navegaba aguas tranquilas cuando Lucero cerró el marcador (71’), con la franja completamente extraviada y el local en plan de sobrellevar las acciones. Partido flojo, en suma, y derrota inobjetable del Puebla.

Descubren América

De repente, todo mundo –la publicrónica y la que no lo es– han caído en la cuenta de lo obvio: que la selección de Juan Carlos Osorio está formada por suplentes de clubes europeos, que es como decir por jugadores de segunda o tercera clase mundial. Y que aquí en casa, tampoco hay mucha tela de dónde cortar. Los más optimistas se hacían cruces en estos días sobre la posibilidad de que el Chicharito deje al West Ham en busca de minutos de juego por otros rumbos, misma búsqueda de Layún, despreciado por el Porto y deseoso de reunirse con Guardado en el Betis. Reyes y Corona seguirían con el Dragón portugués, aunque tampoco son titulares, como sí lo es, incluso como capitán, Héctor Herrera (que, por cierto, entregó un penal en la semifinal copera que perdieron el miércoles ante el Sporting). En la misma liga lusa, Raúl Jiménez no pasa de delantero tapón en el Benfica, solamente utilizado en los últimos minutos de algunos partidos. Y para acabarla de fastidiar, Memo Ochoa parece haber perdido la titularidad en el Standard de Lieja, pues lleva dos jornadas calentando banca, mientras Héctor Moreno pinta para suplente eterno en la Roma, como Salcedo en el Eintracht Frankfurt, donde Marco Fabián no acaba de superar las secuelas de la grave lesión que lo ha relegado.

¿Quién nos queda, aparte de Guardado y HH? Hirving Lozano, por supuesto: él no se apea de las alineaciones del PSV y el sábado volvió a anotar. Y en otro plano, los hermanos Dos Santos en el LA Galaxy y Carlos Vela, que cambió a la Real Sociedad por un nuevo club angelino y a la liga española por la MSL gringa. Porque en el ámbito doméstico, paraíso de foráneos, las cosas no pintan mejor: eventualmente podría recurrirse a la experiencia y garra de Oribe Peralta como pieza de recambio. Y poco más. En medio de ese páramo, nos damos el lujo de banquear a Oswaldo Alanís –único central zurdo del país– por razones más bien turbias, ligadas al pacto de gavilleros.

Al fin y al cabo que, de aquí a Rusia, seguirá siendo Osorio el chivo de expiación ideal para que dueños, televisión y publicronistas mantengan en pie su letanía de aseveraciones insustanciales, basadas en los enjuagues y políticas nefastas de costumbre.

El ridículo madridista

De Zinedine Zidane se dijo que era el entrenador ideal para el Real Madrid, el único capaz de manejar un vestidor famosamente conflictivo y de dotar al equipo del juego y la energía indispensables para traducir esa armonía en futbol ganador y espectacular al par. Sus cinco títulos de 2017 lo acreditaban. Pero eso fue hasta hace unos días, a contar desde la goleada del Barcelona en el Bernabéu la víspera de navidad.

Hoy, para el madridismo, Zidane es el nombre de un apestado. Descabalgado largamente de la lucha por el título de liga, el modesto Leganés los sacó también de la Copa del Rey al vencerlos 1–2 (2–2 global) el miércoles, en la mismísma Casa Blanca. Si el francés, durante su exitosa gestión, fue cubierto de elogios gracias al lanzamiento de un puñado de jóvenes provenientes de las fuerzas básicas del club –los Nacho, Vázquez, Asensio–, y en 2016 había optado por el malagueño Isco por encima del astro colombiano James Rodríguez, en los últimos meses fue notorio su desdén por ese grupo de promesas por consolidar, y se le reprochó, en cambio, su preferencia por la caballería pesada –los Modric, Kross, Varene, Benzemá– a pesar de la baja forma que acusan todos ellos. Y para colmo, vigente está la sequía goleadora de Cristiano, con la cauda de rumores consiguiente.

Ante la falta de resultados, el malestar externo alcanzó la entraña del club, donde los jóvenes, al parecer, se agruparon para reclamarle al francés el lugar que habían perdido en las alineaciones, con el argumento irrefutable de la flojísima producción de los astros en los que sin mayor justificación seguía confiando. Y Zidane no tuvo más remedio que atender sus razones. Por eso, su formación del miércoles ante el Leganés fue una mezcolanza de titulares y reservas que, según confesión del propio Zizou, ofreció un primer tiempo desastroso, en el que el visitante cobró ventaja (0–1).

Pero no fue mucho mejor lo que su Madrid ofreció en el complementario, antes y después del transitorio empate conseguido por Benzemá (47’), que no serviría de nada, porque a poco de eso encajaban el gol que los eliminó (Piris, 55’). Lejos de cualquier idea de juego elaborado, el Madrid se dedicó entonces a lanzar centros al área desde todas las direcciones –hasta 44 se contabilizaron–, lógicamente sin ningún resultado. Y sin la menor recomposición táctica por parte de su director técnico, que ni siquiera como suplentes había incluido a los Bale, Marcelo y Cristiano, para poder echar mano de ellos en un momento dado. ¿Fracaso de la generación emergente, que cargó con el peso del fiasco copero? ¿Fatal imprevisión del técnico, que se remonta al final de la temporada anterior, cuando declaró que su plantel estaba completo y no requería ningún refuerzo?

Lo cierto es que los días de Zidane al frente del Real Madrid parecen contados. Pesa tanto la doble defección –liga y copa– como la forma de producirse, prácticamente sin reacción ninguna por parte del francés. Queda en pie la defensa de la Copa de Europa, cuyas dos últimas versiones fueron ganadas por los merengues. Pero ese mar no está menos picado, demasiado quizá para un equipo con la moral a rastras. Picado y complicado, porque será el PSG su rival en octavos. Cierto es que el superreforzado club parisiense también ha tenido amagos de motín a bordo –provocados, claro está, por Neymar–, pero, por lo pronto, como no queriendo, Zizou ha declarado que le encantaría dirigir a la selección de su país. En Madrid, mientras tanto, se le recuerda su origen argelino y se avivan las sospechas de que pudiera profesar el Islam. Y tal como están hoy las cosas, eso cala. Las apuestas son sobre si Zinedine llegará o no a junio en el banquillo madridista. Porque a partir de allí, la opinión está unificada en torno al inminente adiós del ex ídolo blanco.

Abierto de Australia

Cuando aún no empezaba el torneo, Roger Federer declaró que era un disparate señalar como candidato al título a un hombre como él, de 36 años. Pero en la final se desmintió rotundamente. Con su tenis señero de siempre, cerebral, armonioso y fácil, pasó sobre el ambicioso retador croata Marin Cilic en un partido memorable que terminó a tambor batiente (6–2, 6–7, 6–3, 3–6 y 6–1). Ha sido su vigésima victoria en grand slam, marca propia de un gigante sin par en la historia del deporte blanco.

Antes, el sábado, ocurrió lo impensable: que Caroline Wosniacki fuese tan solo la fémina más impresionantemente bella que ha pisado los courts para convertirse, por fin, en vencedora de un grand slam, a expensas de la rumana Simona Halep, a quien de poco le sirvió su tenacidad habitual ante la danesa, inspirada como nunca (7–6, 3–6, 6–4). De paso, le arrebató a Halep el número uno que ostentaba cuando arribó a Melbourne.

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