Si la afición decae, la fiesta se afantasma. Qué cosa patética seguir llamando “fiesta brava” a una tauromaquia rodeada del vacío, como viene ocurriendo desde hace años durante las reducidas temporadas chicas de la Plaza México. Esos tendidos mudos, esas gradas desoladas son la antítesis de lo que los festejos novilleriles significaron siempre: la cita con una esperanza plural, compartida a precios muy razonables por la buena afición al margen de exigencias desorbitadas, de la tensión del toro adulto, de la pugna entre las figuras y sus partidarios, pero avivada por el interés que trae la búsqueda de novedades, el hallazgo de esa savia joven responsable de tantas alegrías y pasiones veraniegas, toda ese entorno lleno de vida, expectación y riesgo que en otro tiempo fueron las novilladas.

Como todo mundo sabe, la actual temporada chica capitalina tuvo como prólogo toda una declaración de intenciones por parte de varias empresas –la de la México y algunas de provincia–, unidas por el propósito de descubrir y promover nuevos valores de manera organizada. Los resultados están por verse, pero la iniciativa ya representa algo, luego de lustros en que las novilladas parecían no importarle a nadie, empezando por la propios empresarios, acostumbrados a basar sus temporadas en los rutinarios y fofos burreles impuestos por presuntas figuras extranjeras hechas a ver cumplidos sus mínimos caprichos, mientras los diestros nacionales se ven reducidos al papel de partiquinos; y todo eso sin el menor provecho para su negocio, pues, hasta donde se sabe, los beneficios son exclusivamente para los diestros foráneos. Será por eso que han decidido probar algo distinto, como iniciar sus ciclos novilleriles en primavera, con la esperanza de recoger algún fruto maduro en el verano. Que de eso trataba la temporada chica.

 

En familia. Pero el aludido plan, denominado “Soñadores de Gloria”, no deja de ser un proyecto a mediano plazo y así lo confirman las tristísimas entradas de la primera tanda de festejos novilleriles en la cazuela de Insurgentes. ¿Habrá forma de apresurar el proceso, antes de que el desánimo les gane la partida los taurinos que lo crearon y los ganaderos que prometieron apoyarlos? Pero el aficionado cabal, ése que ama a la fiesta sin esperar ningún beneficio personal que no sea verla renacer de sus cenizas, no podía permanecer cruzado de brazos. Y en estos días ha circulado un artículo con la firma de Alberto A. Bitar, que fuera cronista docto y respetado y el último director de El Redondel, de tan gratos recuerdos. Su escrito contiene una serie de ideas coherentemente expuestas, encaminadas a atraer el interés de las nuevas generaciones hacia las corridas de toros. Y, para empezar, de novillos, ya que de la temporada chica estamos hablando. Tiene la ventaja de que nada se pierde con intentarlo cuando son nulos los beneficios del supuesto negocio, y que no representando un gasto oneroso, podría redundar en ventajas para todos  en un plazo razonable.

 

La Iniciativa Bitar. Sin más trámite y transcribiendo a su propio autor, éstos son los puntos centrales de la propuesta del señor Bitar:

“Lo primero… que adultos que acudieran a la plaza en compañía de uno, dos o tres menores únicamente pagarían su boleto, quedando exentos los pequeños… A éstos  se les entregarían folletos ilustrados (uno por cabeza) explicativos de lo que es la fiesta, sus orígenes, su historia y su importancia cultural… para una segunda visita, comprobándola con el boleto del festejo anterior, se les obsequiarían cuadernos coleccionables con breves biografías y gráficas de algunos ídolos de antaño… En sus localidades habría un sobre con dos pañuelos blancos en su interior con el fin de que sus familiares les expliquen cómo deben utilizarse para pedir los apéndices del toro… a la entrada y a la salida,  personal especializado les preguntaría a los “chavos” qué los motivó a asistir y al final su opinión sobre el festejo… Para la fecha siguiente, a las 11 de la mañana, haciendo entrega de la debida contraseña, tendrían derecho a una visita guiada a los interiores de la plaza… con explicación del sorteo, retrato del grupo y toda la cosa. Transcurridas seis o siete novilladas podría ponerse en marcha un concurso de dibujos taurinos para “jovenazos” que, al quedar inscritos, recibirían cuadernos y lápices de colores. Reconocidos artistas plásticos formarían el jurado y en la fecha prevista se darían a conocer los nombres de los ganadores y sus premios correspondientes, a entregarse en el centro del ruedo durante la novillada con los triunfadores de la temporada “chica”.

Una propuesta sencilla de aplicar y poco onerosa, en demanda solamente de voluntad política por parte del empresariado. Se sobreentiende que, para hacerla viable, requiere de una difusión apropiada, que implica recurrir de manera inteligente a los medios –escritos, audiovisuales y redes sociales–, pero también de presencia atrayente y significativa en centros comerciales e incluso colegios afines al proyecto. Debe hacerse una oportuna evaluación de resultados para pensar y aplicar las correcciones que se precisen y, en una segunda etapa, llevar el plan a la temporada grande. Esto vale, por supuesto, para todas las empresas comprometidas con “Soñadores de gloria”, sin otro propósito que potenciar su impulso inicial y acelerar la consecución de los objetivos planteados.

Como verán ustedes, la imaginación creativa del taurino de verdad no conoce límites. Habrá que ver si la de los que viven del toro es equiparable.

 

Sevilla en marcha. La primera semana de la feria de abril culminó ayer con un ameno festejo de rejones –Lea Vicens y Sergio Galán cortaron una oreja y dos obtuvo Andrés Romero–, que algo disipó el mal sabor dejado por los Victorinos de la víspera, tan hermosos como impropios para el lucimiento, pese a la buena disposición de Manuel Escribano y Daniel Luque, que contrastó con la prudencia de Antonio Ferrera. Y como en los días previos tampoco saltó la anhelada liebre –pese a que se había otorgado un apéndice cada tarde–, puede afirmarse que, hasta el momento, lo realmente grande ha sido la faena de Andrés Roca Rey al colorado “Jara” el domingo de Resurrección.

 

“Suele pasar”. Así comentó Joselito Adame su única presentación sevillana de este año, marcada por las complicaciones del par de galafates que integraron su lote de La Palmosilla, el jueves 12 en la Maestranza. Dos toros enormes, cinqueños, exigentes. Embestidor y pegajoso el primero, “Goloso” de nombre, goloso sobre todo de muleta, que perseguía pegando derrotes y sin ningún ritmo. José lo intentó todo, valiente y responsable, alargando la faena en busca de resquicios para el lucimiento. Inútil empeño. Y demorarse en muchas probaturas y escasos logros le costó par de toques de clarín. En cambio despachó con acierto al quinto, “Mirlillo”, un castaño imponente, áspero también pero medido de fuerza, defensivo, frenado y probón. Otra vez será. Lo malo es que como bien comentó Emilio Muñoz a propósito del mayor de los Adame, “siendo la primera figura de México, uno esperaría que recibiera en España un trato similar al que se da en México a las figuras españolas”.

Esa tarde del jueves el caleño Luis Bolívar se encontró con un toro de triunfo –“Destilado”, el cuarto: fijo, voluntarioso y noble, demasiado suavón acaso–, lo toreó por nota y le cortó la oreja. Pero su caso se parece al de nuestro Joselito, ¿le servirá de algo esa oreja o tendrá que esperar un año largo para recibir otra “oportunidad” similar, en día malo, con ganado dudoso y poca gente en las gradas? Tercer espada fue Rafael Serna, que dio algunos naturales buenos al humillador pero débil tercero. Luego se defendió como pudo del mulo que cerraba plaza, mientras se precipitaba sobre Sevilla el diluvio universal.

 

Talavante. La del viernes 13 era, para mi gusto, la terna de la feria. No se contaba, empero, con que la bueyada de Olga Jiménez e hijos iba a arruinar una tarde preciosa de sol y aromas con esa ensalada de hechuras y pesos, dos inválidos que hubo que devolver y ningún toro medianamente bravo. Miguel Ángel Perera, cuya mala suerte en los lotes se ha vuelto crónica, pasó una vez más de puntillas en su única comparecencia del año –como si fuera mexicano, vaya. Roca Rey expuso lo indecible, estuvo muy por encima de los dos pésimos sobreros y todo lo que consiguió fue que lo llamaran al tercio a la muerte del primero. Y Alejandro Talavante planteó dos faenas harto interesantes, mal rematada con la espada la primera y mucho más intensa, templada y expresiva la del quinto, de menos a más, magistral en la elección de terrenos y la dosificación de toques y pausas. Cuando el manso aunque noblón “Sosito” quiso enterarse ya llevaba dentro una faena bordada en la querencia a tablas del de Jiménez Indarte y un estoconazo definitivo. Y como en Sevilla se entiende de esto y se saborea el arte, el extremeño pudo pasear una oreja.

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