El Puebla, que no ganaba fuera, liquidó el sábado al Monterrey en su propio terreno. En cambio el viernes, la defensiva de Lobos BUAP protagonizó un capítulo más de su tortuosa competencia con su delantera y se la llevó de calle para contento de Xolos, que se encontró con la victoria sin apenas buscarla. Lo que va de un 1–3 reconfortante a un 3–1 descorazonador.

Insisten en autoinmolarse. En Tijuana, Lobos BUAP volvió a su normalidad, la de regalar goles a pasto. De pena ajena los que esta vez encajó la manada, lo mismo el tirito de Mendoza que se le escurrió a Villalpando entre las piernas (35’) que la mano de Advíncula que determinó el penal del segundo tanto xoloxcuintle (63’: lo convirtió Bolaños) o el resbalón del Maza y el adelantamiento del guardameta que le abrieron el zaguán de par en par al tijuanense García para la tercera anotación local (73’).

La verdad es que ni canes ni lobos jugaron bien, y que los guaguaces fronterizos esa noche debieron haberse ido a la cama menos satisfechos de su juego que agradecidos ante tanta esplendidez poblana. El gol de Julián Quiñones, muy cerca del final, fue meramente testimonial.

Lúcida y lucida franja. El equipo de Mohamed tuvo el balón, la iniciativa y no pocas oportunidades, pero también el descontrol, la precipitación y los desaciertos. Mientras tanto, Enrique Meza dictaba otra lección de dirección técnica apoyado en la fe y la entrega de su gente, que mantuvo un orden impecable sobre el terreno –en mal estado por la lluvia– y arrasó al contraataque, sobre todo cuando le tocó conducirlo al estupendo Bryan Angulo, un estilete finísimo por la banda izquierda. Se apoyó en una defensa de cinco y coronó su actuación con tres goles de lujo. Sacó el Puebla, eso sí, un uniforme horrendo.

Y eso que los Rayados habían abierto muy temprano el marcador (Funes Mori a los 8’) y amenazaron con engrosar la cuenta dos o tres veces antes de que Omar Fernández cazara a bocajarro un rechace de Medina sobre la raya a tiro del ubicuo Chumacero (25;), y, en otro ataque perfectamente urdido por Angulo, el lateral del otro lado, Venegas, apuntara con una calma espartana al ángulo contrario de Hugo González para colgar allí un preciso y dibujado toque,  completamente imparable (45’). Así se fueron al descanso.

Sufrió el Puebla para capear el temporal que se le vino encima en el complementario, pero consiguió reducirlo a simples fuegos de artificio de un Monterrey, cuya famosa línea atacante –Pabón, Funes Mori, Avilés Hurtado—casi siempre fue bien controlada y las ocasiones que tuvo las desperdició, para que Cavallini liquidara la contienda mediante gran acción personal –se hizo un traje de torero con Jonathan González– concluida de colocado toque cruzado (88’).

Hacía 25 años que el Puebla no sacaba los tres puntos de la casa de Rayados.

Se salieron con la suya. La versión futbolística PRI (Porfiriato Replicado Impunemente) confirmó su acreditada habilidad para lanzar la piedra y esconder la mano. Y si en vez de piedra es bomba de humo, tanto mejor. Bomba de humo, que no de otro modo puede llamarse a la “renuncia” de Decio y su inmediata reposición por un emisario más de Televisa (la otra televisora se traga el sapo porque anda pobre de representación, de personal… y de personalidad, aunque comparta un pequeño trozo del pastel). De sobra saben los gavilleros pactantes que la publicrónica les es fiel, y que, como efectivamente sucedió, le dará vuelo a la hilacha deciomariana –simple ratón de utilería– a cambio de permitir que el elefante portador del paquete que prepararon se les escape sin que alguno se atreva a dar la voz de alarma.

El elefante, en este caso, es el aumento a 20 franquicias –más ocasiones de aburrimiento– y la supresión del descenso–ascenso no por cuatro pero sí por un par de temporadas –tres años, seis minitorneos soportando a las misma veintena de murgas–; aunque eso sí, los coleros de la tabla del descenso tendrán que apoquinar millonaria multa –más lana a las arcas de la gavilla– a cambio de su permanencia. Y de nueve bultos de importación nos harán el favor de reducir a ocho los permitidos por equipo –para que siga la fiesta del dinero negro circulando entre agentes y directivos. Por otro lado, habrá VAR a partir de 2019–20 –para que los árbitros puedan protegerse de sus continuas regadas con novedoso escudo tecnológico. Ah, y de la dichosa multipropiedad, que en 2013 habían prometido erradicar “en cinco años”, ni media palabra.

¡Qué muchachos tan picudos!

El parto de los montes. Sería el símil que mejor le cuadra a la reunión prigavillera del viernes pasado. Llama la atención, por cierto, que toda la energía condenatoria que derramaron, todos a una, los medios y el medio futbolístico con motivo de la “filtración” de hace quince días se haya diluido tanto, y que los más feroces críticos de lo que Nacho Ambriz calificó entonces con sonora elocuencia muestren ahora tan mansa resignación. Y hasta viertan elogios sobre Decio por su “brillante” gestión, y al tal Jon de Luisa –otro empleado de Televisa– lo traten de “prohombre empresarial” capacitado, según esto, para culminar la magna obra de su antecesor.

Lo que es reírse del mundo bajo la plena seguridad de nada impedirá que, como siempre, se salgan con la suya. Cinismo, llamaban los clásicos a esa figura.

¿Fair play financiero? El pretexto ideal para suprimir el descenso es la consabida inestabilidad económica de la Primera A. Solo que ese argumento –que es real–, atañe por igual a la mayor parte de las franquicias de Primera División, atenidas a los dobles contratos, los consuetudinarios adeudos con futbolistas y empleados y a las ayudas gubernamentales, abiertas o veladas.

Acerca de las exigencias en materia de instalaciones y cupo de estadios ya se ha dicho que es un golpe bajo más, al estilo del de los cocientes, soportado sin rechistar por el colectivo de una Primera A desfondada en lo económico y en lo deportivo. No es creíble que el “castigo” que supone la suspensión del ascenso sirva para que, en dos añitos, 80 por ciento que hoy incumple esos arbitrarios requisitos se ponga al corriente, dada la inminente desinversión que sin duda acarreará la ausencia de alicientes para luchar por un sitio en eso que la gavilla llama pomposamente “División de oro”. Tampoco se sabe mediante qué milagro conseguirán sobrevivir numerosos “clubes” de Primera, Primera A y divisiones menores, si prescinden de los dineros públicos. Porque los gavilleros que al tal Bonilla utilizan de vocero no explicaron de qué mágica manera se conseguirá que para 2021 emerja de ese pozo sin fondo un futbol mexicano saneado en sus finanzas y fortalecido en sus estructuras.

Lo que en realidad han hecho es reafirmar su control sobre las selecciones “nacionales” y las transmisiones televisivas sin intromisiones ajenas –ya ven lo poco que duró la intentona de Slim por participar en el negocio–, de modo que nadie ose poner pie en sus dominios. Es eso lo único que les importaba. Porque lo que es el futbol, los futbolistas y los aficionados no son para ellos sino el medio para satisfacer su codicia.

De modo que, una vez más, a brindar entre apapachos y burbujas de champaña. Y háganle como quieran.

El cuento del clásico. Chivas quería pero no podía. América podía pero no quería. Y la gente se aburrió de lo lindo en la versión sabatina del “clásico de clásicos” (1–1), que como casi siempre no fue a ninguna parte. ¿Y qué decir del Cruz Azul y su campaña de despedida de Ciudad de los Deportes? Pues que ahora las apuestas son por si se les irá el torneo sin volver a ganar allí, y por el tiempo que durará Caixinha al frente de los cementeros, derrotados en casa una vez más –0–1 ante un tibio Querétaro–, con penal fallado por el “Gato” Silva y todos los aditamentos propios de un pequeño desastre.

Del Potro, vencendor en Acapulco. En ausencia de Rafael Nadal, el Abierto mexicano de Tenis fue para Juan Martín del Potro, “La Torre de Tandil”, exultante en la final contra el sudafricano Kevin Anderson, al que liquidó en dos sets sin mayores problemas (6–4, 6–4). Excelente desempeño del argentino, tenista fino y expresivo como pocos, muy apoyado por el público y favorecido por la falta de oposición real en sus sucesivos contrincantes.

La corona femenil fue para Lesis Tsurenko por segundo año consecutivo. La ucraniana dispuso de la suiza Stefanie Voegele en cerrado duelo (5–7, 7–6 y 6–2).

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