Quedamos el otro lunes en que el público sevillano desbarró más de la cuenta durante la feria de abril en su apreciación de ciertos toros y determinadas faenas,  magnificadas o minusvaluadas de acuerdo con su estado de humor y eventuales simpatías. Aunque bien podría tratarse del hartazgo a que lleva ver toros todos los días, situación que más pronto que tarde le distorsiona la capacidad de apreciación hasta al aficionado más ávido o curtido. Pero a Sevilla se va a torear de verdad o no se va, de ahí que de lo visto en su feria última puedan desprenderse observaciones más que interesantes.

Al natural. El pase fundamental del toreo de muleta, piedra de toque de este arte secular, los toreros lo escamotean cuanto pueden, libres ya de la molesta presión que sobre ellos ejercía José Tomás, único gran torero izquierdista de la época. Lo que significa que en Sevilla ninguno se apeó de la faena estándar, planteada casi toda sobre la mano diestra –con la espada agrandando la muleta los maestros se sienten a sus anchas–; mas como al cabo de varias tandas derechistas hay que probar al toro con la zurda, los diestros tienen que incluir, aunque sólo sea en grado de tentativa, algo de toreo al natural. Que en las faenas buenas, suele cobrar altura y ofrecer muestras dignas de aplauso.

El Juli, por ejemplo, acostumbra llevar la muleta muy baja para acentuar el mando, y así, con temple y limpieza, lo bordó con “Orgullito”, el indultado burel de Garcigrande. Manzanares, acorde con su estilo, suele ofrecer la versión más clásica del pase torero por excelencia, tal como lo vimos en varias tandas al formidable “Encendido” de Núñez del Cuvillo –el toro de la feria en mi opinión–; tiene sabor y empaque el natural de José María, aunque a veces parezca demasiado geométrico e incluso algo brusco. Lo que no ocurre con Talavante, que le ligó al castaño “Asturiano” –también de Cuvillo, misma tarde del 17 de abril– un par de series de escándalo por frontalidad, pureza de trazo, templada suavidad y perfecto remate (ya se sabe que a este torero lo único que le perjudica es cierta indefinición estilística que no acaba de vencer). Y qué decir de Roca Rey, que dicen los que saben conquistó Sevilla en pleno domingo de Resurrección gracias, precisamente, a la hondura, despaciosidad y ajuste de sus hermosos naturales a “Jara”, el buen colorado de Victoriano del Río que ese día desorejó, antes de topar con lotes francamente detestables en sus otras dos comparecencias. Y cómo olvidar a Pepe Moral, cuyo torerísimo integral merecería un mejor trato de las empresas, y que incluso obligó a pasar al miura “Limonero” en aislados pero meritorios naturales, cargando la suerte y gobernando y vaciando con valor y precisión la alerta embestida. Y tampoco sería justo dejar en el tintero una excelente tanda zurda que, a su sobria pero poderosa y templada manera, le endilgó Luis Bolívar al noble “Destilado” de La Palmosilla, el jueves 12, en que Joselito Adame tuvo su única oportunidad sevillana, frustrada por el ganado.

Pero en mi opinión, los naturales más emocionantes de la feria los cuajó José Garrido porque se los dio a un astado de El Pilar, “Huracán” de nombre, que probaba bastante y movía la cabeza como una devanadera. No sólo supo citar centrado a la cuna y aguantar cada arreón, sino que dio largura y temple a muletazos zurdos cada vez mejores, ligados a base de permanecer en el sitio del riesgo. No fueron muchos, pero sí más de los que “Huracán” aparentaba merecer, ejemplares por su limpieza, largura, remate y ligazón.

Dicho lo cual, sigo pensando que los mejores naturales que este año he podido ver –aunque sea a través del video– los dibujó con precisión y temple admirables Saúl Jiménez Fortes con el noble “Mucamo” de Victorino, el domingo de Ramos, en Madrid.

Furor por los pases de pecho. Pero el género muleteril que la Maestranza corea y ovaciona con mayor convencimiento y fuerza es sin duda el pase de pecho, casi independientemente de la calidad de la ejecución. Ya puede el espada en turno estar haciendo primores o ajustándose a los cánones más rigurosos en los muletazos previos, que la aclamación mayor estallará en cuanto se eche al toro por delante en el clásico remate. Y como los coletudos lo saben, cada cual procura que le resulten lucidos… o cuando menos lucidores.

Que es el caso de quienes, habilidosos, dotan sus pases de pecho de artificiosa redondez, haciendo durar la suerte aunque se pasen la cabeza del bicho lo más lejecitos posible. Naturalmente, es el de pecho derechista el que mejor se presta para cargar de sacarina caramelo tan del gusto de la multitud. Y a nadie debiera extrañar que su ejecutor maestro sea Enrique Ponce, máximo experto en dar atole con el dedo, incluso en las raras ocasiones en que el ampuloso trazo lo da con la muleta en la mano izquierda. A diferencia de Manzanares, que suele copiarle el truco al valenciano en sus pases de pecho con la diestra, pero con la mano zurda sí se pasa los pitones rozando la pechera y recobrando para el momento su arrogancia y valor clásicos. Mientras que, quien sabe por qué, Alejandro Talavante ha dado en prodigarlo demasiado escueto y casi a pies juntos, en ocasiones con la vista fija en el tendido aunque sin regatear nunca ceñimiento.

El resto de los coletudos, cada cual a su modo, se esmeró en Sevilla por dar brillo a sus remates con el pase de pecho. Cosa muy de agradecer a estas alturas.

Estocadas. Las hubo soberbias, la mejor de todas en la suerte de recibir, ejemplarmente ejecutada por José María Manzanares para despachar a “Encendido”, el cuvillo al que le cortó las orejas. O la de Alejandro Talavante al toro siguiente, “Asturiano”, entrando con tal rectitud a volapié que recibió un fuerte pitonazo en el pecho que por suerte no profundizó. Pero, a despecho de estas y otras buenas estocadas, lo llamativo fue la forma en que el público reunido en la Maestranza decidió pasar por alto la calidad de la suerte suprema, ya ignorando ejecuciones plausibles aunque el estoque diera en hueso o el animal tardara en doblar, ya empeñándose en premiar espadazos de colocación claramente defectuosa, unas veces enfrentándose abiertamente al presidente, otras, si el usía en turno era algo timorato, obligándolo a premiar lo que nunca debió premiarse.

Lo que demuestra que ya no hay públicos que velen por la pureza, aunque muchas veces el aburrimiento los haga fríamente insensibles, lo que no debe confundirse con sabiduría.

Aguascalientes. Feria larga y ruidosa, autoridad permisiva, público musiquero, orejero y festejador, todo eso dice la fama de la alegre feria de San Marcos. Pero no es para tanto, ante los escuálidos teofilitos del miércoles 25 los hidrocálidos lanzaron un ya basta y despidieron con abucheos a los responsables visibles del fraude, luego de protestar sendas orejitas a los hispanos Enrique Ponce y Ginés Marín. El contraste con los de La Joya del viernes fue evidente: toros de verdad y además bellos, para validar el triunfo de Sebastián Castella –a oreja por toro–en medio del dolor por la cornada a Arturo Macías.

Que pese a todo aún hay toros y toreros lo confirma el magnífico encierro de Begoña del día 22, con el que impresionó el arte ampulosamente personal de Antonio Ferrera y sufrió Fabián Barba la fractura de varias costillas tras cobrar una oreja, mismo premio obtenido por Sergio Flores. O los de Jaral de Peñas y La Estancia de la víspera, que propiciaron la salida en hombros de Joselito Adame y Hermoso de Mendoza. Decepcionó, en cambio, Xajay, desigual de presentación y floja de juego. Y tampoco salió buena la inaugural de San Isidro (domingo 15), aunque algo lograran Jerónimo (vuelta) y Barba (oreja).

Suerte que la revista ¡Suerte! circuló con profusión, para solaz de locales y foráneos.

Puebla. Con escasa respuesta de público se reabrió El Relicario. Como si la gente hubiera presentido que el ganado, mal presentado, resultaría mansurrón. La excepción fue el quinto de Villa Carmela del viernes 27, que posibilitó el reencuentro de Federico Pizarro consigo mismo y con el público poblano. Lástima que afeara su bella faena con la necedad de querer indultar, a lo que se opuso resueltamente el juez José Antonio Gaona. Al final, espadazo defectuoso, dos apéndices y a hombros con los ganaderos. Esa noche, Enrique Ponce, que venía de petardear en Aguas, paseó la típica oreja “mexicana” –astado insignificante, faena distanciada y superficial, público predispuesto e ingenuo–. Silveti, sin toros. Como la terna completa en la apertura ferial, con burreles anémicos de La Venta del Refugio, Castella de puntitas y orejas por no dejar para Jerónimo y Joselito Adame.

¿Mejorarán las cosas en la nocturna del 4 de mayo, con los de Marco Garfias para Juan José Padilla, El Zapata y Arturo Saldívar? Ojalá. Y que la novillada–cerrojazo del viernes 11 cumpla con el propósito de develar y revelar algo de savia nueva para la Fiesta.

Y, poblanos, nos vemos el jueves a las 8 PM en la Casa del Torno, en el cierre de “Los Toros Hablados”, con Miguel Ángel de la Garza moderando la conferencia del ganadero de El Grullo Juan Carlos González sobre “Libertad de encastes”.

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