Se llama José Magán Alonso y cumple su primer San Isidro en el palco de la autoridad. La bronca estalló imponente, agresiva, ante su negativa a premiar una faena torerísima, de alta tensión emotiva, extraída por Saúl Jiménez Fortes del último cartucho de una de esas tardes soporíferas al mejor estilo Madrid: torazos medio dormidos, público ídem, palmas de impaciencia suplantando al aplauso franco,  toreros vanamente empeñosos…

Los toreros que se esforzaron en vano fueron Manuel Escribano y Daniel Luque. El sexto castaño de Pedraza de Yeltes se llamaba “Urante” y pesó 632 kilos, más o menos la media que dio el imponente encierro salmantino, hermoso por fuera y vacío por dentro. Toros inciertos de entrada, de los cuales el único que apretó en varas fue éste, precisamente, muy bien picado por Francisco de Borja. Dado lo incierto del burel, impresionó que Fortes se quedara tan quieto en el quite, jugando lentamente los brazos en el trazo de la cordobina: al cabo de la tercera, el castaño se paró, a metro y medio del hombre; y entonces, con exquisita calma, el malagueño se desplantó, retrajo su capote para citar a cuerpo limpio, lo adelantó de nuevo y, por el pitón contrario, se trajo a “Urante” tras el vuelo de media verónica dibujada, de remate abelmontado sobre su cadera izquierda. Y la fiesta se hizo, y la plaza de pronto despertó en la ovación más maciza y compacta de la tarde. De momento…

Porque si ese quite era, por lo pronto, el más artístico de la feria, su faena tenía reservadas nuevas sorpresas. Torerísimas sorpresas basadas en la pureza del toreo y la verdad del aguante. No valía “Urante” más que cualquiera de sus hermanos, pero cuando un torero se pone donde se puso Fortes, y para, templa y manda como el espigado espada lo hizo no hay toro que se resista. Tan insípido como noblón, al astado le costaba repetir, pero ya fuese que lo hiciera, imantado por la flámula, o se frenara a centímetros del diestro, éste permanecía impávido, lo incitaba sutilmente con la tela y la voz y aguantaba el arreón a pie firme. Tanto que, al tercer natural, el de Pedraza se lo echó al lomo limpiamente y lo buscó en el piso sin demasiado celo, por fortuna. Indemne, Saúl volvió al toro sin aspavientos, se metió entre los pitones, adelantando la muleta sin exageración, y prosiguió en tono mayor una faena caracterizada por la decisión de triunfo y la pureza de trazo, donde la hondura no dependía del simple mecanismo de llevar la mano baja –las limitadas energías del bicho aconsejaban la media altura, sus protestones derrotes engancharon a veces el paño, pero el torero no se inmutaba y la emoción nunca decreció. Además de autenticidad y épica había despaciosidad y estilo, la suerte invariablemente cargada, los pitones a milímetros de la taleguilla, el torero naturalmente erguido, llenando la escena de tensión a fuerza de coraje y serenidad.

¿Faena corta, faena larga? Gran faena, en todo caso, elevada la fuerza dramática del toreo a niveles de belleza y emoción apenas concebibles. Y ejemplar el estoconazo arriba que dio en tierra con el corpachón del hermoso castaño. De ahí la abrumadora, unánime petición, que desnudaría la insensibilidad y antitaurinismo del tal Magán Alonso. Casi puede decirse que le hizo a Fontes un favor, porque será difícil que se repita en mucho tiempo la bronca monumental que siguió al arrastre de “Urante”, la tupida cojiniza que tapizó el anillo de las tablas a los tercios y las dos vueltas al ruedo que, bajo un clamor estruendoso, se vio obligado a dar el torero. Ese gran torero llamado Saúl Jiménez Fortes.

Señorío declarativo. Interrogado luego de trasponer la puerta de cuadrillas entre ovaciones, Fortes aún dejaría algunas sabias frases para la reflexión: “Habré hecho faenas mejores, pero ninguna más sentida que ésta… La oreja no pasa de ser algo simbólico, en cambio, dos vueltas al ruedo no las había dado nunca, y escuchado aplausos tan fuertes jamás… Si dependiéramos de un trofeo (la oreja)  esto sería un deporte, no un arte… Si el toreo es cultura lo es porque nos da esta clase de emociones imborrables”.

Hombre al agua. Antes de retirarse contrito por donde había llegado, el presidente José Magán Alonso había tenido que soportar, además de la bronca monumental de la plaza entera –que le gritó ¡Fuera…! con verdadera furia–, la filípica de una señora que, colocándose bajo el palquillo, a metro y medio de la cara dura del intransigente de marras, lo increpó largamente, sin importarle la cercana amenaza de un gendarme que custodiaba a tan desatinada autoridad. Siguiendo el ejemplo de la dama, varios aficionados se animaron después a hacer lo mismo, viéndose obligado el presidente a permanecer casi tan impávido como Fortes. Pero sin toro ni torería ni asomo de dignidad.

Mexicanos. Recordábamos a Joselito Adame –primera figura nacional por méritos propios– como un muchacho de sonrisa fácil, delante del toro y de cara al público. Pero de un tiempo a la fecha su gesto se ha vuelto adusto, tenso, incómodo. La tarde del jueves 10, vestido de pistache y oro con cabos negros, hizo su decimocuarto paseíllo en Las Ventas para contender con par de catedrales de Fuente Ymbro, castaño albardado y paliabierto el abreplaza “Holgazán” –536 kilos de aspereza y medias arrancadas– y negro, largo, imponente “Señoría” –con 563 y que algo tragó por el derecho cuando se vio obligado. Con semejante tela José no estuvo ni bien ni mal. Fue más bien como si no estuviera. Como si la acritud del gesto fuese reflejo de una desazón interior que le impide transmitir las buenas sensaciones de antes. Las que le abrieron las puertas del triunfo en Madrid, en Sevilla, en la México, y se las volverán a abrir en cuanto recobre su frescura torera. Que podría ser el próximo sábado 19, con los toros de Alcurrucén que estoquearán el hidrocálido, Curro Díaz y Juan del Álamo.

Sergio Flores tenía ayer su “oportunidad”. Y anduvo empeñoso y torero con los de Baltasar Ibán, más ligeros pero no mejores que los grandulones encierros de las corridas anteriores. Tal vez hasta hubiera podido cortarle la oreja a “Gallito” (484 kilos), su primero, si al noble retinto de Ibán le hubiera dado por ligar cuatro embestidas al hilo, y sin tanto viento como sopló. Pero eso ya carece de importancia, como todo lo que devora el cenagal sin fondo de las suposiciones no cumplidas. Que gustó su toreo lo demuestra la ovación que lo llamó al tercio a saludar. Y eso fue todo porque el quinto, “Lastimoso I” (529), se la pasó calamocheando y Sergio, valeroso y resuelto, colocado siempre entre sus astifinos pitones, no consiguió coser dos embestidas aprovechables ni impedir que el alud de derrotes le enganchara constantemente la muleta. A los dos los mató pronto y bien. Y ahora dirán que pasó por San Isidro sin romper el hielo. Y que a lo mejor, el año próximo le dan otra “oportunidad”, pues así de generosos son allá con los nuestros. Por ahora, su periplo español en este 2018 seguramente quedará reducido a esta única corrida.

Primer espada fue el pundonoroso Alberto Aguilar. Joven aun, ya había anunciado que deja los toros, cansado de que lo ninguneen. Para colmo tuvo un lote imposible y se despidió de Madrid oyendo un aviso. Y dos escuchó, en el sexto, Francisco José Espadas. Pero ya tenía la oreja de “Mexicano”, el único propicio del encierro, con el que evidenció valor y un corte torero de fina castellanía. Su faena no era equiparable a la de Fortes, pero el juez Justo Colo resultó más sensible y atento a la solicitud de los aficionados.

Toros y toreros. Entre el miércoles 9 y ayer domingo se han lidiado en Madrid los encierros de La Quinta, de hermosa presentación y nulo juego, relativamente a salvo el suave cuarto, al que trató con igual suavidad aunque sin decir mucho el francés Juan Bautista, que saludó la única ovación de la grisácea tarde. Al día siguiente, como tercero de Fuente Ymbro, apareció “Hechizo”, con 566 kilos encima y una alegría para arrancar desde largo muy fijo en la muleta de Román Collantes, generoso al darle plaza y aguantar y mandar sin pestañear las codiciosas embestidas del excelente astado –el mejor hasta ahora–; al contrario de Joselito Adame, el rubio torero de Valencia transmite alegría y ganas y habría cortado la oreja sin el feo pinchazo hondo –muy tendido– que precedió a su magnífica estocada. La ovación alcanzaba para dar la vuelta al ruedo, pero el chico, modesto, se conformó con agradecerla desde la segunda raya. Esa tarde, José Garrido, sin toros que le repitieran ni público receptivo, estuvo tan entregado y torero como de costumbre.

El sábado –festejo de rejones para seis jinetes–, plaza y autoridades tuvieron otro talante, permitiendo que Martín Burgos y Andrés Romero cortaran las dos primeras orejas de la feria, aunque lo más torero lo hiciera Moura hijo, y lo más vistoso Leonardo Hernández, sólo para eternizarse con los fierros de muerte.

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